jueves, 17 de enero de 2008

DIONISIO

Dioni no es que sea malo, es sólo que le gusta divertirse. Salir a tomar unos chiquitos por ahí con la cuadrilla. Usted ya sabe, se juntan unos cuantos y van de bar en bar y no se acuerdan de volver. Y luego está que él es así de parado y si no bebe un poco, como que no sabe qué decir. A Dioni lo que le gusta es el vino, el tinto a poder ser. No es él de cubalibres ni de coñás y menos de güisquis ni cosas de ésas. Él es feliz con un vaso de vino peleón, que tampoco tiene gustos de marqués, ni gana para ellos, que ya me dirá usted, con lo que le dan en la gravera y luego un poco que saca con unas chapucillas a los conocidos.

Él malo no es, pero fue al médico, por un dolorcillo que tenia, y el doctor le empezó a hablar de esteatosis, de ecogenicidad, de ferritinas y de palabros raros y le entró el pavor en el cuerpo. Total que le dio por emborracharse de verdad y meterse en la cama a esperar. Ya ve, ahí me lo encontré, con los ojos muy abiertos, hace dos mañanas, asombrado de estar vivo. “¿Pero no dijo don Saturio que si seguía bebiendo me moría?”, repetía una y otra vez, sin entender por qué aún respiraba, olía y veía en lugar de estar tieso como un leño, como sería lo justo y necesario.

Y es que después de esto no hay ya quien lo contenga, don Cayo, dígale usted algo, por Dios, que siempre le ha tenido ley. Mire que yo le advierto de que beber es suicidarse lentamente y él me contesta que no tiene ninguna prisa y se ríe. Y tiene usted que ver cómo se ríe, con qué cara de loco, como de alguien que hubiera ido y regresado ya de los infiernos…

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