jueves, 10 de enero de 2008

FIDENCIO

Fidencio estaba harto de aquella penosa espera de barro e inmundicia. Harto de malcomer, de pasar frío y de ser devorado por los piojos. Los tensos días dan para mucho, así es que ambos bandos cantan canciones, se insultan, bromeaban y hasta se preguntaban por la familia y los amigos; todo a voces, de trinchera a trinchera. Las noches son peores, porque las habitan los presentimientos más oscuros. De pronto, un día llega por fin la orden de atacar. Los hombres van saltando el parapeto enfebrecidos de gritos y coñac. Será una a lucha cuerpo a cuerpo. Fidencio atraviesa la tierra de nadie y llega jadeando frente al enemigo que le ha tocado en suerte. La bayoneta sesga el aire como un reptil y se clava en el vientre enemigo. Sólo entonces mira Fidencio la cara del otro y comprende con horror lo perra que puede ser la suerte.

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