lunes, 24 de marzo de 2008

APTONIO

Aptonio siempre se había sentido escritor, pero los editores nunca le habían tomado muy en serio. Quizás fuese porque su producción no se adecuaba a las normas del mercado. Lo suyo eran las distancias cortas, el microcuento sorprendente, el pensamiento breve, el fogonazo urgente de un momento pasajero de lucidez. Cosas, en fin, más aptas para servir de relleno en los almanaques que para constituir un libro que arrasara en librerías. Por eso, aunque le pillara un poco a trasmano por la edad, la llegada de Internet supuso para él una nueva vía por donde dar salida a esa obra que tanto le pesaba en su interior.

Empezó pues Aptonio a diseñar un blog lleno de ahínco e ilusión, como hacía tiempo, cuando esperaba la llegada del cartero con la ansiada respuesta afirmativa del posible mecenas salvador. Al poco tiempo tenía ya disponibles sus breves textos, que iba colgado a diario en la red, como radiantes prendas de amor desplegadas al aire libre de la opinión ajena. Recibía algunas opiniones de lectores que renovaban su fe en si mismo y le impelían a seguir en el camino de pétalos y espinas que él mismo había elegido.

Todo iba bien hasta que detectó por casualidad el blog de un tal Aimonio. Fue mientras practicaba el vanidoso ejercicio de buscarse a sí mismo en Google. Por un cambalache con las teclas se encontró de improviso en un lugar que no era el suyo y vio algo que le dejó sin habla: su último post estaba copiado allí literalmente. Inmediatamente mandó al plagiario un mensaje envenenado, pero no obtuvo respuesta. Los días siguientes, colgaba nuevos textos y éstos aparecían de inmediato en la web de su rival. El asunto le desazonó de tal manera que decidió, aún con dolor, cambiar la ubicación, el título y el estilo, renunciando al trabajo ya encauzado. Creo un nuevo blog llamado “Confesiones”, bajo el seudónimo de Alor, y empezó a volcar hechos y sentimientos de su vida. Iba a ensayar así otra de las posibilidades del medio: servir de receptáculo de la intimidad, de conciencia virtual dejada al albur de millones de almas anónimas. Llevaba varias entregas, donde había hablado de sucesos remotos que sólo él conocía. Se había casi olvidado de su doble, hasta una noche en que le asaltó un morboso presentimiento. Tecleó el nombre del otro y pegó un respingo que casi da con sus huesos en el suelo. ¡No!, gritó sin poderse contener. Y es que allí estaban todas sus confidencias. No era posible. Se fijó y el día y la hora de creación coincidían exactamente. No se trataba de una copia. Probó a colgar un texto y mirar a la par el sitio del sosias y, demonios, allí estaba. Sin duda le espiaba en tiempo real. Dejó de escribir. De vez en cuando entraba donde el otro y no había nada. Pero un día lo hizo y quedó petrificado. Había un pensamiento que él había tenido la noche antes, tal cual como él lo había materializado en su interior. No podía ser; miró al ordenador con temor supersticioso, como si fuese un ser surgido de lo más hondo del infierno. La noche siguiente fue peor aún, pues Aimonio –demonio- había escrito sucesos fechados el día aún por llegar. Aptonio se durmió envuelto en sudor frío. Al otro día todo ocurrió tal cual había leído la víspera. Y así siguió la cosa en los días sucesivos…

Habría enloquecido Aptonio, o se habría convertido en un triste esclavo, de no haber tomado una sublime decisión: guardó el ordenador en lo más escondido del desván y comenzó a escribir una novela con papel y estilográfica. Trataba de un escritor maduro que se estrena en el mundo virtual. Y, cuentan algunos, que supuso su consagración tantos años anhelada.

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