sábado, 23 de febrero de 2008

MÁXIMO

Máximo iba para quiosquero, pero su verdadera vocación era el circo. Se dio cuenta un día, mientras veía como pegaban carteles en la tapia de enfrente, emboscado entre torres inmensas de novelas baratas. Contraviniendo las órdenes de su padre y patrón, dejó el negocio en manos de Aquilino, un pobre de espíritu de la vecindad, y bajó hasta el paseo del río, donde habían instalado la remendada carpa. Sin dudarlo, comenzó a dar volteretas y a realizar ejercicios de equilibrio sobra la propia valla, hasta que llamó la atención de Desiderio, un hombre colérico y tristón que ejercía de payaso. A punto estaba de echarlo con violencia de allí, cuando llegó Renato. Le había visto desde la altura de su alambre y había quedado impresionado por el arrojo y el tesón del muchacho. Se presentó ante el dueño y, valiéndose de la preeminencia que le daba su popularidad, exigió que lo contratara.

Ni Lucio ni Pelagia, padres del mancebo, volvieron a saber nada de él. Tampoco lo buscaron demasiado, toda vez que Aquilino resultó ser un empleado probo y entregado que además era feliz tras el mostrador. Máximo pasó a atender al artista del alambre en todas sus necesidades. Tensaba los cables, cuidaba los trajes y hasta se ocupaba de contar los pasos que éste daba hacia la muerte, impostando la voz de modo que resultara grave y cavernosa. Juntos recorrieron Europa hasta los Urales, montando la carpa en ciudades que a veces ni estaban en los mapas. Con el tiempo aprendió el difícil arte de vencer la gravedad y se hizo con el beneplácito del público. Ello provocó los celos artísticos del figura, que renuente a aceptar compartir protagonismo se fue por los caminos polvorientos con unos cuantos fieles, como un Cid vencido y desterrado. Plantó los postes en las eras de los pueblos y en los solares apartados de las ciudades, subió a veces con hambre a los alambres, padeció soledades y acabó descendiendo brutalmente al duro suelo y de ahí a los infiernos.

La noticia le llegó a Máximo en Riga. Por entonces compartía carromato y destino con Rosina, la mujer barbuda. Era una chica delicada y dulce, de una rara belleza interior que el joven funámbulo había sabido descubrir. Ambos estaban un poco hartos de la vida errante. Anhelaban despertarse juntos en una cama anclada a suelo firme, asomarse a una ventana donde no cambiase cada día el paisaje de fondo, tener una ciudad, un barrio unos vecinos. La muerte de Renato fue como el aldabón que inclinó la balanza. Allí mismo alquilaron un piso. Con los ahorros de ambos cogieron el traspaso de un quiosco, a orillas del Daugava. Les fue bien. Por el verano solían ir con sus hijos a ver las actuaciones de los titiriteros.

3 comentarios:

Noemí Pastor dijo...

Siempre quise dejarlo todo y unirme al circo.

Antonio Toribios dijo...

Bueno, igual aún estás a tiempo. Siempre te queda la opción de buscarte un buen traspaso para la jubilación.:)

Noemí Pastor dijo...

Un poco payasa ya soy.