miércoles, 23 de enero de 2008

EUSEBIO

Eusebio, de niño, robó unos tomates y su madre le metió a zapatillazos en la angustura de una carbonera subterránea, plagada de ratones, donde penó toda una tarde. Seguramente por eso, en el bar que montó en la edad adulta reinaban la limpieza y la claridad más absolutas. Por otro lado, faltaba en el menú todo rastro de la fruta prohibida que generara su expulsión temporal del paraíso. Nunca le pregunté si era consciente de ello. Seguramente no; pero yo, que fui testigo de su pecado y expiación, siempre achaqué ambas cosas a sendas aversiones adquiridas aquel aciago día. Bien es verdad que tengo veleidades de psicólogo y poeta, coyunda que hace posible cualquier juicio sobre lo real, incluido el más estrafalario. El hecho es que en el bar de Eusebio se daban cita creadores y aprendices del verbo, así como seres alunados y noctámbulos de a pie que conformaban un curioso rebaño de ovejas descarriadas. Algunas llegaron incluso a sentar cátedra. Otras se limitaban a beber hasta la hora del cierre. Las había que, muy en su papel, lamían la sal de la tequila mientras pensaban en un posible personaje de novela.

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