lunes, 15 de diciembre de 2008

BIBIANA

Bibiana siempre se quejaba de ser un globo cautivo. Que nadie piense que lo decía por su natural algo tendente a las formas suavemente redondas. Tampoco quería decir exactamente que Blanca, su actual pareja, restringiese su libertad hasta la asfixia. Sólo era que lo deletéreo de sus sueños acababa topándose con la burda consistencia de los muros de la realidad más perentoria y eso la desesperaba. Siempre, desde niña, había deseado ser artista, me contaba cuando quedábamos a solas en el despacho y surgía un cierto clima de cercanía. Pero aquí me tienes de encargada de un supermercado, que no es que me queje, tal como está el patio, pero... En fin. Y luego estaba Benito, el ex de Blanca –ya algunos amigos les llamaban la BBB, de coña- que venga a aparecer por casa con la copla de los chicos. Y no es que me moleste, que entiendo que todos tenemos un pasado, pero... Y es que no las tenía todas consigo con la conversión de Blanca. Y Benito, era tan majo, que tampoco era cuestión de acabar a tortas como dos machos de antaño.
Bibi me contaba todo esto mientras me miraba con sus ojos claros, un poco tristes, como faros entre la bruma de la mediocridad. Y, yo, qué quieren, me entraban unas ganas locas de dejarlo todo, cortar amarras, soltar lastre y ascender con ella muy alto, por encima de los palés y los estantes, más allá del cielo azulísimo del panel de la sección de detergentes.

domingo, 14 de diciembre de 2008

PRÓCULO

Don Próculo venía siempre en el mixto, un trenecillo de madera que parecía casi una maqueta o un decorado de película del Oeste. Pero eran otros tiempos y ni a don Ursi, el Jefe de Estación, ni a Clementina la mujer del capataz, les extrañaba en absoluto ver venir a aquel convoy, precedido del gran penacho de humo negro. Don Próculo vestía una zamarra vieja y unas botas gastadas, que untaba en invierno de grasa de caballo para que soportaran mejor la humedad de la nieve. Apenas se advertía que era médico, sino por un maletín de color incierto que llevaba y porque viajaba en Primera. Don Próculo traía en esa bolsa pastillas de varios colores: Azul cielo para el asma de don Mateo, el párroco; verde esperanza para la angustia de Natalia, la viuda de Colás; rojo pasión para el ensimismamiento de Natalia, la que fue novia de Mateo; amarillo horizonte para Ananías, el maquinista, que añoraba vidas no vividas. Don Próculo podría haber sido prestidigitador, o confesor, o santo, quizás pintor de retablos, pero se quedó en sanador de cuerpos y de almas. La gente creía en él y se abrían sin saberlo a la magia del arco iris que salía de su cartera.
Un día llegó el tren y don Próculo no extendió su brazo para abril la chaveta de la portezuela de Primera clase. Vino en su lugar un lechuguino con cuello duro y fonendoscopio. Mandó toser y decir treintaitrés, tomó la tensión con un raro aparato, extendió recetas con nombres extraños. Las pastillas eran todas de un blanco ceniciento. Los males de la gente se recrudecieron. Pasaron los inviernos, pero nadie hizo por aprender su nombre.

jueves, 27 de noviembre de 2008

GUILLERMO

Estaba Guillermo sesteando bajo un árbol cuando le despertó el golpe abrupto de una manzana en la cabeza. Podía haber formulado de inmediato la Ley de la gravitación universal, pero no le correspondía a un villano tal honor y además aún no era el momento histórico preciso. Lo que pasó fue que se despertó sobresaltado, miró a su alrededor buscando al agresor y, como se encontrara el fruto hermoso y rojo, lo guardó en su zurrón con más viandas. Cogió luego su ballesta al hombro y se internó en el bosque en pos algún conejo. El suceso le dejó, sin embargo, una sensación extraña con tintes de dolorosa premonición.
Llegado el momento, casó Guillermo con una tal Hunna, moza insignificante pero honrada, y tuvieron un hijo al que llamaron Zósimo. El muchacho creció animoso y fuerte como el padre y pronto le ayudó en las tareas agrícolas y venatorias que les procuraban el sustento. Cazaban siempre sometidos al albur de encontrarse con los sayones del Señor del lugar y sufrir sus terribles iras.
Ocurrió un día que tuvieron fortuna y abatieron un joven ciervo. Cuando estaban descuartizándolo, les descubrió una patrulla de soldados al mando de Joscio, el más cruel de los hijos del Duque. Éste, como castigo, ideó una infame diversión. Para escarnio de Guillermo, y ante las risotadas de todos, le obligó a disparar su ballesta sobre una manzana colocada sobre la cabeza del muchacho. Los nervios y la obnubilación hicieron que Zósimo terminara con un dardo atravesándole la nuez. Nunca reunió Guillermo el valor necesario para presentarse ante Hunna con esa mala nueva. Se hizo pues forajido y acabó siendo un héroe popular aclamado por todos. Sin embargo vivió desazonado. Hubiera preferido ser cualquier otra persona. Newton, sin ir más lejos.

martes, 18 de noviembre de 2008

BLAS

Blas nació hermoso -si hay que creer a Iluminada, la matrona- pero con el gesto abotargado por la asfixia. Se estiró un poco, boqueó varias veces como un besugo al raso, y quedó inmóvil para siempre. No llegaron a bautizarle, pero su madre, Rosata, eligió para recordarle un nombre breve, como su vida. Su alma fue alojada en el Limbo de los Niños hasta que los teólogos decretaron su desalojo y cierre. Desde entonces se le aparece, a veces, a su madre en sueños, en forma de pez nadando plácido en un océano de líquido amniótico. Ese día Rosata, ya anciana, se despierta feliz.

lunes, 17 de noviembre de 2008

QUIETA

Quieta en realidad se llamaba Sóstenes, pero recibió ese apelativo familiar por tratarse de una niña bastante nerviosa, merecedora a menudo de un imperativo que la instara al sosiego.

Su padre, Basilio, regentaba una mercería y se empeñó en registrarla como Sóstenes tras una noche de farra con los amigos. Nunca reconoció que, en realidad, apostó con ellos una botella de Borgoña y, una vez bebida, ya no se atrevió a volverse atrás. Su padrino, quiso enmendar de algún modo al padre y la puso en la pila Valeriana, con lo que, sin saberlo, auspició su carácter futuro y preconizó el que iba a ser su alias.

Lo cierto es que Sóstenes-Valeriana no fue llamada nunca de ese modo. Lo de Quieta fue acendrándose hasta constituir un todo con su bulliciosa personalidad. Así la llamaban los profesores en la escuela, sus amigas, sus primeros novios y, sobre todo, su profesor de autoescuela, que alguna vez temió verse incrustado bajo las ruedas de algún trailer.

La juventud halló a Quieta inmersa en movimientos alternativos y causas perdidas. En todos se implicó hasta las cachas. Su anhelo de nuevas experiencias era insaciable. Viajó a Katmandú y vivió en una comuna en Ibiza; mendigó por las calles con una túnica naranja y recorrió en moto la Ruta 66. En una estación de servicio de Oklahoma conoció a Honesto, un gallego reposado y fiel a su nombre, cansado de vagar por el mundo buscando su destino.

Quieta y Honesto volvieron al terruño y se hicieron cargo de la tienda de Basilio. Con el ancla firme de un hombre cabal, Quieta se centró en adaptar a los tiempos un negocio que apenas si vendía alguna faja y media docena de camisetas de felpa a los más mayores del lugar. Junto a Catalina, una amiga aficionada al BDSM, crearon una línea de lencería de cuero que llegó a causar pasión entre los usuarios. Constituyeron un trío estable, habitual de los ambientes televisivos y culturales. Sus colecciones acabaron presentándose en el vestíbulo de los museos, con la asistencia de autoridades y notables.

domingo, 16 de noviembre de 2008

MAHARKAPOR

Lo de Maharkapor fue decisión de su padre, Hirenarco, quien opinaba que para ser alguien importante en la vida hay que empezar por tener un nombre con personalidad. Él mismo era un lobo solitario que había logrado un estatus admirable trabajando en “procurar la felicidad a las personas”, según solía decir cuando le preguntaban, sin entrar en precisiones enojosas.
Maharkapor llegó a la juventud sin una vocación bien definida. Por una parte le atraía el mundo de la gastronomía y por otro poseía un carácter firme que le habría sido útil para labrarse un porvenir como persona de respeto en el staff de los proveedores de dicha. Pasó unos años tras los fogones de una pizzería propiedad de la familia mientras realizaba trabajos esporádicos de apostolado y aprovisionamiento entre la clientela paterna.
Cercana la treintena descubrió su verdadera misión en la tierra mientras zapeaba una tarde sesteando frente al televisor. Aprendió a tocar el arpa y dedicó su vida a emular al mudo de los Marx. Llegó a ser un virtuoso y prosiguió sin querer la misión de Hirenarco, si bien por otras vías.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

ALIPIO

A Alipio lo encontraron un día de invierno guarecido en las profundidades de una cueva. El caso del niño salvaje fue muy comentado en la región. Lo encontró Conrado, una tarde en que andaba a la busca de un zorro que le arruinaba el gallinero, y fue él quien le dio nombre, echando mano del taco del Sagrado Corazón. Alipio fue aprendiendo poco a poco las mañas de los seres humanos, aunque nunca perdió del todo su entraña esquiva. Ya mozo, cansado de los abusos de un Conrado más proclive a ser patrón que padre putativo, emigró a la ciudad. Allí se fue apañando con pequeños oficios que le permitieron alquilar un entresuelo, con ventanas a un angosto patio, donde vivir austeramente. Quiso el azar que en el ático penase Delfina las iras de Silvestre, su padrastro, y que sus ayes y suspiros ahogados llagaran a los sensibles oídos de Alipio a través de la membranosa húmedad de los tendales.
De cómo el astuto Alipio consigue burlar al poderoso Silvestre no conocemos los detalles. De algo le hubo de valer una infancia asilvestrada. El hecho es que lo encontramos años después viviendo con Delfina en un observatorio contra incendios, con su cabañita de piedra y su alta torre dominando los pinares como la cofa de un velero. Fueron felices allí todo un verano. Alipio de regreso a su elemento y Delfina cultivando sus íntimas apetencias de estilita. Acabado el contrato, con los primeros fríos, se empeñaron en seguir habitando allí, a pesar de la oposición de las autoridades. Al final son expulsados de ese paraíso reencontrado. Nos consta que Delfina estaba ya esperando un cachorrillo. De lo que sigue sólo hay datos confusos. La leyenda habla de desapariciones de objetos y de víveres. También de seres fantasmales que dejan grandes pisadas en la nieve.

