domingo, 23 de marzo de 2008

TEODORO

Cuando a Teo le dijeron que tenía rota la línea de la Vida se lo tomó a broma. Teodoro no era nada dado a creer en agüeros. Más bien, podría decirse que tenía a gala esgrimir un afilado escepticismo. Sin embargo, unos días después, al volver del trabajo, encontró un mensaje en la mesa de la cocina que le hizo cambiar de idea. Era de Odette y terminaba diciendo: “No me busques”. Entonces se acordó de Sira, la quiromante, y de los cambios profundos y traumáticos que le había augurado para un futuro próximo.

Odette era su pareja desde hacía más de una década, cuando se conocieron en aquel curso de extranjeros. Era rubia y vital y le gustaba hacer chistes cariñosos con el nombre de él. Teo la adoraba de verdad. Era su talismán y su sostén. Se lo contaba a Servando mientras éste abrillantaba con mimo el capó de su Mercedes. Lo bueno de Servando era que escuchaba sin interrumpir y sin muestra alguna de impaciencia. Teo dudaba a veces de si realmente le atendía o si eran sus peroratas sólo un ruido de fondo paras sus propias obsesiones. En realidad era una de esas extrañas relaciones de solitarios en que cada uno mira para su ombligo.

Teodoro empezó a obsesionarse con su línea de la Vida. “Si no lo arreglo, todo se ira al cuerno para siempre”, pensaba, y se decidió a poner pronto remedio. Acudió a un centro de cirugía especializado en variar las líneas de la mano. Allí le hablaron de tender un puente hacia el futuro a través de la ciencia. Al cabo de unas horas tenía ambas manos vendadas y la fe puesta en aquellos surcos recién trazados, bien largos y profundos. Estaba feliz y esperanzado, como corresponde a todo buen neófito.

No hay comentarios: