jueves, 8 de mayo de 2008

DOMINGO

A Domingo, los alumnos de francés empezaron a llamarle don Dimanche. De ahí hubieran pasado a Don Manchado, si le hubieran visto fumar y desparramar la blanquecina ceniza sobre el traje. Para Domingo el agravio no hubiera sido tal, sino más bien un feliz vínculo, más allá del tiempo y de la muerte, con un poeta del que se sentía cercano en su interior. Sin embargo no hubo caso pues, para empezar, estaba estrictamente prohibido fumar en las aulas y, por lo demás, el uso del traje entre el personal docente había ya periclitado hacía tiempo. Fumador si era don Dimanche, un fumador arrepentido y casi clandestino que a sus treinta y tantos se ocultaba de su madre para dar pábulo al vicio.

Tímido con las mujeres, Domingo, había tenido hacía unos años un percance amoroso con una alumna que aún le escocía en el alma algunas noches. La chiquilla se había empeñado en conseguirle y él en resistirse numantinamente. Y no es que le hiciese ascos a la entrega, que la chica era mollar y pizpireta; más bien le asustaba ser acusado de corruptor, con el descrédito social correspondiente. Por otra parte, se sentía como el pelele de Pierre Louys, el Humbert de Nabocov y el Rath de Marlene: un desgraciado en manos de una diosa. Todo coadyuvó a que la chica perdiese la paciencia y se liase con Leonardo, un fornido muchachote de hombros anchos y mente estrecha, en el viaje de fin de curso.

A Domingo ahora le ha surgido otro amor. Se trata de Cisa, es decir Cipriana Salamanca, una poetisa provinciana y cursi, habitual de los juegos florales. Es una señorita remilgada y clorótica que habla en susurros e interrumpe los estornudos, justo en su punto álgido, con un sabio toque de pañuelo que tiene algo de coitus interruptus. Se les va juntos por el paseo del Parque, los días de sol. Ella desgrana frases con empaque de haikus y apariencia de silvas intrincadas. A veces suspira y mira al cielo. ¡Es tan volátil! Se diría que no tiene huesos por dentro, que es todo espíritu más un veinte por ciento de agua bendita con burbujas. No van de la mano, pues ella detesta el contacto de los cuerpos. Quizás por eso pasó lo que pasó. Y es que, un día de viento, Cisa se elevó y se fue, frágil y aérea, hasta perderse entre los gruesos y amorosos nimbos de algodón. A estas alturas se viene aún comentando la efeméride.

3 comentarios:

Macachines dijo...

Conocí a un tal Domingo, no había trabajado en su vida. Vivía del trabajo de su mujer. Era buen conversador. Un día se justificó diciendo que no trabajaba, porque los domingos se habían hecho para no trabajar.

Almanaque dijo...

Eso sí que es sacar partido al nombre de uno.
A partir de ahora ya no podré escribir de un Domingo sin tener en cuenta esa faceta de su nombre.

Miguel dijo...

Memorable. Como encontrarse un ovillo de hilo perfumado bajo la almohada y al despertarse pensar que, por fin, todos los días son domingo.

Achab