martes, 11 de marzo de 2008

SERVANDO

Servando se ha levantado pronto esta mañana. Ha bajado al garaje, como todos los días desde hace mucho tiempo. Ha pasado un paño húmedo por las aletas delanteras de su Mercedes blanco. Lo ha hecho con mimo, con la morosidad de quien atiende a un familiar convaleciente. Se ha quedado un momento mirándole desde la puerta y luego ha subido a desayunar.

Frente a su tazón de café con leche y pan ha pasado revista a su vida. Lo hace cada día, eligiendo una época distinta. Hoy ha empezado rememorado su primer viaje a Stuttgart, siendo un joven pueblerino lleno de ganas de medrar. Aún recuerda a Wendel, su primer jefe, como si lo estuviera viendo, con su mono relimpio y su mostacho rubio. También a Donato, a Ladislao, a Lupercio, jóvenes emigrantes como él mismo, aprendices de mecánica en aquella ciudad de provisión en que todo iba “sobre ruedas”.

Moja el chusco Servando y le viene a la mente su primer llavero. Aún era un sueño tener coche propio, pero para un mozo acostumbrado a cerrar las puertas con la tranca, un llavero era el anuncio promisorio de un mundo nuevo. La siguiente imagen es ya la de él mismo a bordo de Salomé. Un coche tan amado tenía que tener nombre y lo compró el año que Eurovisión se celebró en Madrid. El año de Salomé. El año en que él entró triunfal en su pueblo, a bordo de aquel monstruo de metal bruñido y reluciente. Para entonces ya tenía una docena de llaveros en su colección. Luego vino Isabel, aquel faro que le cambió la vida. Y Ana, su hija, cuyo recuerdo le enturbia ahora el mirar. Pero fue hace mucho tiempo. Hace ya años que todo aparece allá lejos, al fondo, entre la bruma.

Hace mucho que volvió. Él y sus entonces cientos de llaveros. Y Salomé, claro. Muchos miles de días ha dedicado Servando a limpiar y acicalar a su Mercedes. Desde entonces. Y, al mismo tiempo, a colocar llaveros en la pared del fondo, sobre un tablero germánicamente dividido en escaques perfectos. Empezó con el del modelo 600 Pullman, recién salido al mercado. Luego vino el 300 SL y detrás tantos otros de otras marcas, hasta acabar en los de la propaganda más vulgar y variopinta. Son muchos llaveros. Dos mil cuatrocientos noventa y nueve exactamente. Hoy le han regalado otro. Sólo queda un cuadrado libre, abajo a la derecha. Lo colocará más tarde. Aún tiene que dar cera por toda la agradecida superficie de Salomé. También lustrar como se merece la noble tapicería. Después de comer clavará la punta, exactamente en el cruce de las diagonales, y suspenderá de ella el último llavero. Luego ya sólo le quedará esperar.

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