viernes, 7 de noviembre de 2008

ISABEL

Isabel era hija de un farero. Nació en Pápa, un pintoresco pueblo de Hungría, no muy lejos de Székesfehérvér, lo que puede despistar a algún lector no avisado. ¿Un faro en Hungría, un lugar de interior? El caso es que Erasmo, el padre, era farero hasta que tuvo que exiliarse por erasmista, es decir por fidelidad hacia sí mismo. Fue cuando una guerra muy antigua, una de tantas. Así es que Erasmo dejó una noche la luz encendida –para no levantar sospechas- y como un ladrón se fue por el monte con Catalina, su mujer, embarazada de Isabel. La razón de que acabaran en Hungría no nos consta ni es de este momento empecinarnos en conocerla. Sabemos que el camino fue largo y que utilizaron en algún tramo bicicletas prestadas por algún lugareño despistado.
En el largo exilio Erasmo se acordaba a veces de aquellas largas noches en el faro, observando como la luna cubría de finas escamas de plata la ondulada superficie del mar. Pero no lo echaba de menos. Más bien, al contrario, se sentía liberado de servir como un esclavo a aquella gigantesca linterna que parecía nutriste de su sangre. Sin embargo Isabel añoraba con toda su alma el faro que nunca conoció. Es como si la nostalgia se hubiera saltado un escalón, como pasa a veces con las taras genéticas.
La condición de hija única agravó en Isabel su naturaleza melancólica. Dio en leer novelas románticas y vidas de santos. El cóctel la inspiró ensoñaciones perturbadoras. Suspiraba imaginándose presa en una torre, anhelada por un amante aristocrático mientras un marido tiránico la sometía a continuas vejaciones. La realidad irrumpió en la figura de Maurino un ruso blanco de dudosa estirpe que la usó como cebo en sus oscuras conspiraciones. Cuando la abandonó cayó en las redes de Nicolás, un tragasables que estuvo a punto de arrojarla a las fieras por su amistad con Gonzalo, un enano deforme que la trataba con dulzura.
Pero todo periplo tiene su final y éste llegó cuando Isabel coincidió una noche sin luna con Mercurio, un experto en finanzas que actuaba como espía bajo el nombre de Régulo. Con él huyó del país y se instaló en Manhattan, en un apartamento enmoquetado de la planta noventa. Allí fue feliz mirando el skin line y alimentando sus quimeras mientras él realizaba veloces viajes de negocios, amasando dinero y visitando amantes.

martes, 4 de noviembre de 2008

FLORA

Flora entreabrió el postigo y pudo ver a Esteban presionando por última vez el claxon, abajo en la plaza. No abrió la ventana ni realizó acto alguno que delatara su presencia.
Se quedó en la penumbra, absorta en las partículas de polvo que flotaban incorpóreas en el haz de luz que brotaba de la rendija. Pensó en las tardes junto al río, entre las cajas de la furgoneta. Rememoró el balanceo y los jadeos y la dureza del suelo, apenas amortiguada por un saco de fibras de plástico.
Observó como se disgregaba el último grupo de clientes y escuchó luego el crepitar de las ruedas en la gravilla. Permaneció en la misma postura, sin moverse, durante largos minutos. “Ahora – pensó- me estará esperando”. Y se lo imaginó, prendiendo un cigarrillo y echándose hacia atrás en el respaldo, mientras se acomodaba el pantalón con ese gesto suyo, que tan bien conocía. Sintió su espera, primero placentera y luego más y más inquieta por momentos. Le vio agitarse nervioso, poner la radio, mirar por encima del hombro hacia el camino mientras fumaba un cigarro tras otro y los aplastaba con rabia.
Parpadeó y su pupila dejó de enfocar al infinito para fijarse en un moscón medio aturdido que se golpeaba azarado contra el cristal. “A estas alturas”, pensó, y de improviso le asaltó la vieja obsesión de que Dios podía leer todos sus pensamientos. Luego se ajustó la rebeca y bajó a atizar el fuego.

lunes, 3 de noviembre de 2008

SISINIO

A Sisinio nunca le había gustado la gimnasia. En la escuela había estado exento de la asignatura por una enfermedad congénita nunca aclarada. El resto de su vida siempre tuvo a gala no haber vestido jamás un chándal. Cuando llegó la moda del “contamos contigo” su aversión al deporte se volvió más violenta si cabe. Se reía abiertamente de los domingueros que, ataviados con coloristas trajes tachonados de iconos con la marca comercial correspondiente, pasaban sudando y resoplando a su lado, mientras leía plácidamente los suplementos de la prensa sentado en un banco del paseo. Resistió así, con su vida sedentaria, sus olorosos entrefinos y su solisombra de sobremesa durante largos años, a pesar de las amenazas de los médicos y los consejos bienintencionados de la familia y los amigos. Nunca cedió y, contra todo pronóstico, ha tenido una larga vida.
Ahora a sus ochenta y muchos, cuando –gran paradoja- está condenado a una silla de ruedas, se ve Sisinio en éstas y la verdad es que la situación le produce una risa ácida. Pero aquí, en este asilo que dan en llamar hogar para mayores, son las normas. Todos –Agilo, el antiguo maestro; Gregorio, escultor famoso en su día; Clemente, genio en la electrónica e inclemente en el trato- conducen sus vehículos con un chándal azul haciendo las veces de mono de carreras. Dicen las cuidadoras que es más práctico.
En los últimos tiempos –hecho harto curioso-, Sisinio se ha sentido imbuido poco a poco por el espíritu olímpico. Se ve que, en algunos casos, el hábito sí hace al monje. Por eso lleva ya meses compitiendo con los otros. Se trata de burlar la vigilancia y llegar a la séptima planta. El Séptimo Cielo, lo llaman en su jerga. Hace un mes lo descubrieron en la cuarta y lo devolvieron a la suya. Hace diez días casi llega a la sexta. Hoy por fin los ha burlado a todos. Llega a unos metros de la meta, corre por la terraza, regatea a dos auxiliares, se apoya en la baranda. La fuerza de la gravedad juega en su favor. “Gané”, piensa mientras cae al vacío.

domingo, 2 de noviembre de 2008

CECILIA

A Cecilia le gustaba soñar. De niña se despertaba a medianoche y se metía en la cama de su hermana Apia para contarle enseguida su sueño, antes de que las imágenes se disolvieran en el olvido. Entonces soñaba a menudo con Maderasma, una oficial de policía con disfunciones respiratorias que perseguía supervillanos acompañada de un hombrecillo calvo llamado Filemón. Las peripecias eran amenas y trepidantes. Aún así Apia acabó por hartarse de ser despertada en mitad de la noche y Cecilia empezó a confiar sus vivencias oníricas a un cuaderno. Al llegar a la adolescencia tenía ya una buena colección de blocs apilados en un rincón del armario ropero. En sus páginas habitaban personajes como Jeremías, un ricachón triste e inconformista, o Marcos que paseaba por las blandas losas amarillas del sueño con un león que sólo él veía. A veces hacían su aparición Khacir y Levon, dos piratas malayos malencarados pero amables. También andaba por allí Ananías, un abuelo sarcástico y locuaz, que contaba sus aventuras emocionantes, ya como correo portador de mensajes cruciales, ya como avezado maquinista a bordo de la locomotora del Oriente Express.
Con la pubertad le llegó la facultad de elaborar a voluntad los sueños. Lo descubrió un día en que había estado leyendo fotonovelas. Los protagonistas se le presentaron en la mente nada más dormirse. A partir de entonces le bastaba pensar en un personaje y una historia para vivirla intensamente durante el sueño. Así se recreaba por las noches con aventuras galantes que no tenía en estado de vigilia. Los chicos se llamaban Daniel, David, Salvador o Simón. Iba intercambiando los nombres con las caras y los trajes como en el juego de las muñecas recortables.
Un buen día apareció en su vida Esteban, un viajante educado y serio, de físico agradable y carácter jovial. Lo tenía todo, le decían familiares y amigos. Cecilia estuvo a punto de dar el paso y entrar por el estrecho camino acolchado de la realidad. Pero, a última hora, se rebeló. Sería como traicionar su otra vida, tan plagada de posibilidades infinitas.
El despecho convirtió a Esteban –por lo que nos cuentan- en un triste donjuán itinerante. Cecilia se encerró en casa y se empeñó en aprender a tocar en el viejo piano del salón. Dedicó el resto de su vida a componer bandas sonoras para sus sueños, que poco a poco fueron adquiriendo la complejidad y el barroquismo de las óperas de Wagner.

jueves, 30 de octubre de 2008

ROMEO

Lo de Romeo Romero no fue casualidad, sino humorada de un padre que mejor habría hecho dedicando su dudosa agudeza mental a elaborar pasatiempos de palabras cruzadas. Lo primero que oyó Romeo durante toda su vida al presentarse fue un “¿cómo dice?, seguido de un “¿dónde dejaste a Julieta?”, así como suena, rebajado al tuteo en cuestión de segundos, pues la gente tiende a perder el respeto ipso facto a quien le parece extravagante o pintoresco.
Romeo Romero, con tanto retintín y tanta burla respecto a los hipotéticos desvaríos amatorios a los que, por mor de su nombre, se le suponía abocado sin remedio, dio en aborrecer las francachelas propias de la mocedad y se hizo perito agrícola. No fue esto último una consecuencia de su recato hacia los bailes y el cultivo del bello sexo, entiéndase, sino que ambas cosas ocurrieron por los mismos años juveniles.
Romeo encontró trabajo en una sórdida oficina donde interpretaba planos de ocho a tres. En los ratos que lograba hurtarse a la vigilancia de don Clemente, el ingeniero jefe, que de tal sólo tenía el nombre, se dedicaba a la lectura de la obra de Shakespeare. Con el tiempo llegó a ser un erudito en lo tocante a la presencia del amor en la obra del genio. Pidió una excedencia y se dedicó a dar conferencias en universidades de prestigio. Murió muy anciano, tenido por todos como un experto en la expresión literaria de los sentimientos amatorios. Lo hizo virgen, a pesar de las pasiones que su fina sensibilidad despertaba por doquiera entre sus alumnas y lectoras.

sábado, 25 de octubre de 2008

SILVESTRE

Cuando nació Silvestre aún se llevaba lo del santo del día, así es que don Octavio y Saturnino, el padre, se citaron en la sacristía el día antes del bautizo. El cura iba recorriendo con el índice las onomásticas del Santoral Romano a la luz de unos velones que había traído como oferta la tía Astea. A Satur, Agapito le parecía un nombre proclive al chiste fácil, Ampelio le recordaba el transformador de la corriente alterna y Cayo la opresión de un domingo con zapatos nuevos. Doro le sonaba a nombre amputado y tanto Hipólito como Jerónimo –sin saber por qué- representaban en su mente un híbrido de humano y animal de monta. Anatolio era para él un gentilicio exótico y Beltrán un nombre más apropiado para bar o ultramarinos que para un neonato. Adventor, Barabesciabas, Boitazato y Orlón, podían servir para designar un planeta lejano o una estrella, pero no una criatura de su sangre. Optaron pues al fin por ponerle Silvestre, sin sospechar lo inane de sus lucubraciones, pues años después –y sin remedio- todo el mundo iba a acabar llamándole Estalone.

