jueves, 10 de enero de 2008

MIGUEL

A Miguel le habían asignado una tarea fácil: custodiar una niña de cuatro años, sana, despierta y con padres serios y conscientes. Su misión consistía únicamente en permanecer cerca cuando jugaba en el parque, en velar su sueño, en supervisar el camino del colegio y cuidarla en los recreos. El caso es que Miguel se sentía infravalorado. ¿Para qué –se desahogaba con Gabriel- perder el tiempo con niños bien atendidos, cuando los hay a millares sin médicos, sin apenas comida, sumidos en vicisitudes de guerra y de desastres naturales? ¿No te parece –le decía a Rafael- que seríamos allí más necesarios? Gabriel y Rafael, más simples y obedientes, le hablaban de lo inescrutable de los designios del Creador y le instaban a hacer su trabajo sin perder el tiempo en vagas disquisiciones que no le incumbían. Pero el desasosiego podía con Miguel, que se abstraía demasiado observando a las personas, a las flores y a las arquivoltas de la catedral. Empezó a abandonarse a la deriva en la masa de gente que se divertía bulliciosa por los bares cercanos. A entretenerse escuchando el murmullo callado de los pensamientos humanos, que emanaba de los cuerpos como un aroma irisado. Le divertía ese cúmulo de sentimientos contradictorios, de ocurrencias disparatadas, de tristezas ocultas y delirios descabellados tan ajenos a su propia naturaleza. Ese inocente pasatiempo acabó por convertirse en vicio. Así que, cuando pasó lo que pasó, a nadie extrañó demasiado.

2 comentarios:

Noemí Pastor dijo...

Los arcángeles me desconciertan: ángeles y santos a la vez. Debería haber alguna incompatibilidad en ello.

Antonio Toribios dijo...

Sí, como en ser diputado y concejal (si es que la hay, que no sé).
Desconocía esa doble investidura. Tendré que investigarlo.
Gracias por la apreciación.