martes, 29 de enero de 2008

ANTONINO

Antonino era hijo del cuerpo, eso para empezar. Cuando decimos cuerpo, debe obviar el avisado lector que nos estemos refiriendo al de su abnegada y santa madre, viuda por otra parte de ese mismo Cuerpo; pongámoslo así, con mayúscula, aún a riesgo de equívocas concomitancias con el Resucitado, a fin de recalcar que no hablamos de una colonia de células organizadas en base a los principios de especialización y solidaridad. Nos referimos –dicho sea de una buena vez- al Cuerpo de Ferroviarios.
Antonino creció junto a la vía, donde su madre bajaba y subía una barrera pintada a rayas, una y otra vez, como si de una sentencia se tratase. Agitaba un banderín y se ponía una gorra, eso sí, pero no dejaba de ser tedioso. Así es que un día cogieron el burro y se fueron a Madrid. Entonces todavía se iba en burro a Madrid, a pesar de que se supone que tendrían derecho a viajar gratis en tren. En ese punto la documentación no aclara nada.
El caso es que Antonino, en Madrid, pasó más bien las de Caín, por la cosa de ser paleto y un poco inocentón. Luego se hace amigo de un maestro algo rojillo y de un niño Jesús…
“¿De un niño Jesús?, mira, tú me tomas el pelo”, dice airada la tía Celedonia, llegado ese punto de la historia. Hay que decir que la tía Celedonia está impedida y yo le cuento películas para entretenerla. Las pocas pelis que veo en el cine del barrio algún domingo que me dejan. “Niño –me dice-, a ver si ves películas con más fundamento. El otro día me cuentas aquella tan tristona de un tío a quien le quieren quitar la camioneta en Navidad y hoy me vienes con ésta. Un niño Jesús… ¿Desde cuándo hacen amigos las figuras de escayola?”. Y es que así de cartesiana y positivista era mi tía; todavía la recuerdo, sentada en su sillón de mimbre cerca del brasero, con aquella bata de guata y aquel bigote…

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