viernes, 24 de octubre de 2008

CRISPÍN

Hay personas abocadas a una misión por mor de su herencia genética y otras que siguen su vocación a pesar de la misma, en un esforzado bogar contracorriente. Crispín era de estos últimos. Aunque Canijo y desmedrado, desde niño deseó con morboso afán doblegar y humillar a los demás. Como quiera que su exigua presencia provocara mofa en sus presuntas víctimas, optó por rodearse de una cohorte conveniente a sus fines. Así encizañó a Severino y Máximo para asolar los patios de recreo. Severino estaba dotado de gran arrojo y sangre fría y Máximo era un gigantón que –por citar un dato harto elocuente- desayunaba a los ocho años medio litro de leche bien migada. El trío llegó a hacerse tristemente célebre antes de llegar la pubertad.
Aún no iniciada la mayoría de edad, contaban los tres con un amplio historial, donde no faltaban el acoso a compañeros y docentes, la extorsión, la amenaza, el hurto y el daño en bienes muebles. Los fines de semana se entretenían en agredir a mendigos y desheredados, celebrando luego sus acciones con risotadas y libaciones colectivas. No les faltaban jaleadores y grouppis que coreaban sus desmanes con aullidos de admiración y rendida pleitesía. Tan realizados se sentían los tres que incluso se dotaron de un aparato ideológico, una moral espúrea que justificaba sus fechorías en aras de lograr una sociedad más ordenada y libre de impurezas.
Pero, como hasta lo más sublime aburre cuando lo pervierte la costumbre, nuestro hombre decidió un día cambiar de vida. Se desligó de sus fieles dogos y decidió partir a la aventura. Desempolvó una Leika que había en casa y cruzó el mar. Vagabundeó por el albañal del mundo haciendo fotos que le compraban a veces las agencias. Vivió de cerca situaciones que dejaban en juego de niños sus hazañas pasadas. Poco a poco se hastió de aquello, hizo relaciones y encontró un hueco en una empresa farmacéutica que combate el SIDA en África.
Hoy día es ejemplar, viste de traje y tiene personas a su cargo. Algunos han propagado la especie de que comercia bajo cuerda, de que pega el cambiazo y manda a los negritos agua destilada. Seguramente son unos envidiosos.

sábado, 18 de octubre de 2008

CAROLINA

Carolina estaba como un queso. De ello dan fe sus coetáneos de ambos sexos. Desde tierna edad desplegó por doquiera su perfume de nínfula. Con la pubertad se acrecentó en extremo un algo etéreo que congregaba a los varones de toda edad y condición en torno suyo. La tienda de su padre, generalmente frecuentada por amas de casa y funcionarias de los despachos del Juzgado cercano, se llenaba de hombres de pelo en pecho y de chicuelos en la edad del pavo cuando ella estaba detrás del mostrador. Era un negocio dedicado a las delicatessen en el que destacaban los vinos selectos y los productos lácteos fermentados de diversa procedencia, desde el cremoso camembert al perfumado idiazábal, pasando por el gouda de dorada firmeza y el sensual queso de tetilla. El deseo de los presentes se confundía entre la exquisitez de los manjares y la carnalidad aromática de la oficiante que, tras el ornado delantal de volantes evidenciaba unas turgencias que invitaban al ágape. Se creaba un ambiente de litúrgico recogimiento cuando Carolina, oficiando de pagana sacerdotisa, repartía finas lonchas de prueba entre la nutrida concurrencia. Los clientes salían de allí reconfortados y no dejaban de alabar el prodigio entre las gentes.
Crecía la clientela y don Aurelio el padre, si bien algo molesto ante el fenómeno, no podía menos que sonreír ante los resultados de la caja. Pasado un tiempo, Carolina acabó abandonando sus estudios de secretariado para dedicarse en cuerpo y alma al ejercicio de su curioso ministerio. El boca a boca de las apetencias se extendió como mancha de aceite a la albahaca. Llegaban peregrinos de otras tierras atraídos por la leyenda de una diosa que convertía en sublimes los alimentos terrenales. No faltaron fieles que cometieron la osadía de pretender el amor de la doncella, pero Carolina los rechazaba uno tras otro aduciendo su compromiso comunitario. Hasta que llegó Tanguy, un sibarita peregrino que recorría el mundo con el único objeto de gozar de los placeres gastronómicos, y se fue con él. Pronto la tienda tuvo que cerrar ante la falta de clientela. Abrieron en el local una mercería y todo el mundo se olvidó. Al cabo del tiempo se habló en la prensa de un gourmet fou que elaboraba platos refinados con las zonas más sabrosas del cuerpo de su novia, pero apenas se comentó en el barrio.

sábado, 23 de agosto de 2008

ATANASIO

Atanasio se sentía feliz mientras tentaba con el pie las ramas, evitando las que crujían ante su peso. Le gustaba la sensación de ver amanecer entre el follaje, expuesto al aire frío de la mañana. A Atanasio pudieron haberle bautizado Zaqueo –lo piensa ahora, encaramado en el peral a falta de sicómoro-, por ser otro de los santos del día, pero en realidad debió haberse llamado Dubitato, pues su vida había estado gobernada siempre por la vacilación. Desde niño estuvo su ánimo prisionero de la angustia ante la más mínima elección. El simple lugar común de preguntarse si quería más a mamá o a papá, hacía prender en él todo un rosario de suplicios morales. En los recreos tardaba tanto en decidir a qué jugar que le sorprendía la sirena que les daba término sumido en espesas cavilaciones. Las tardes de domingo volvía sólo a casa, tras patear durante horas las calles, por no haber sido capaz de elegir una sala de cine a la que entrar.

Pero su sufrimiento se agudizó a medida que entraba en edad núbil. Su físico agraciado y esbelto le deparaba no pocas candidatas a su amor, pero Atanasio ni siquiera las pretendía por miedo a equivocarse. Felipa podía haber sido una grácil novia y, por qué no, solícita esposa, pero halló en su mirada un no sé qué que lo inquietaba. Heraclia estaba dotada de una fina belleza digna de Venus, pero su ensimismamiento y quietud le inhibían. Matrona presentaba trazas de ser hembra llamada a entregarse con especial denuedo a su marido y su futura prole, sin embargo Atanasio intuía en ella un algo mórbido que le repelía. Otros impedimentos lo alejaron de Tecla, mística y virginal; Victoria, muchacha arrojada como un hoplita que acabaría ingresando en la Legión y Yolanda, la candidata más firme, rechazada al fin porque su mera presencia le anegaba la mente de inmensos y apabullantes campos de tulipanes.

Ahora, ya jubilado y obviamente solo, seguía sufriendo los rigores de su falta de determinación. Vivía de su pensión en la casita con jardín que heredara de sus padres y cultivaba unos pocos frutales a cuyas ramas subía más por perder el contacto con una realidad terrena que le agobiaba que por recolectar alguna que otra pieza. Allí arriba había descubierto una libertad de juicio y obra que le equiparaba en su fuero interno a un dios. Elegía las peras que deseaba y se aprestaba de inmediato a separar su peciolo de la rama que la daba sustento. Hoy se ha fijado en una pieza apetecible, tanto por su tamaño y perfección de formas, como por el grado perfecto de maduración que aparenta. Está arriba, en la parte más alta de la copa. Atanasio fija su pie derecho en una rama, cruje un poco, pero es firme; luego asienta el izquierdo, coge impulso y asciende. Ya está cerca del fruto la punta de los dedos. Se estira, se agarra a una rama con la mano izquierda, se siente feliz. Piensa en la clorofila, en Italo Calvino, en el sentido de la vida, en tulipanes rojos y amarillos que mece el viento, todo a la vez, en sucesivos fogonazos, cuando oye un crujido y se precipita al suelo y lo último que piensa es que por fin va a dejar de pensar.

sábado, 16 de agosto de 2008

ELPIDIO

Un día a Elpidio le hicieron un retrato. Fue en el paseo marítimo, durante unas vacaciones. Le animó Inés, su esposa. Posó de mala gana ante aquel oriental que le miraba con la cara impasible de una cariátide mientras extendía el brazo y le medía las facciones con precisión agrónoma. La gente hacía corro y Elpidio sentía con disgusto el vaivén de las miradas que le cotejaban con su otredad naciente. Terminó por fin el suplicio y pudo ver su imagen. El resultado –entonces aún no sabía por qué- no le gustó nada, pero tanto su mujer como sus hijos se deshicieron en elogios, así que no le quedó otra que pagar y tomar la obra enrollada bajo el brazo mientras el artista se doblaba en dos ceremoniosamente. Ya marchando sintió en su espalda un sonido apenas audible, un ruido adelgazado por los labios estirados de quien sonríe aviesamente; podría ser algo así como “ya se paleselá”, pero aún no le estaba dado el don del entendimiento.

Todo hubiera quedado en eso si Inés no se hubiera empeñado en enmarcar su efigie y hacerla presidir el salón, justo encima de la pantalla nueva de plasma. Las visitas se paraban ante la esbeltez panorámica del aparato y luego, advertidos por la anfitriona, reparaban en el dibujo y admiraban su parecido con el de carne y hueso. Volvían las miradas de ida y vuelta que a Elpidio, de natural discreto, tanto incomodaban. Todos sonreían, pero él advertía un no se qué inquietante en el tono de sus “qué bien estás, parece que estás vivo”. Incluso sorprendió un día en Inés un mohín adusto mientras pasaba la bayeta del polvo por el cristal.

La consciencia le vino de pronto como un mazazo. Sus ojos, como desprovistos por un instante del velo protector de la rutina, percibieron con claridad y precisión de blu-ray aquel rictus, aquella mirada, aquel otro yo que se abría paso a través de las hebras del papel y de las moléculas del carboncillo como un alien estremecedor. Ocurrió una tarde en que, sólo en casa, veía un aburrido partido de tenis. Quizás el vaivén de las miradas le llevó por asociación a fijarse en el retrato. Y entonces lo vio. Se vio a sí mismo, es decir a su yo enterrado debajo de la carne; ese amago de sonrisa helada, esa mirada muerta de quien ya nada espera, esas arrugas profundas que produce el desespero de vivir. No era Elpidio un hombre resoluto pero, en este caso, reaccionó con la precisión y radicalidad de un cirujano que extirpara un tumor. Curiosamente, nadie nunca mencionó nada. El tenue cerquillo desapareció cuando repintaron el salón.

miércoles, 25 de junio de 2008

ALBERTO

Alberto murió un 15 de noviembre. Justo el día de su santo, ya es casualidad. Venía del trabajo y se empotró debajo de un camión. Ese día le habían ascendido a jefe de ventas y estaba eufórico, con ganas de llegar a casa y dar una sorpresa a su mujer. Quizás la alegría le nubló los sentidos; que el exceso de dicha es también peligroso. La muerte fue instantánea. Al poco oyó sirenas y chirriar de frenos. Tardaron su tiempo en liberarlo de la carcasa de hierros retorcidos. Después, unos jóvenes con chalecos reflectantes estuvieron golpeándole el pecho y tratando infructuosamente de insuflarle aire en los pulmones. Se sorprendió pensando: “qué coño hacen, no ven que estoy muerto”, él, que nunca había creído en el más allá. Luego trajeron un féretro y le colocaron dentro. Se sintió cómodo en la suavidad de raso, con aquella oscuridad como de útero materno. La expresión “eterno retorno” le cruzó por la mente mezclada con sonidos confusos de llantos y voces. Le instalaron tras un cristal como de escaparate donde él, en su coqueto estuche, era el objeto a contemplar. Nunca pensó que pasaría por allí tanta gente. Hubo un momento, ya de noche, en que sólo quedaron la viuda y Félix, su amigo desde los tiempos del colegio. Le pareció que se estaban excediendo en las muestras de cariño, pero lo achacó a la emoción propia del momento. Cuando empezaron los primeros jadeos ya no los oyó, pues había roto amarras definitivamente.

