jueves, 17 de enero de 2008

CAYO

Cayo es pequeño y bonachón y poca cosa. Siempre fue así, tan correcto por fuera y tan blandito por dentro que dan ganas de abrazarle fuerte como a un burrito de peluche. En el pueblo todo el mundo le quiere y le convida cuando va a tomar su vermú con seltz a la salida de misa, los domingos. El corresponde a su vez, porque Cayo es espléndido y, como está solo, no tiene muchos gastos. Además tiene su cargo en la Compañía, ese empleo de responsabilidad que hace que muchos le pongan el “don” como un trofeo de bonhomía o un adorno que realce su escueta persona.

Lo del padrinazgo empezó con el hijo de Lucio, su vecino más próximo. Le hizo ilusión lo de sentirse padre sustituto; le regaló al bebé la canastilla y una pulsera con el nombre: Cayo Joaquín. Luego vinieron otros, todos varones. No había año sin apadrinamiento: Cayo Crispo, Cayo Pedro, Cayo Quintín… Acabaron llamándole “Padrino” por doquier. Un Padrino, eso sí, desprendido y pacífico. Era el regalo al sacar de pila y luego los aniversarios y alguna propina los domingos que se veían, que eran casi todos, ya me dirán, en un sitio pequeño. Pasaron los años y algunos ahijados salieron fuera a estudiar. No faltaba la pequeña ayuda, el primer empujón. A veces alguno se le torcía, se volvía desidioso o pendenciero, y el Padrino mediaba si podía, a instancias de las atribuladas madres.

Con el tiempo sus trajes se fueron notando más raídos y se dejaba ver menos por las calles. Algunos hablaron de melancolía. Marcos, el peluquero, me desengañaba el otro día, bajito en la oreja, mientras me repasaba la patilla: “hartura, Cayo Eusebio, hartura, te lo digo yo”, y sonreía de medio lado en el espejo.

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