jueves, 22 de mayo de 2008

CLEMENTE

A Clemente siempre le gustó la predicación. En la escuela se dedicaba a endosar a sus desprevenidos compañeros obtusas filípicas en cuanto encontraba una situación propiciatoria. Ésta era a menudo la clase de gimnasia, de la que estaba exento por una extraña afección nunca del todo desvelada. Se acercaba a los más pusilánimes y les hablaba impostando la voz y utilizando los términos más oscuros que le permitía su cultura de niño enfermo y solitario. Es fácil suponer que se llevara más de una espantada, amén de algún pescozón cuando la víctima resultaba más díscola de lo calculado o su exasperación llegaba a rozar ese límite difuso que separa la mesura de la ira.

Creció e ingresó en un casa de Hermanos Menores, donde aprendió latín e hizo sus pinitos como orador sagrado. Por las noches fantaseaba imaginándose en un púlpito desde el que asperjaba a los fieles con cataratas de palabras rutilantes que les maravillaban hasta el punto de transfigurar sus caras y sus almas.

Clemente tenía ya decidido tomar el nombre de Conradino al profesar, un santo natural de Brescia por el que sentía admiración. Sin embargo, los aires renovadores del Concilio dieron al traste con su ardiente vocación. Aquel aggiornamiento que arrinconaba al latín al interior de los conventos, que pretendía hablar a los fieles con palabras cotidianas, que introducía guitarras y bandurrias en las celebraciones, le repelía en extremo. Tras una profunda crisis acabó renunciando al hábito y reintegrándose al siglo.

Pasó una época de tribulaciones. Probó todo tipo de paliativos, desde los psicotrópicos hasta los grupos de avistadotes de ovnis, pasando por el sexo en todas sus variantes. Nada le llenaba. Empezó a estudiar electrónica en unos fascículos coleccionables que ofrecían piezas para construir un flamante transistor multibanda. Encontró así un nuevo mundo que le apasionaba casi con la misma intensidad que el anterior. Aprendió cientos de palabras mágicas en un inglés pseudocientífico ajeno al común de los mortales. Notó como sus eventuales oyentes le miraban engolosinados. Advirtió el poder que su ciencia tenía sobre las conciencias. Aún quedaba un tiempo para la eclosión de una época marcada por el sesgo de la cacharrería tecnológica, pero sintió que aquel era su sitio y que su púlpito iba a estar detrás de un mostrador. Sus futuros fieles no le habrían de defraudar.

2 comentarios:

Noemí Pastor dijo...

Y quién no querría conocer palabras extranjeras que nadie entiende y encandilar a la audiencia con presunta sabiduría. Clemente somos todos.

Antonio Toribios dijo...

Dices bien, hermana Noe. Estamos en tiempos de presuntos. (Y de presuntuosos)