martes, 22 de enero de 2008

ROSARIO

Mi prima Rosario se echó un novio marino. Y no es que viviera en puerto de mar, no. Eso hubiera sido lo normal. Lo que pasó es que mi madre tenía pensión en Cuenca y McGregor se dejó caer por allí. El tal McGregor no era rubio ni alto, ni escocés, pero a mi prima le hacían los ojos chiribitas cuando lo veía llegar con su traje blanco y su gorra con cintas y su petate de lona a la espalda. Mi prima Rosario no tenía entonces experiencia con los hombres. Por eso se creyó su explicación sobre el sospechoso origen de aquellas persistentes manchas en su ropa. El tiempo y un juez aclararían las cosas mucho más que su empeño en frotar y frotar con aquel jabón de sebo.

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