domingo, 6 de abril de 2008

HERMELINDA

En el pueblo no había nadie que supiera de Hermes Trimegisto, ni tampoco de ninguna Linda, dejando aparte la perrita del guarda de la estación. Nadie había alabado nunca el misterio de su mirada ni la belleza de sus rasgos hasta que él llegó. La verdad es que ni era sabia ni guapa, sino contrahecha y medio idiota. Así son las cosas y poco ganaríamos con adobar la realidad con los afeites de la mixtificación. Pero llegó él, como decimos, o sea Gaudioso Gaitán, un chiquilicuatro que presumía de escritor,
y se dedicó a camelarla con los halagos más gastados y los tópicos más burdos. Se fue un día con el pretexto de arreglar sus papeles y la promesa de un regreso definitivo, dejando atrás un hijo en camino y un rosario de historias inventadas.
Hermelinda, que hasta entonces disfrutaba de la placidez de los bóvidos hartos, sufrió intensamente la pérdida de aquella sensación que la abrigaba con el dulzor mórbido de un nube de algodón. Se dedicó a esperar a Gaudioso como una Madama Baterfly rural, con madreñas por sandalias geta y bata guateada por kimono.
Tiempo después se publicó una novela donde Hermelinda era protagonista principal. El autor era un tal Terencio Adilón y, en la foto de la solapa, se parecía a aquel Gaudioso que tantas bobadas contaba en el bar. Lo descubrió un vecino que frecuentaba el bibliobús. Hermelinda acrecentó su esperanza. Esperaba cada día el coche de línea con los ojos entornados y el pequeño Gaudioso agarrado a su falda. Un día llegó un periodista. Se había enterado de que allí vivía quien había inspirado al novelista aquella Nita, bella y delicada, dechado de aromas primigenios. Nada más bajar se vio zarandeado por una muchacha patizamba que le babeaba las solapas preguntándole por él. Le costó desasirse. En cuanto pudo, negoció con Marciano, el conductor, un billete de vuelta a la ciudad.

1 comentario:

Pedro Paso dijo...

Conozcan a Pedro paso