TRAHAMUNDA

Tramu era una de esas personas que parece que siempre están en otra parte. Sus padres, Sidonio y Veneranda, la llevaron de niña a más de un psicólogo pero todos lo achacaron sin más a “cosas del carácter” y les instaron a aguardar un posible cambio tras la pubertad. Sin embargo, llegó la primera juventud y Tramu seguía siendo una chica ensimismada y triste, aunque de buen carácter. Apasionada de la lectura, encontró en la saudade de Pessoa la definición de su estado de ánimo.
El día que cumplía los veinte años conoció a Lorenzo en el asador donde celebraba con su familia el evento. Pronto intimaron. Lorenzo era un poeta metido a asador de pollos por esas cosas de la vida. Salían al campo y Tramu escuchaba los versos de su novio con amoroso celo. Pero él, sensible como era, advertía que la mente de ella no estaba allí, a pesar de ella misma. Se lo recriminaba con cariñoso ahínco y ella le respondía con un: “es que yo soy así”, que no dejaba lugar a la esperanza.
A pesar de todo fijaron una fecha para la boda. Lorenzo estaba realmente enamorado de aquella especie de deidad clásica de paso por la tierra. El día señalado Trahamunda desapareció sin dejar rastro. Fue Veneranda quien advirtió su falta, al ir a despertarla para ayudarla a vestirse su maravilloso traje blanco. Todo estaba en su sitio, no faltaba dinero ni efectos personales.
Lorenzo acusó la noticia como un mazazo, pero en el fondo de su alma de poeta se lo esperaba. Sabía que Tramu no era de este mundo. Vagó desde entonces por el ancho mundo. Un buen asador siempre encuentra trabajo en cualquier parte. Era bello y sensible y conoció muchas mujeres. Buscaba en cada una el espíritu huido de Trahamunda. En algunos lugares le contaron leyendas de cautivos escapados milagrosamente por los aires.

AGUSTINA

En cuanto tuvo edad para ello, Agustina acompañó a Arcadio, su padre, a la galería de tiro todos los sábados. Juntos practicaban con todo tipo de armas y la chiquilla destacó pronto por su puntería y aplomo. Arcadio, mercenario de varias revoluciones, había sido dado por muerto muchas veces, por lo que algunos le apodaban “el Gato”. Ahora disfrutaba de un retiro tranquilo, con los honrados ahorros de su profesión y otros de origen más incierto.

Agustina era de natural dulce y discreto. Se desvivía por su padre hasta el punto de desatender los imperativos marcados por Natura. Pasaron varias primaveras sin que prendieran los esquejes de su joven corazón. Hasta que llegó Homobono, con los primero fríos de un año cualquiera. Homobono era todavía un muchacho, pero venía con la mancha negra de un pasado tormentoso. Se presentó en casa con la frialdad de un cobrador de recompensas. Arcadio le temía con el pavor que producen las pesadillas. Agustina, en cambio, quedó deslumbrada por aquel ser patibulario, de ojos fríos y corazón de fuego.

Pronto se casaron. Las relaciones entre los tres fueron tensas mientras duraron. Arcadio evitaba visitar a su hija por no encontrarse con la mirada inquisidora del enviado. Por su parte, Homobono parecía haber olvidado su misión en los brazos de Agustina. Ésta por su parte, pasados los primeros meses de pasión incandescente, soportaba de su hombre las cenizas de unos malos modos que fueron degenerando en sádico maltrato.

Todo acabó mal (o bien, según se mire). El triángulo se rompió, como siempre, por su lado más débil.

sábado, 21 de junio de 2008

ISAAC

Isaac era un buen chico. Hacía sus deberes, ayudaba en casa y repartía propaganda los sábados para contribuir al peculio familiar. Todo iba sobre ruedas al lado de su madre, Crafaildes, operaria en una fábrica de carretes de hilo. Lo malo era cuando llegaban los veranos y era reclamado por Renato, su padre, un feriante que recorría en roulotte el país de punta a punta.
Renato era un artista del alambre. Llegaba a un pueblo, colocaba un cable de acero entre dos postes y, llegada la noche, caminaba sobre él armado de una pértiga. Isaac detestaba el riesgo y padecía además de vértigo, pero su padre se empeñaba en enseñarle el oficio. Para él era un mal trago subirse al alambre y dar dos pasos ante la expectación siniestra de la gente. Su madre intentaba evitarlo, pero nada podía a un padre que contaba con la anuencia de los jueces para iniciar al hijo en un oficio a todas luces honrado. ¿No corren riesgos los albañiles, -decía Renato- y nadie prohíbe ese menester?
Isaac se sentía una víctima sacrificada continuamente a un dios ausente. Pasaban los veranos y nunca una mano rasgó el papel charol del firmamento para decir: “Detente Renato, ya está bien”, con voz firme y tonante como corresponde a una deidad. Isaac iba aprendiendo el oficio, mal que bien, mientras dedicaba los inviernos al estudio. Con el tiempo se especializó en física cuántica. Se hicieron muy célebres sus conferencias sobre el azar y la probabilidad con la silla suspendida a veinte metros sobre el suelo.

miércoles, 18 de junio de 2008

MARTÍN

Desde niño, Martín manifestó una reprobable conducta contra cuyos muros habían fracasado los preceptores más severos. Sus padres Teodoro y Felicia habían dedicado su vida a la exportación de medicamentos adulterados y otros negocios humanitarios. Llegados a la edad madura, sintieron la necesidad de un descendiente en que depositar, en un futuro, el respetable montante de su lucro. Pero he aquí que el vástago había nacido con aquella extraña tara.
Ya de lactante se produjeron las primeras manifestaciones, como dejar intacto en cada toma uno de los pechos, como si lo preservara para un hermano inexistente. Continuó en esa misma tónica, tomando sólo la mitad del biberón o una sola porción del plato, por más que sus padres o la niñera porfiaran. Más adelante no podían regalarle un juguete que no compartiera en la escuela, ni un bocadillo para el que no buscara partenaire. En cuanto tuvo dinero de bolsillo, dividía de inmediato la cantidad por la mitad y le daba una a un amigo, a un compañero o a cualquier pedigüeño que le abordara por la calle.
Una conducta tan desordenada, obligó a los atribulados padres a buscar la ayuda de psicoanalistas, brujos, confesores y chamanes, pero todos fracasaron. Una tarde tuvieron una revelación. Se encontraba en actitud de recogimiento, mirando las cotizaciones en Internet, cuando se materializó ante ellos un barrendero de color para decirles: “Es su naturaleza, así es la rosa”.

NOÉ

Había recorrido los siete mares y doblado siete veces siete el cabo de Hornos, pero no tenía pata de palo ni le faltaba ningún ojo. Antes bien, Noé era un viejo atildado y, eso sí, un tanto pendenciero, que gustaba de alternar con los amigos y se dejaba caer por el Ninfa’s Club los primeros viernes del mes cuando podía. Tenía tres hijos, Modesto, Probo y Tiberio, concebidos entre periplo y periplo y educados en la virtud por Natalena, firme como una roca en la esperanza del regreso.
Hubo una noche en que Noé no volvió al amanecer y, ante el desasosiego de la madre, salieron los hijos en su busca por esquinas airadas y locales confusos. Lo hallaron desnudo, embriagado y contento. Los dos mayores reprobaron su actitud y le echaron en cara la desconsideración hacia su esposa. Tiberio, en cambio se recostó a su lado, pidió una copa y se interesó por la tarifa de la hetaira más bella. Empezó así un ciclo de felices singladuras juntos.

martes, 17 de junio de 2008

TIMOTEO

Timoteo desde niño amó la magia. Le costaba amoldarse a las cosas tangibles. Se imaginaba historias en los desconchados de las paredes. Jugaba con un espejo a proyectar sombras chinescas en los techos y las convertía de inmediato en personajes de trepidantes aventuras. Se pasaba horas mirando un solo cromo de su álbum preferido –uno de Merlín, con ese alto tocado cónico y puntiagudo que le fascinaba- con las pupilas fijas y el ánimo ido. Sus padres Orestes y Romana, lo achacaban a su calidad de hijo único. El caso es que el niño fue creciendo y no menguó su capacidad de fantasía. Si acaso se acrecentó su incapacidad para las cosas cotidianas. En el instituto se despistaba con frecuencia en las explicaciones, por lo que sus calificaciones no eran muy buenas. Su vida social tampoco era muy halagüeña, pues no cultivaba las amistades, ocupado como estaba en cosas más etéreas. Acabó siendo víctima del acoso de sus compañeros más lerdos e insensibles, deseosos de encontrar un chivo expiatorio a quien hacer pagar su propia ineptitud.
Sus padres, preocupados, no sabían que solución tomar. Como eran cultos y pudientes emprendieron diversas terapias con otros tantos profesionales, pero ninguna resultó. Viajaban con él en vacaciones, por paliar de algún modo los efectos del stress acumulado durante el curso. Un día, comiendo en un restaurante de lujo, Timoteo se fijó en el cocinero cuando se acercó a requerir la opinión de los comensales. Le llamó la atención, sobre todo, el alto gorro que ostentaba. Fue su caída del caballo camino de Damasco. Comenzó enseguida a practicar. Su madre le enseñó a rebozar merluza y su padre aportó su nombre al figón. Hoy día Timoteo es un chef internacional de merecida fama. Todo el mundo dice que hace magia con los manjares. De sus muchas creaciones se lleva la palma su esencia natural de Erinias, una espuma incolora, inodora e insípida que hace furor entre los intelectuales más conspicuos.

sábado, 14 de junio de 2008

MAURO

La vida es a menudo injusta. Ved si no el caso de Mauro, encargado de un almacén de ferrocarriles, hombre virtuoso y sin mayores vicios conocidos hasta que le llegó el canto de la sirena que le estaba destinada. Huelga decir que todos tenemos una sirena –la nuestra, la que existe por y para nuestra perdición- fundida con la naturaleza íntima de la sombra, lo mismo que tenemos ángel de la guarda sobre los hombros. Nuestra suerte depende de quién de ellos cobre más protagonismo.

Mauro estaba alternando un día, a la hora del blanco, cuando llegó a sus oídos la cantinela insistente de un artefacto de luces intermitentes y palancas aparatosas. Esa fue la saeta que le flechó el alma para siempre. Metió una moneda y sintió que aquel frenesí de plátanos y trozos de sandía sería irremediablemente el leit motiv de su vida futura. Desde ese día empezó a cambiar sin tasa billetes por calderilla. Las monedas desaparecían por el conducto que daba a la alcancía con un glu-glu que parecía tener para él algo de lúbrico. Mauro permanecía ante aquel baile de signos, como el converso ante los cuadros de un retablo. A veces –pocas, es verdad- la bandeja inferior se llenaba de monedas, con gran escándalo de tintineo y luces, y Mauro se sentía arrobado por la emoción. Por supuesto no dudaba un momento en devolver al ídolo lo que era irremediablemente suyo.

Con el tiempo la economía de Mauro empezó a flaquear y no se le ocurrió otra cosa –para regocijo de su sirenita íntima- que sisar dinero en las facturas de los clientes. Pasó un tiempo y nadie lo notó. Mauro era feliz con su vicio solitario, compartido eso si con un coro que celebraba los plenos con un ¡oooooh! de admiración intensa y se solidarizaba con un ¡ayyyyy! cuando por un melón de menos se quedaba a dos velas. Ocurrió que, con el tiempo y la confianza, las sisas se fueron convirtiendo en desfalco y –como no podía ser de otra manera- sus pecados salieron a la luz. Quedó Mauro en la calle, sin trabajo, expuesto a la vergüenza pública, denostado incluso por sus propios corifeos.

