sábado, 31 de mayo de 2008

AMANCIO

Amancio siempre fue un hombre arrojado. Picaba billetes en el Hullero y había que verle saltar de un vagón a otro haciendo fintas de banderillero. Entonces ser interventor tenía un poco de autoridad civil competente y un bastante de funámbulo. Amancio recorría el convoy traqueteante saludando aquí y allá a los viajeros en su mayor parte habituales. Era Amancio amable y apreciado por sus convecinos. En sus tiempos de mozo jugaba bastante bien al balón y tampoco era manco si de condimentar unas ancas de rana se tratase. Sin embargo tenía Amancio un algo indefinido, una fuerza interior, que le forzaba a mirar por las ventanillas a lo lejos, más allá de los postes y los chopos, por entre los pentagramas de los cables, hasta perderse en el cielo como los pájaros cuando se cansan de ejercer de fusas.

No es que Amancio no fuese feliz en el rol que la vida le había asignado. De hecho nadie en su familia había llegado a ser Jefe de Tren. Pero había pequeños detalles que le desazonaban, como el de mirar a lo lejos sin motivo. Un día empezó a emplear el troquel de forma extraña. No se limitaba a hacer la muesca estrellada en el cartón, a la izquierda o a la derecha del agujero redondo del centro. Le dio por hacer la marca en una esquina, en la otra o incluso dos equidistantes y hasta tres, formando un invisible triángulo equilátero. La cosa llegó a oídos de don Próculo, el Inspector, que consideró que la actitud de Amancio podía interferir en la buena marcha del servicio. Tras el informe consiguiente, la Compañía consideró que Amancio debía quedar de baja hasta nueva orden.

Modesta, la esposa, puso el grito en el cielo. Recriminó al marido estar siempre a uvas, despreciar las obligaciones que les deparaban el sustento. Pero él no contestó. Se puso a mirar unos trastos viejos que descansaban en un rincón del patio. En los meses siguientes dio largos paseos. A la vuelta, cansado, se ponía a cacharrear con herramientas y aperos de labranza, desbastaba madera, tallaba raices. Pronto construyó engendros que tituló de forma llamativa: Fervor estival, Hiriente luz de agosto, Mirando el horizonte. Los colocó a la entrada de su casa, a pesar de las protestas de Modesta. Algunos se reían al pasar. Amancio, sin embargo, sentía en su interior la llama viva de lo verdadero.

2 comentarios:

cacho de pan dijo...

cuándo editará su santoral?
tal vez necesite dibujos

san maximino existe?

ALMANAQUE dijo...

Gracias Cacho por tu visita, por dar por supuesta la edición y por el ofrecimiento. Te tomo la palabra.
Por supuesto hay un San Maximino (del latín: diminutivo de Máximo) que se celebra el 29 de mayo.