domingo, 10 de febrero de 2008

BALDUINO

Balduino y Solina se conocían desde la escuela. Fueron ese tipo de novios eternos que todo el mundo ve predestinados a celebrar juntos las bodas de oro. Serios y formales, se mantuvieron castos mientras se labraban un futuro que todos auguraban espléndido. Estudiaron sendas carreras y paseaban del brazo por los parques, cuando las obligaciones académicas y la meteorología lo permitían. En invierno preferían el calor uterino de los cines de arte y ensayo, donde se arrullaban con comedimiento, mientras asistían a los paseos de otros por las amplias avenidas de Mariembad. A la salida se tomaban unos churros y se iban a estudiar cálculo integral por separado, para evitar las tentaciones.
Pasó el tiempo y se licenciaron. Poco después, sus brillantes expedientes propiciaron que contrataran a ambos en una firma japonesa de nueva implantación. Pudo por fin cumplirse su destino y se casaron con todo el boato que la ocasión se merecía. La noche de bodas fue regular, porque a Balduino, siempre morigerado, le afectó demasiado el champán. Pero pronto se instalaron en la velocidad de crucero de una sensualidad legal y saludable. Enseguida empezaron a perseguir el advenimiento de un querubín que materializase su amor. Noche tras noche se empleaban con extrema dedicación a los trabajos amatorios, pero el éxito se hacía el remolón. Pasaban los meses y sus familias estaban ya impacientes.
Un día apareció Solina en casa con un curioso aparatito de bolsillo. Tenía una pantalla y unas luces, al estilo de un mp3 o una grabadora digital. “Es un medidor de predisposición a la fertilidad –explicó Solina a un perplejo Balduino-. Basta con poner un poco de saliva aquí”. Así lo hizo y se pusieron inmediatamente a la tarea, pues la luz roja indicó de inmediato un “momento propicio de nivel 10” que no era cuestión desperdiciar. Desde ese día se dedicaron a la procreación con ardor renovado. Sin embargo, pasaron los meses sin cambios. Por fin, a punto de deshacerse del aparato y desistir, tuvo Solina las primeras faltas. Fue muy celebrado. Llegó por fin el gran momento. El niño nació con los ojos rasgados, lo que atribuyó la bisoña madre al origen de la tecnología auxiliar empleada para la concepción. Le pusieron Juan, como el padrino, un japonés convertido a la fe del Bautista.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Como siempre magnífico. Nunca supe que a Solina...¡En fin¡ le gustase tanto la tecnología oriental

Roberto Melón dijo...

Como siempre magnífico. Nunca supe que a Solina...¡En fin¡ le gustase tanto la tecnología oriental

Macachines dijo...

Santoral del 17 de octubre?
_En Argentina sería San Perón :-)