Sucedió que un chino empezó al poco a venir por el bar en bicicleta. Metía unas monedas, las justas, sacaba el premio especial, lo cambiaba en billetes, y se iba pedaleando hacia la siguiente cantina con máquina. Algunos se habían fijado en él, acodado en la barra, apuntando datos en un bloc mientras Mauro se pasaba las tardes jugando sin aliento.

FLORENCIO

Florencio salía al patio siempre que no llovía, cogía el bote de las habichuelas y ponía un montón en una esquina. Luego tomaba una –siempre eran doce- y atravesaba, pasito a paso, la diagonal hasta dejarla en el suelo, al otro extremo. Eran doce pasos y doce las veces que el montón cambiaba de esquina cada mañana. A mí me gustaba escucharle hablar mientras realizaba este ejercicio ritual. Me contaba su paso por dos guerras, su trabajo en una serrería, su viaje más allá del charco y cosas de la chacra y de la zafra que me sonaban a tambores bajo las palmeras. Cuando terminaba sus doce series, Florencio, recogía su tarrito de cristal tintineante y entraba en casa. El resto del día lo dedicaba a mirar por la ventana, hacia poniente.

GALA

Tenía a gala cambiar el destino de los hombres que se cruzaban en su camino, de ahí ese nombre que nos ha llegado a través de Ático. En realidad se llamaba Honoria. Ático, condenado por una minusvalía severa a la vida contemplativa, se dedicó a observarla desde la perspectiva privilegiada de su buhardilla, ya desde los años de infancia de ambos. De sus escritos se deriva la imagen de una niña inquieta y precoz, que se planteó desde muy temprano el porqué de las cosas. Con trece años se enamoró de Maulán, el hijo del guarnicionero. Ático los veía besarse, amparados en la penumbra de los portales. Fue cosa de un verano. El chico era ya un tanto fato y pagado de sí mismo, pero en los años sucesivos fue degenerando hasta perder su nombre la última consonante y el acento por voto popular e inapelable.

Algo después le tocó el turno a Leonardo, un joven guapo, con habilidades de mecánico, que llegó al barrio como encargado de los coches de choque que solían poner cuando las fiestas. Ático nos cuenta lo que recoge de los comentarios de su madre viuda, las correrías de la moza con el feriante por la orilla del río, sus largos desafíos a topetazos cuando se cerraba la pista al público y quedaban solos, como dos carneros iluminados por la luna. El narrador no es mero cronista y tiene, como vemos, cierta querencia por la lírica.

Pasaron unos meses y Leonardo partió, siguiendo la ruta periódica de su mester de ave de paso. Llegaron con el tiempo noticias de su éxito como inventor de ingenios mecánicos sin precedente. Le dio fama sobre todo un motor ecológico que funcionaba con la fuerza de los buenos sentimientos, aunque la falta de materia prima impidiera su explotación a gran escala.

Gala acabó dejando el barrio para siempre, de la mano de Severo, un matón de barra americana convertido por mor de su influencia, en ilustre descubridor de la materia orgánica de los sueños. Respecto a Ático, hagiógrafo entregado de estas vidas, sabemos que se precipitó al vacío un aciago día. Su madre lo achacó siempre a un exceso de celo en su misión de deux ex máquina que le impelía a asomarse peligrosamente a la lucera.

domingo, 8 de junio de 2008

DOMNINO

Domnino tenía entre sus funciones cambiar las toallas en los servicios de los compartimentos de primera. Lo hacía ya oscurecido, cuando los largos convoyes reposaban junto a los andenes como saurios cansados y exhalaban un vaho que convertían la estación en un enorme hamam fantasmagórico. Domnino era maduro, ajado y fofo de cuerpo y de alma. Hacía ya tanto que no sentía una emoción verdadera que apenas recordaba su sabor. Por eso cuando abrió aquella puerta y se encontró a una mujer, bella como una diosa, que se retocaba ante el espejo, cerró de inmediato y decidió que no había sucedido. Pero oyó su voz al otro lado de la puerta y no tuvo más remedio que constatar que era real. La miró de cerca y vio sus ojos negros, su boca roja y un cuerpo cimbreante que se insinuaba bajo un ceñido y elegante vestido. Ella se echó en sus brazos y, sin saber cómo, él se trasfiguró en un titán con la sabiduría de un Salomón y el poderío de un Rómulo. Se amaron en posturas imposibles en la inmensidad de aquel cubículo inmundo, mientras se desprendían las manecillas de todos lo relojes de la tierra.

Domnino quedó marcado por aquel prodigio. Buscó a la mujer durante las noches siguientes con la desesperación de un náufrago. Nunca pudo volver a acostarse con Bertila, su rellenita y sonsa esposa, ni quiso tratos con unos hijos mentecatos a los que no entendía ni quería ya entender. Su situación se degradó hasta acabar siendo un paseante sin destino. Buscaba a su dama, como a un Santo Grial, aún sabiendo en el fondo que el reencuentro era imposible. Fue de calle en calle y de pueblo en pueblo. Ya desesperaba cuando al fin ocurrió. Fue una noche, viendo la televisión en un albergue. La película era muy antigua, en blanco y negro; ella le guiñó un ojo y el guiño se multiplicó al reflejarse en cien espejos. Él pugnó por ir a su encuentro, pero la frialdad del cristal y la dureza de la mirada de Orson Welles le impidieron materializar ningún contacto.

sábado, 31 de mayo de 2008

AMANCIO

Amancio siempre fue un hombre arrojado. Picaba billetes en el Hullero y había que verle saltar de un vagón a otro haciendo fintas de banderillero. Entonces ser interventor tenía un poco de autoridad civil competente y un bastante de funámbulo. Amancio recorría el convoy traqueteante saludando aquí y allá a los viajeros en su mayor parte habituales. Era Amancio amable y apreciado por sus convecinos. En sus tiempos de mozo jugaba bastante bien al balón y tampoco era manco si de condimentar unas ancas de rana se tratase. Sin embargo tenía Amancio un algo indefinido, una fuerza interior, que le forzaba a mirar por las ventanillas a lo lejos, más allá de los postes y los chopos, por entre los pentagramas de los cables, hasta perderse en el cielo como los pájaros cuando se cansan de ejercer de fusas.

No es que Amancio no fuese feliz en el rol que la vida le había asignado. De hecho nadie en su familia había llegado a ser Jefe de Tren. Pero había pequeños detalles que le desazonaban, como el de mirar a lo lejos sin motivo. Un día empezó a emplear el troquel de forma extraña. No se limitaba a hacer la muesca estrellada en el cartón, a la izquierda o a la derecha del agujero redondo del centro. Le dio por hacer la marca en una esquina, en la otra o incluso dos equidistantes y hasta tres, formando un invisible triángulo equilátero. La cosa llegó a oídos de don Próculo, el Inspector, que consideró que la actitud de Amancio podía interferir en la buena marcha del servicio. Tras el informe consiguiente, la Compañía consideró que Amancio debía quedar de baja hasta nueva orden.

Modesta, la esposa, puso el grito en el cielo. Recriminó al marido estar siempre a uvas, despreciar las obligaciones que les deparaban el sustento. Pero él no contestó. Se puso a mirar unos trastos viejos que descansaban en un rincón del patio. En los meses siguientes dio largos paseos. A la vuelta, cansado, se ponía a cacharrear con herramientas y aperos de labranza, desbastaba madera, tallaba raices. Pronto construyó engendros que tituló de forma llamativa: Fervor estival, Hiriente luz de agosto, Mirando el horizonte. Los colocó a la entrada de su casa, a pesar de las protestas de Modesta. Algunos se reían al pasar. Amancio, sin embargo, sentía en su interior la llama viva de lo verdadero.

lunes, 26 de mayo de 2008

MALAQUIAS

A Malaquías le gustaba jugar a las adivinanzas. No a esas charadas o acertijos estúpidos cuya solución suele ser siempre la gallina u otro absurdo animal. A Malaquías lo que en realidad le apasionaba era ejercer de arúspice. Todo empezó cuando, en párvulos, predijo la caída de la señorita Silvina por la escalera momentos antes de que aconteciera. Él fue el primer sorprendido, en mayor grado que los compañeros que le oyeron y proclamaron el prodigio por toda la escuela. Desde entonces su fama aumentó a la par que la confianza en las propias dotes adivinatorias.

Ya se sabe que la práctica hace maestros. Tras ese primer éxito vino lo del atropello de Eufrosino por el motocarro. Y más tarde el incendio del kiosco de Teófilo, aquel domingo en que todo el mundo dormía. Y después lo del suicidio de Gaudioso, que fue ya la coronación. A todo esto tenía Maki quince años y una fama siniestra de agorero que producía en el barrio sensaciones ambiguas de admiración y miedo.

Algo más tarde empezó el auge de la televisión y aquel programa de variedades donde tenían cabida todo tipo de sujetos con las habilidades más estrafalarias. Malaquías tenía a la sazón el pelo largo y una barba crecida que potenciaban su halo misterioso. Sólo tuvo que hacerse una túnica con una pieza de tela estampada que encontró en el desván de su abuela y presentarse al casting. Todo fue sobre ruedas. El programa estaba necesitado de nuevas atracciones. La noche de su presentación advirtió de un incendio en los camerinos que, gracias a él, pudo se atajado antes de que fuese a mayores. Luego empezaron a lloverle llamadas de televidentes a los que advirtió de las más terribles desgracias, suspendidas como espadas de Damocles sobre sus cabezas. Algunas ocurrieron y otras se pudieron impedir a tiempo. Pronto se convirtió en una gloria nacional.

No obstante, todo lo que sube tiende –al menos desde que Newton enunciara su famoso principio- obstinadamente a terminar de nuevo en el duro suelo, con un batacazo de contundencia directamente proporcional a la altura alcanzada en la ascensión. Así fue en este caso. Algunos envidiosos investigaron su pasado y encontraron indicios de que lo de Gaudioso no había sido del todo voluntario. El resto fue cosa de tirar del hilo.

ROMUALDO

Romualdo cantaba como los ángeles. Romualdo iba a todas partes con su canción. Era una melodía interior que le acompañó siempre, desde el jardín de infancia hasta el corral de muertos. Su clase fue siempre ésa que los maestros más aprecian por los buenos modos y la dulzura de los alumnos. Era el típico niño que no estudiaba ni poco ni mucho, que no hablaba demasiado ni destacaba tampoco por un mutismo exagerado, que jugaba al balón lo justo y metía un gol de vez en cuando, sin hacer por ello excesivos aspavientos. Hermano de otros cuatro varones, pasaba en casa tan desapercibido que sus padres se olvidaban de él cuando hacían las reservas para las vacaciones y tenían que volver a la agencia para rectificar. Era la suya una familia media, ni pobre ni rica, en la que predominaba la mesura. Si alguna vez surgía una disputa, la violencia inicial iba perdiendo fuerza antes de llegar al paroxismo, como si una melodía no audible amansara poco a poco los demonios interiores.

Llegada la edad se enamoró de Fina, una vecina de ademanes suaves y ojos claros, y llegó con ella al altar años después. Antes, estudiaron y encontraron trabajos discretos que le permitieron vivir con decencia y sencillez. Fueron padres y criaron dos hijos, Piedad y Tobías, que les dieron los disgustos propios de cada edad pero nunca en un grado que resultara preocupante. Sus vecinos decían de ellos que parecían caminar siempre por un sendero de baldosas amarillas.

