lunes, 26 de mayo de 2008

MALAQUIAS

A Malaquías le gustaba jugar a las adivinanzas. No a esas charadas o acertijos estúpidos cuya solución suele ser siempre la gallina u otro absurdo animal. A Malaquías lo que en realidad le apasionaba era ejercer de arúspice. Todo empezó cuando, en párvulos, predijo la caída de la señorita Silvina por la escalera momentos antes de que aconteciera. Él fue el primer sorprendido, en mayor grado que los compañeros que le oyeron y proclamaron el prodigio por toda la escuela. Desde entonces su fama aumentó a la par que la confianza en las propias dotes adivinatorias.

Ya se sabe que la práctica hace maestros. Tras ese primer éxito vino lo del atropello de Eufrosino por el motocarro. Y más tarde el incendio del kiosco de Teófilo, aquel domingo en que todo el mundo dormía. Y después lo del suicidio de Gaudioso, que fue ya la coronación. A todo esto tenía Maki quince años y una fama siniestra de agorero que producía en el barrio sensaciones ambiguas de admiración y miedo.

Algo más tarde empezó el auge de la televisión y aquel programa de variedades donde tenían cabida todo tipo de sujetos con las habilidades más estrafalarias. Malaquías tenía a la sazón el pelo largo y una barba crecida que potenciaban su halo misterioso. Sólo tuvo que hacerse una túnica con una pieza de tela estampada que encontró en el desván de su abuela y presentarse al casting. Todo fue sobre ruedas. El programa estaba necesitado de nuevas atracciones. La noche de su presentación advirtió de un incendio en los camerinos que, gracias a él, pudo se atajado antes de que fuese a mayores. Luego empezaron a lloverle llamadas de televidentes a los que advirtió de las más terribles desgracias, suspendidas como espadas de Damocles sobre sus cabezas. Algunas ocurrieron y otras se pudieron impedir a tiempo. Pronto se convirtió en una gloria nacional.

No obstante, todo lo que sube tiende –al menos desde que Newton enunciara su famoso principio- obstinadamente a terminar de nuevo en el duro suelo, con un batacazo de contundencia directamente proporcional a la altura alcanzada en la ascensión. Así fue en este caso. Algunos envidiosos investigaron su pasado y encontraron indicios de que lo de Gaudioso no había sido del todo voluntario. El resto fue cosa de tirar del hilo.

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