martes, 26 de febrero de 2008

LUCIO

Lucio siempre se sintió, según él mismo gustaba de decir, un “hombre de negocios”. A pesar de su baja cuna, siempre se apañó para vivir holgadamente gracias a su ingenio y sus dotes de chamarilero. De niño se arreglaba para conseguir los cromos del chocolate que nadie tenía y canjearlos por los tirachinas de más alcance o las canicas de colores más vivos. De mozo organizaba rifas en las ferias, con una cafetera italiana que nunca tocaba. En la mili consiguió un puesto de furriel que, amén de propiciarle llenar la andorga con largueza, le permitía revender algunos chuscos con los que cubría los gastos de tabaco y las visitas esporádicas a Genara, una meretriz de las de bidet y agua caliente.

Al regreso del servicio se casó y practicó varios oficios de trueque y compraventa. Se dedicó también a ablandar morosos gracias a sus dotes de seducción y a una corpulencia que reforzaba el poder de convicción de sus palabras. Consiguió un puesto de prensa que ocupaba la mitad de un portal e instaló allí a su esposa, que fue criando a la prole entre El Caso y los frescolines a granel. Mientras, él paseaba por las calles con el sombrero ladeado y su pañuelo en el bolsillo alto bien planchado, con la excusa de “buscar nuevos mercados”. Fiel a su imagen, se aficionó a fumar rubio de exportación en boquilla de nácar y se buscó una amante fija de buen ver, que llevaba a veces a tomar café a casa, con la excusa de ser “amiga de la familia”.

Tuvo dos hembras, que llamó Marta y María por parecerle nombres que convenían a una mujer honrada. A su primer hijo le puso Máximo porque pensó que para un varón es mejor empezar pisando fuerte. El vástago, tan deseado, le supuso a la postre un desencanto, pues era dado a un escapismo mental que él, como buen materialista, despreciaba. Amaba la lectura y la contemplación y se perecía por vivir aventuras de novela. Siendo muchacho se escapó un buen día con los del Circo Ruso. Para Lucio fue casi un alivio, pues no hacía vida de él. Las chicas, en cambio, casaron con hombres apañados y formales que le ayudaron a acrecentar la hacienda. Pasados unos años llegó el rumor de que Máximo se había matado al caerse del alambre, lejos de allí, en alguno de los mil pueblos de la estepa.

2 comentarios:

cacho de pan dijo...

bueno, te acercas un poquito...mi segundo nombre es maximino, definitorio de este carácter ambiguo, bipolar dirían los entendidos, que me lleva de la gloria a la derrota sin aviso previo.

Antonio Toribios dijo...

Maximino, máximo, mínimo... No había caído. Si aparece por el Santoral Romano, veremos qué se puede hacer. Saludos.