Romualdo, al madurar, iba desarrollando más y más su calidad melódica, pero nunca habló a nadie, ni aún a su amada esposa, de un fenómeno que había asumido como inefable desde siempre. Una intuición íntima le avocaba a ese mutismo. A veces, sin embargo, los más sensibles se volvían a su paso, movidos por una extraña sensación.

Cuando murió, llegado su momento, Romualdo dejó a los suyos y se integró en el éter. Su hija, Piedad, heredó el don de la música interior, si nos atenemos a lo que nos sugieren los testimonios de sus convivientes. Tobías se hizo oftalmólogo y cuentan que obró grandes prodigios.

jueves, 22 de mayo de 2008

CLEMENTE

A Clemente siempre le gustó la predicación. En la escuela se dedicaba a endosar a sus desprevenidos compañeros obtusas filípicas en cuanto encontraba una situación propiciatoria. Ésta era a menudo la clase de gimnasia, de la que estaba exento por una extraña afección nunca del todo desvelada. Se acercaba a los más pusilánimes y les hablaba impostando la voz y utilizando los términos más oscuros que le permitía su cultura de niño enfermo y solitario. Es fácil suponer que se llevara más de una espantada, amén de algún pescozón cuando la víctima resultaba más díscola de lo calculado o su exasperación llegaba a rozar ese límite difuso que separa la mesura de la ira.

Creció e ingresó en un casa de Hermanos Menores, donde aprendió latín e hizo sus pinitos como orador sagrado. Por las noches fantaseaba imaginándose en un púlpito desde el que asperjaba a los fieles con cataratas de palabras rutilantes que les maravillaban hasta el punto de transfigurar sus caras y sus almas.

Clemente tenía ya decidido tomar el nombre de Conradino al profesar, un santo natural de Brescia por el que sentía admiración. Sin embargo, los aires renovadores del Concilio dieron al traste con su ardiente vocación. Aquel aggiornamiento que arrinconaba al latín al interior de los conventos, que pretendía hablar a los fieles con palabras cotidianas, que introducía guitarras y bandurrias en las celebraciones, le repelía en extremo. Tras una profunda crisis acabó renunciando al hábito y reintegrándose al siglo.

Pasó una época de tribulaciones. Probó todo tipo de paliativos, desde los psicotrópicos hasta los grupos de avistadotes de ovnis, pasando por el sexo en todas sus variantes. Nada le llenaba. Empezó a estudiar electrónica en unos fascículos coleccionables que ofrecían piezas para construir un flamante transistor multibanda. Encontró así un nuevo mundo que le apasionaba casi con la misma intensidad que el anterior. Aprendió cientos de palabras mágicas en un inglés pseudocientífico ajeno al común de los mortales. Notó como sus eventuales oyentes le miraban engolosinados. Advirtió el poder que su ciencia tenía sobre las conciencias. Aún quedaba un tiempo para la eclosión de una época marcada por el sesgo de la cacharrería tecnológica, pero sintió que aquel era su sitio y que su púlpito iba a estar detrás de un mostrador. Sus futuros fieles no le habrían de defraudar.

jueves, 8 de mayo de 2008

DOMINGO

A Domingo, los alumnos de francés empezaron a llamarle don Dimanche. De ahí hubieran pasado a Don Manchado, si le hubieran visto fumar y desparramar la blanquecina ceniza sobre el traje. Para Domingo el agravio no hubiera sido tal, sino más bien un feliz vínculo, más allá del tiempo y de la muerte, con un poeta del que se sentía cercano en su interior. Sin embargo no hubo caso pues, para empezar, estaba estrictamente prohibido fumar en las aulas y, por lo demás, el uso del traje entre el personal docente había ya periclitado hacía tiempo. Fumador si era don Dimanche, un fumador arrepentido y casi clandestino que a sus treinta y tantos se ocultaba de su madre para dar pábulo al vicio.

Tímido con las mujeres, Domingo, había tenido hacía unos años un percance amoroso con una alumna que aún le escocía en el alma algunas noches. La chiquilla se había empeñado en conseguirle y él en resistirse numantinamente. Y no es que le hiciese ascos a la entrega, que la chica era mollar y pizpireta; más bien le asustaba ser acusado de corruptor, con el descrédito social correspondiente. Por otra parte, se sentía como el pelele de Pierre Louys, el Humbert de Nabocov y el Rath de Marlene: un desgraciado en manos de una diosa. Todo coadyuvó a que la chica perdiese la paciencia y se liase con Leonardo, un fornido muchachote de hombros anchos y mente estrecha, en el viaje de fin de curso.

A Domingo ahora le ha surgido otro amor. Se trata de Cisa, es decir Cipriana Salamanca, una poetisa provinciana y cursi, habitual de los juegos florales. Es una señorita remilgada y clorótica que habla en susurros e interrumpe los estornudos, justo en su punto álgido, con un sabio toque de pañuelo que tiene algo de coitus interruptus. Se les va juntos por el paseo del Parque, los días de sol. Ella desgrana frases con empaque de haikus y apariencia de silvas intrincadas. A veces suspira y mira al cielo. ¡Es tan volátil! Se diría que no tiene huesos por dentro, que es todo espíritu más un veinte por ciento de agua bendita con burbujas. No van de la mano, pues ella detesta el contacto de los cuerpos. Quizás por eso pasó lo que pasó. Y es que, un día de viento, Cisa se elevó y se fue, frágil y aérea, hasta perderse entre los gruesos y amorosos nimbos de algodón. A estas alturas se viene aún comentando la efeméride.

miércoles, 7 de mayo de 2008

ZENOBIA

A Zenobia se le metió en la cabeza, ya desde la infancia, hacerse novia de un poeta. Nadie sabe el porqué de tan extravagante veleidad, habida cuenta de que en su hogar no había más libros que un misal con cintas de colores y el ajado prontuario de legislación ferroviaria de su padre. Sin embargo la mocita fenecía por escuchar un madrigal de boca de cualquier chico espigado y lánguido, a ser posible con ojeras. Pasó por esa causa una juventud desencantada, pues en su ambiente los muchachos no eran muy dados que digamos al arte de Lucano.

Siendo ya talluda –si bien juncal, a tenor de algunas fuentes-, le vino de lo alto la voz tan esperada. Era Pimenio desde un andamio. El madrigal la sobrecogió por lo inesperado. No era soez como esos exabruptos que a veces surgen de las obras, con la virulencia de adoquines, al paso de una hembra. Más bien, al contrario, se trataba de una frase delicada, ingeniosa, discreta que –según confesara Zenobia años después- “se deslizó blandamente por el aire con la levedad de un ladrillo de amapolas”.

Zenobia quedó clavada en el sitio, con su vestido de rayas, como una cebra olisqueando la sabana. Por unos segundos sintió que había llegado el galán tan esperado. Tentada estuvo de mirar hacia arriba, buscando el rostro del poseedor de voz tan melodiosa, amén de tierno aedo, y sonreírle, hablarle, darle alas. Sin embargo no lo hizo. Una sombra opaca cubrió la escena con negrura de eclipse. Sintió de pronto la ninfa que estaba asistiendo a un déjà-vu; la historia le sonó a conocida y el final le disgustó en extremo. Así que contestó un: “imbécil, en el desierto no hay palomas” y se fue tan fresca, sin mirar atrás.

lunes, 5 de mayo de 2008

VALENTÍN

Valentín estuvo en la guerra. Sirvió como artillero, con la decencia y el honor necesarios para el caso, aunque sin merecimientos tan extraordinarios que derivasen al aumentativo. Tampoco nunca se compusieron corridos en su nombre. Fue soldado a la fuerza, como ocurre casi siempre, y volvió de las trincheras con un frío en los huesos del que ya nunca consiguió zafarse.

Durmiendo sobre la nieve, bajo un cielo estrellado, soñaba con una novia morena de la infancia, en un tiempo en que ni por asomo se le hubiera ocurrido pensar que iba a estar en una guerra algún día. A veces, en su paseo onírico, se acercaba mucho al borde de las hondas esclusas del canal de Castilla y despertaba con el sobresalto que nos produce en las pesadillas caernos al vacío.

De regreso a la vida civil, encontró trabajo como guardafreno en un tren que se parecía mucho al de los Hermanos Marx, excepto en que no tenía ni pizca de gracia. Allí siguió soñando y pasando frío varias décadas. En los descansos, sacó tiempo para casarse y tener hijos. Le vivió uno, a quien contaba historias de la mili a veces, cuando paraba en casa. No eran grandes gestas, ni siquiera había enemigos muertos; sólo cosas como las estrellas que lleva el brigada en la bocamanga o la olla aquella que compartía con un gallego. Al hijo le chocaba lo poco que tenía que ver aquello con los tebeos de Hazañas Bélicas que leía con fruicción.

Solemos encontrar representado a Valentín con una cesta al hombro, a lomos de un puente de hechura romana. La cesta va revestida de hule negro y contiene misteriosos arcanos que no estamos en disposición de revelar. El puente, de grandes sillares, simboliza lo que todos los puentes.

domingo, 6 de abril de 2008

HERMELINDA

En el pueblo no había nadie que supiera de Hermes Trimegisto, ni tampoco de ninguna Linda, dejando aparte la perrita del guarda de la estación. Nadie había alabado nunca el misterio de su mirada ni la belleza de sus rasgos hasta que él llegó. La verdad es que ni era sabia ni guapa, sino contrahecha y medio idiota. Así son las cosas y poco ganaríamos con adobar la realidad con los afeites de la mixtificación. Pero llegó él, como decimos, o sea Gaudioso Gaitán, un chiquilicuatro que presumía de escritor,
y se dedicó a camelarla con los halagos más gastados y los tópicos más burdos. Se fue un día con el pretexto de arreglar sus papeles y la promesa de un regreso definitivo, dejando atrás un hijo en camino y un rosario de historias inventadas.
Hermelinda, que hasta entonces disfrutaba de la placidez de los bóvidos hartos, sufrió intensamente la pérdida de aquella sensación que la abrigaba con el dulzor mórbido de un nube de algodón. Se dedicó a esperar a Gaudioso como una Madama Baterfly rural, con madreñas por sandalias geta y bata guateada por kimono.
Tiempo después se publicó una novela donde Hermelinda era protagonista principal. El autor era un tal Terencio Adilón y, en la foto de la solapa, se parecía a aquel Gaudioso que tantas bobadas contaba en el bar. Lo descubrió un vecino que frecuentaba el bibliobús. Hermelinda acrecentó su esperanza. Esperaba cada día el coche de línea con los ojos entornados y el pequeño Gaudioso agarrado a su falda. Un día llegó un periodista. Se había enterado de que allí vivía quien había inspirado al novelista aquella Nita, bella y delicada, dechado de aromas primigenios. Nada más bajar se vio zarandeado por una muchacha patizamba que le babeaba las solapas preguntándole por él. Le costó desasirse. En cuanto pudo, negoció con Marciano, el conductor, un billete de vuelta a la ciudad.

lunes, 31 de marzo de 2008

VENANCIO

A Venancio le hubiera gustado ser poeta, pero se quedó en obrero de la construcción. Procedente de cuna humilde, se crió bajo la férula de un padre cuya lema sagrado era: “hay que trabajar si se quiere comer”. Y cuando hablaba de trabajar, no hablaba precisamente de estar sentado en un despacho y menos recitando versos en casas de cultura, ocupaciones –según su recio entender- de vagos y de maricones, respectivamente y con posible aplicación de la propiedad conmutativa. Trabajar era “doblar el espinazo”, como correspondía a cualquier hombre de bien. Así que Venancio se tragó desde niño unos versos que –a poco que se descuidaba- le salían por las costuras del alma. Aprendió a cambio a hacer masa, a tirar la plomada y a manejar la llana. Mientras, en su interior, manaban sin parar torrentes de poemas, aún en contra de su voluntad. Así fue creciendo, ocultando en lo profundo unas inclinaciones que él mismo acabó por ver como nefandas.

