jueves, 24 de enero de 2008

CLEOPATRA

La Patro siempre fue un poco fantasiosa, sí señor. De niña se quería ir de misionera al Congo; que menos mal que no, porque ya ve usted la que se armó, que lo mismo le habían comido los hígados en aquel sindiós. Luego empezó con las novelitas románticas, ésas de chicos de buena familia que se llaman Víctor-Alejandro o Miguel-Enrique y se acaban casando con chicas del servicio, pobres y hacendosas, después de unas cuantas peripecias. Patro se encerraba en su cuarto y dale que te dale, todo el tiempo que no estaba estudiando corte y confección que, eso sí, se le daba muy bien, hay que ser justos.
Luego iba al baile los domingos y, claro, se encontraba a Quirino, el chófer, a Fermín, el pocero, a Ginés… Ya sabe, a los de siempre, los de por aquí, y a la chica se le iba el pensamiento a los otros, los de papel, con su carrera y sus modales de marqueses. Así que acabó por dejar el baile por el cine. Iba con Eusebia y con Plácida, usted las conoce. Venían contentas, comentando las trazas del galán de turno. Era como en las novelas, pero mejor, porque tenían cara y voz y se movían.
El año pasado apareció el nuevo secretario de don Nicasio, ese tal Jaime que tenía bigote a lo Clark Gable. Jaime el Conquistador, le decía yo en broma, para hacerla rabiar. Estuvieron tonteando, él era de fuera y ya se sabe… Entiendo que Patro se disgustara, pero hasta el punto de venir con esas culebras en un tarro… Menos mal que las vi, porque quería… Dios mío, cada vez que lo pienso. Y todo por culpa del technicolor.

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