domingo, 23 de marzo de 2008

FORTUNATO

Si Fortunato hubiera leído a Poe no se encontraría hoy como se encuentra. A veces se puede burlar al destino, por muy inscrito que éste esté en las palmas de las manos. Basta ser precavido y saber leer los vestigios que los dioses se avienen a dejarnos.
Fortunato nunca fue aficionado a la lectura. Y eso, a pesar de haber estado casado con Petronila, que almacenaba libros en todas las habitaciones, incluido el baño y las despensas. Es casi seguro que se hallara entre ellos algún ejemplar –si no varios- de las Narraciones extraordinarias. Esa fue la oportunidad que los hados dieron a Fortunato, pero él no supo verla, quizás estragado su ánimo ante lo excesivo de la oferta. La cosa acabó en divorcio, precisamente por la aversión de nuestro desafortunado amigo a la masiva presencia de papel impreso. Fue entonces cuando se compró una vieja casa en las afueras, donde poder dedicarse a los frutales y la jardinería, que eran sus pasiones, junto a la enología y los moderados placeres de la mesa.

Allí conoció a Jenaro, su vecino más próximo en aquel páramo, un hombre enjuto y malencarado tan solitario como el propio Fortunato. La necesitad hizo que entablaran una discreta relación amistosa. Pero pronto, el difícil carácter de Jenaro hizo a Fortunato retroceder y refugiarse en sus perales y en alguna película de acción para las noches de invierno.

Llevaban meses sin visitarse cuando llegó Jenaro, esta misma mañana, con aquello de las botellas de amontillado. Fortunato, que se tenía por experto no pudo por menos que ofrecerse a darle su opinión. Nunca hubiera bajado a la bodega de haber leído a Poe, desde luego. Y tampoco estaría ahora viendo a Jenaro colocar el último ladrillo, dejándole sumido en la más negra y definitiva de las soledades.

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