Su ambiente era de obreros y sus aficiones el fútbol y las motos. Ligaba en la discoteca del barrio con unas muchachas que se hubieran reído de él hasta la arcada si se le ocurre soltarlas un “bella ninfa de ojos de paloma”, así que las hablaba de bujías y de pistones; y adobaba de vez en cuando la charla con una palmada en las ancas. Sin embargo –he ahí el misterio del corazón humano-, por dentro seguía rezumando versos con la constancia y la mansedumbre con que baña las rocas el rocío.

Hizo el servicio militar en África, donde fue víctima y ejecutor de toda clase de sevicias. Se convirtió en un duro legionario por fuera, pero seguía circulando por sus venas el almíbar delicado de los versos. Volvió de la mili y se casó con Cristeta, una matrona turgente y desabrida, con la que engendró a Néstor y a Pedro; dos puros machos que pronto dejaron los estudios y se integraron en el oficio paterno. Se convirtió en autónomo y prosperó. Pronto contrató obreros a su vez y los explotó con el ahínco que el mismo había sufrido. Llenó a Cristeta de pieles y de joyas de mal gusto. Vivieron felices.

Murió su padre. Los hijos se casaron. Poco a poco se convirtió en anciano. En su lecho de muerte, rodeado de los hijos y los nietos, se abrió de pronto la catarata de sus versos, como una imparable y urgente hemorragia de lirismo. Estuvo horas y horas recitando todos los poemas, bellísimos y únicos, que se habían ido fraguado en lo oscuro mientras sus manos ponían hileras de ladrillos. Desgraciadamente nadie los registró. Se perdieron en el viciado aire con olor a suero y a deposiciones. Todos pensaron que deliraba.

lunes, 24 de marzo de 2008

APTONIO

Aptonio siempre se había sentido escritor, pero los editores nunca le habían tomado muy en serio. Quizás fuese porque su producción no se adecuaba a las normas del mercado. Lo suyo eran las distancias cortas, el microcuento sorprendente, el pensamiento breve, el fogonazo urgente de un momento pasajero de lucidez. Cosas, en fin, más aptas para servir de relleno en los almanaques que para constituir un libro que arrasara en librerías. Por eso, aunque le pillara un poco a trasmano por la edad, la llegada de Internet supuso para él una nueva vía por donde dar salida a esa obra que tanto le pesaba en su interior.

Empezó pues Aptonio a diseñar un blog lleno de ahínco e ilusión, como hacía tiempo, cuando esperaba la llegada del cartero con la ansiada respuesta afirmativa del posible mecenas salvador. Al poco tiempo tenía ya disponibles sus breves textos, que iba colgado a diario en la red, como radiantes prendas de amor desplegadas al aire libre de la opinión ajena. Recibía algunas opiniones de lectores que renovaban su fe en si mismo y le impelían a seguir en el camino de pétalos y espinas que él mismo había elegido.

Todo iba bien hasta que detectó por casualidad el blog de un tal Aimonio. Fue mientras practicaba el vanidoso ejercicio de buscarse a sí mismo en Google. Por un cambalache con las teclas se encontró de improviso en un lugar que no era el suyo y vio algo que le dejó sin habla: su último post estaba copiado allí literalmente. Inmediatamente mandó al plagiario un mensaje envenenado, pero no obtuvo respuesta. Los días siguientes, colgaba nuevos textos y éstos aparecían de inmediato en la web de su rival. El asunto le desazonó de tal manera que decidió, aún con dolor, cambiar la ubicación, el título y el estilo, renunciando al trabajo ya encauzado. Creo un nuevo blog llamado “Confesiones”, bajo el seudónimo de Alor, y empezó a volcar hechos y sentimientos de su vida. Iba a ensayar así otra de las posibilidades del medio: servir de receptáculo de la intimidad, de conciencia virtual dejada al albur de millones de almas anónimas. Llevaba varias entregas, donde había hablado de sucesos remotos que sólo él conocía. Se había casi olvidado de su doble, hasta una noche en que le asaltó un morboso presentimiento. Tecleó el nombre del otro y pegó un respingo que casi da con sus huesos en el suelo. ¡No!, gritó sin poderse contener. Y es que allí estaban todas sus confidencias. No era posible. Se fijó y el día y la hora de creación coincidían exactamente. No se trataba de una copia. Probó a colgar un texto y mirar a la par el sitio del sosias y, demonios, allí estaba. Sin duda le espiaba en tiempo real. Dejó de escribir. De vez en cuando entraba donde el otro y no había nada. Pero un día lo hizo y quedó petrificado. Había un pensamiento que él había tenido la noche antes, tal cual como él lo había materializado en su interior. No podía ser; miró al ordenador con temor supersticioso, como si fuese un ser surgido de lo más hondo del infierno. La noche siguiente fue peor aún, pues Aimonio –demonio- había escrito sucesos fechados el día aún por llegar. Aptonio se durmió envuelto en sudor frío. Al otro día todo ocurrió tal cual había leído la víspera. Y así siguió la cosa en los días sucesivos…

Habría enloquecido Aptonio, o se habría convertido en un triste esclavo, de no haber tomado una sublime decisión: guardó el ordenador en lo más escondido del desván y comenzó a escribir una novela con papel y estilográfica. Trataba de un escritor maduro que se estrena en el mundo virtual. Y, cuentan algunos, que supuso su consagración tantos años anhelada.

domingo, 23 de marzo de 2008

MARTIRIO

Martirio lo estaba viendo venir. Ella conocía bien a Jenaro y sabía que los aires de grandeza le excitaban hasta la exacerbación. Era como si alguna glándula en su interior empezase a segregar una hormona que le pusiera totalmente fuera de control.

Por eso sabía cómo iba a acabar aquello en cuanto vio a aquel lechuguino engreído tratarle con desprecio y afectación hasta la nausea. Jenaro aguantó lo que pudo a aquel nuevo vecino impertinente. Quiso ser amable, eso no se puede dudar a tenor de lo mostrado por los hechos. Su parte afectuosa y sensible trató de ganarse la amistad del otro. Pero no funcionó. El visitante le lanzaba a la cara sin cesar su superior educación, sus conocimientos sobre vinos y alta cocina, su exquisitez en suma de señorito despreciable.

Martirio intentó avisar a la futura victima. Trató de ponerle sobre aviso con pequeños detalles. Pero llevaba demasiados años enterrada en la bodega y su espíritu estaba ya casi diluido del todo en el éter.

FORTUNATO

Si Fortunato hubiera leído a Poe no se encontraría hoy como se encuentra. A veces se puede burlar al destino, por muy inscrito que éste esté en las palmas de las manos. Basta ser precavido y saber leer los vestigios que los dioses se avienen a dejarnos.
Fortunato nunca fue aficionado a la lectura. Y eso, a pesar de haber estado casado con Petronila, que almacenaba libros en todas las habitaciones, incluido el baño y las despensas. Es casi seguro que se hallara entre ellos algún ejemplar –si no varios- de las Narraciones extraordinarias. Esa fue la oportunidad que los hados dieron a Fortunato, pero él no supo verla, quizás estragado su ánimo ante lo excesivo de la oferta. La cosa acabó en divorcio, precisamente por la aversión de nuestro desafortunado amigo a la masiva presencia de papel impreso. Fue entonces cuando se compró una vieja casa en las afueras, donde poder dedicarse a los frutales y la jardinería, que eran sus pasiones, junto a la enología y los moderados placeres de la mesa.

Allí conoció a Jenaro, su vecino más próximo en aquel páramo, un hombre enjuto y malencarado tan solitario como el propio Fortunato. La necesitad hizo que entablaran una discreta relación amistosa. Pero pronto, el difícil carácter de Jenaro hizo a Fortunato retroceder y refugiarse en sus perales y en alguna película de acción para las noches de invierno.

Llevaban meses sin visitarse cuando llegó Jenaro, esta misma mañana, con aquello de las botellas de amontillado. Fortunato, que se tenía por experto no pudo por menos que ofrecerse a darle su opinión. Nunca hubiera bajado a la bodega de haber leído a Poe, desde luego. Y tampoco estaría ahora viendo a Jenaro colocar el último ladrillo, dejándole sumido en la más negra y definitiva de las soledades.

TEODORO

Cuando a Teo le dijeron que tenía rota la línea de la Vida se lo tomó a broma. Teodoro no era nada dado a creer en agüeros. Más bien, podría decirse que tenía a gala esgrimir un afilado escepticismo. Sin embargo, unos días después, al volver del trabajo, encontró un mensaje en la mesa de la cocina que le hizo cambiar de idea. Era de Odette y terminaba diciendo: “No me busques”. Entonces se acordó de Sira, la quiromante, y de los cambios profundos y traumáticos que le había augurado para un futuro próximo.

Odette era su pareja desde hacía más de una década, cuando se conocieron en aquel curso de extranjeros. Era rubia y vital y le gustaba hacer chistes cariñosos con el nombre de él. Teo la adoraba de verdad. Era su talismán y su sostén. Se lo contaba a Servando mientras éste abrillantaba con mimo el capó de su Mercedes. Lo bueno de Servando era que escuchaba sin interrumpir y sin muestra alguna de impaciencia. Teo dudaba a veces de si realmente le atendía o si eran sus peroratas sólo un ruido de fondo paras sus propias obsesiones. En realidad era una de esas extrañas relaciones de solitarios en que cada uno mira para su ombligo.

Teodoro empezó a obsesionarse con su línea de la Vida. “Si no lo arreglo, todo se ira al cuerno para siempre”, pensaba, y se decidió a poner pronto remedio. Acudió a un centro de cirugía especializado en variar las líneas de la mano. Allí le hablaron de tender un puente hacia el futuro a través de la ciencia. Al cabo de unas horas tenía ambas manos vendadas y la fe puesta en aquellos surcos recién trazados, bien largos y profundos. Estaba feliz y esperanzado, como corresponde a todo buen neófito.

martes, 11 de marzo de 2008

SERVANDO

Servando se ha levantado pronto esta mañana. Ha bajado al garaje, como todos los días desde hace mucho tiempo. Ha pasado un paño húmedo por las aletas delanteras de su Mercedes blanco. Lo ha hecho con mimo, con la morosidad de quien atiende a un familiar convaleciente. Se ha quedado un momento mirándole desde la puerta y luego ha subido a desayunar.

