domingo, 6 de enero de 2008

FUENCISLA

Fuencisla era la mayor de cinco hermanos. Desde pequeña ayudó a sus padres en la explotación familiar, lo que la convirtió en una moza sana y fornida, acostumbrada a los rigores de la intemperie. Su buena disposición a la hora de entresacar la remolacha era el orgullo de sus padres y la admiración de los vecinos. A los veinte años viajó a Barcelona para ayudar a su tía Emilia que se encontraba delicada de salud. Fue su perdición, pues regresó huraña, pálida y huidiza. Su buen hacer en las tareas del campo se tornó en melindroso desinterés. Por más que sus padres hicieron por volverla a su ser, su espíritu seguía prisionero de un extraño mal que sólo encontraba consuelo cuando escuchaba Mediterráneo en un pick-up que le habían regalado sus tíos en agradecimiento. La cosa seguía igual cuando llegó su primo Eugenio, que vino al pueblo en cuanto finalizaron los últimos exámenes. Era moreno, delgado y tenía una mirada turbadora, como de loco o de poeta.

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