Frente a su tazón de café con leche y pan ha pasado revista a su vida. Lo hace cada día, eligiendo una época distinta. Hoy ha empezado rememorado su primer viaje a Stuttgart, siendo un joven pueblerino lleno de ganas de medrar. Aún recuerda a Wendel, su primer jefe, como si lo estuviera viendo, con su mono relimpio y su mostacho rubio. También a Donato, a Ladislao, a Lupercio, jóvenes emigrantes como él mismo, aprendices de mecánica en aquella ciudad de provisión en que todo iba “sobre ruedas”.

Moja el chusco Servando y le viene a la mente su primer llavero. Aún era un sueño tener coche propio, pero para un mozo acostumbrado a cerrar las puertas con la tranca, un llavero era el anuncio promisorio de un mundo nuevo. La siguiente imagen es ya la de él mismo a bordo de Salomé. Un coche tan amado tenía que tener nombre y lo compró el año que Eurovisión se celebró en Madrid. El año de Salomé. El año en que él entró triunfal en su pueblo, a bordo de aquel monstruo de metal bruñido y reluciente. Para entonces ya tenía una docena de llaveros en su colección. Luego vino Isabel, aquel faro que le cambió la vida. Y Ana, su hija, cuyo recuerdo le enturbia ahora el mirar. Pero fue hace mucho tiempo. Hace ya años que todo aparece allá lejos, al fondo, entre la bruma.

Hace mucho que volvió. Él y sus entonces cientos de llaveros. Y Salomé, claro. Muchos miles de días ha dedicado Servando a limpiar y acicalar a su Mercedes. Desde entonces. Y, al mismo tiempo, a colocar llaveros en la pared del fondo, sobre un tablero germánicamente dividido en escaques perfectos. Empezó con el del modelo 600 Pullman, recién salido al mercado. Luego vino el 300 SL y detrás tantos otros de otras marcas, hasta acabar en los de la propaganda más vulgar y variopinta. Son muchos llaveros. Dos mil cuatrocientos noventa y nueve exactamente. Hoy le han regalado otro. Sólo queda un cuadrado libre, abajo a la derecha. Lo colocará más tarde. Aún tiene que dar cera por toda la agradecida superficie de Salomé. También lustrar como se merece la noble tapicería. Después de comer clavará la punta, exactamente en el cruce de las diagonales, y suspenderá de ella el último llavero. Luego ya sólo le quedará esperar.

miércoles, 27 de febrero de 2008

COLUMBINA

A Columbina se le podría aplicar, sin temor a exagerar, ese lugar común de la flor entre miasmas. Hija de de Modesto, un minero viudo cuya onomástica era a la vez declaración de estado e intenciones, ejercía de madre con sus siete hermanos menores: Asterio, Bertoldo, Cayo, Dasio, Hugo, Walfrido y Severino. Era solícita y amorosa con ellos y atendía las labores de la casa con tal dedicación que, a pesar de la humildad de sus enseres, refulgía como la mejor de las mansiones. Sus ojos azules dominaban un rostro sereno y sus labios rojos servían de frutal contrapunto a aquella nívea sinfonía. Pero su mayor mérito consistía en mantener la casa y su persona libre de mácula, en un entorno brutalmente invadido de negrura. Al llegar el padre y los hermanos mayores de la mina, Columbina los hacía entrar en un galpón anejo a la vivienda y allí les preparaba un baño con el agua que previamente había calentado en la lumbre. De ese modo preservaba el hogar de la suciedad del exterior.

Columbina era feliz a su manera, volcada en sus labores y recibiendo el cariño de los suyos. Sin embargo, su corazón sufría en secreto. Una mañana se había topado con Víctor en el soto y sus miradas se habían cruzado. Víctor era hijo de don Mauro, el dueño de la mina. Era estirado y engreído y se le atribuían numerosos romances con señoritas finas y no pocos lances de fornicio con campesinas y chicas de servir. Columbina no se hacía ilusiones, pero eso no impedía que pensara a menudo en el momento en que lo vio surgir, con la escopeta al hombro y tan marcial, tras haberse aliviado al abrigo de un arbusto.

Lo suyo sería que la vida de la moza hubiese acabado en un casamiento sin glamour, con algún minero o labrador de los contornos. Eso, o bien la soltería perpetua o el convento. Pero, a veces, surge la magia y todo lo trastorna. Ocurrió que Víctor volvía un día cansado de cazar y pasó por delante cuando la niña estaba preparando el baño de los suyos. Un vaso de agua fresca hizo el milagro. Quizás fueron los hados o la luna o, tal vez, que el señorito estaba hastiado y vio la luz tras las trasparentes pupilas de la virgen. El caso es que se celebraron esponsales, hubo festejos y un largo viaje de placer. A la vuelta, el matrimonio se instaló en un palacete, en la ciudad.

Modesto y los siete quedaron a la deriva de su suerte. Privados de su ángel, no supieron capear el temporal con éxito. Pronto modesto fue despedido por abusar de la bebida. De los hijos, los mayores devinieron maleantes y tahúres; los más chicos acabaron en la inclusa. Colombina les mandó al principio alguna carta. Luego no tuvo ya tiempo de pensar. Tenía que elegir cortinas, organizar cenas, recibir visitas y acudir los jueves a las reuniones de beneficencia. Nunca pensó que resultase tan agotador ser una dama distinguida.

martes, 26 de febrero de 2008

LUCIO

Lucio siempre se sintió, según él mismo gustaba de decir, un “hombre de negocios”. A pesar de su baja cuna, siempre se apañó para vivir holgadamente gracias a su ingenio y sus dotes de chamarilero. De niño se arreglaba para conseguir los cromos del chocolate que nadie tenía y canjearlos por los tirachinas de más alcance o las canicas de colores más vivos. De mozo organizaba rifas en las ferias, con una cafetera italiana que nunca tocaba. En la mili consiguió un puesto de furriel que, amén de propiciarle llenar la andorga con largueza, le permitía revender algunos chuscos con los que cubría los gastos de tabaco y las visitas esporádicas a Genara, una meretriz de las de bidet y agua caliente.

Al regreso del servicio se casó y practicó varios oficios de trueque y compraventa. Se dedicó también a ablandar morosos gracias a sus dotes de seducción y a una corpulencia que reforzaba el poder de convicción de sus palabras. Consiguió un puesto de prensa que ocupaba la mitad de un portal e instaló allí a su esposa, que fue criando a la prole entre El Caso y los frescolines a granel. Mientras, él paseaba por las calles con el sombrero ladeado y su pañuelo en el bolsillo alto bien planchado, con la excusa de “buscar nuevos mercados”. Fiel a su imagen, se aficionó a fumar rubio de exportación en boquilla de nácar y se buscó una amante fija de buen ver, que llevaba a veces a tomar café a casa, con la excusa de ser “amiga de la familia”.

Tuvo dos hembras, que llamó Marta y María por parecerle nombres que convenían a una mujer honrada. A su primer hijo le puso Máximo porque pensó que para un varón es mejor empezar pisando fuerte. El vástago, tan deseado, le supuso a la postre un desencanto, pues era dado a un escapismo mental que él, como buen materialista, despreciaba. Amaba la lectura y la contemplación y se perecía por vivir aventuras de novela. Siendo muchacho se escapó un buen día con los del Circo Ruso. Para Lucio fue casi un alivio, pues no hacía vida de él. Las chicas, en cambio, casaron con hombres apañados y formales que le ayudaron a acrecentar la hacienda. Pasados unos años llegó el rumor de que Máximo se había matado al caerse del alambre, lejos de allí, en alguno de los mil pueblos de la estepa.

sábado, 23 de febrero de 2008

MÁXIMO

Máximo iba para quiosquero, pero su verdadera vocación era el circo. Se dio cuenta un día, mientras veía como pegaban carteles en la tapia de enfrente, emboscado entre torres inmensas de novelas baratas. Contraviniendo las órdenes de su padre y patrón, dejó el negocio en manos de Aquilino, un pobre de espíritu de la vecindad, y bajó hasta el paseo del río, donde habían instalado la remendada carpa. Sin dudarlo, comenzó a dar volteretas y a realizar ejercicios de equilibrio sobra la propia valla, hasta que llamó la atención de Desiderio, un hombre colérico y tristón que ejercía de payaso. A punto estaba de echarlo con violencia de allí, cuando llegó Renato. Le había visto desde la altura de su alambre y había quedado impresionado por el arrojo y el tesón del muchacho. Se presentó ante el dueño y, valiéndose de la preeminencia que le daba su popularidad, exigió que lo contratara.

Ni Lucio ni Pelagia, padres del mancebo, volvieron a saber nada de él. Tampoco lo buscaron demasiado, toda vez que Aquilino resultó ser un empleado probo y entregado que además era feliz tras el mostrador. Máximo pasó a atender al artista del alambre en todas sus necesidades. Tensaba los cables, cuidaba los trajes y hasta se ocupaba de contar los pasos que éste daba hacia la muerte, impostando la voz de modo que resultara grave y cavernosa. Juntos recorrieron Europa hasta los Urales, montando la carpa en ciudades que a veces ni estaban en los mapas. Con el tiempo aprendió el difícil arte de vencer la gravedad y se hizo con el beneplácito del público. Ello provocó los celos artísticos del figura, que renuente a aceptar compartir protagonismo se fue por los caminos polvorientos con unos cuantos fieles, como un Cid vencido y desterrado. Plantó los postes en las eras de los pueblos y en los solares apartados de las ciudades, subió a veces con hambre a los alambres, padeció soledades y acabó descendiendo brutalmente al duro suelo y de ahí a los infiernos.

La noticia le llegó a Máximo en Riga. Por entonces compartía carromato y destino con Rosina, la mujer barbuda. Era una chica delicada y dulce, de una rara belleza interior que el joven funámbulo había sabido descubrir. Ambos estaban un poco hartos de la vida errante. Anhelaban despertarse juntos en una cama anclada a suelo firme, asomarse a una ventana donde no cambiase cada día el paisaje de fondo, tener una ciudad, un barrio unos vecinos. La muerte de Renato fue como el aldabón que inclinó la balanza. Allí mismo alquilaron un piso. Con los ahorros de ambos cogieron el traspaso de un quiosco, a orillas del Daugava. Les fue bien. Por el verano solían ir con sus hijos a ver las actuaciones de los titiriteros.

domingo, 17 de febrero de 2008

JULIÁN

Julián siempre fue muy suyo. De niño pintaba una raya de tiza en el pupitre y exigía a Lucas, su atribulado compañero, que no la traspasase bajo pena de pinchazo con la aguja del compás. Podía haberle dado por el francés, aunque sólo fuese por existir un personaje con su nombre en los “Trois contes” de Flaubert, pero no fue el caso. Más bien tiró por la cosa del cheli de barrio y la barra americana. A la edad reglamentaria fue llamado al servicio de las armas. Le tocó servir en un blindado. Uno de aquellos mastodontes de hierro que decían que habían sobrado de Corea. Le gustaba asomar por la torreta, con la gorra negra de tanquista ladeada sobre su jeta descarada de tanguista. Fardaba entre el mujerío en cuanto le daban cuartelillo y podía salir a darse un voltio por el pueblo cercano. Pronto se cansó de largar rollo sin conseguir rematar la faena, así que se aficionó al Ciclón, un puticlub de luces variopintas y mujeres que no decían que no a un billete verde. “No está uno para perder el tiempo”, solía decir Julián, parafraseando sin saberlo a las mozas casaderas de su pueblo. El caso fue –aún se habla de él en los bares de aquellos contornos- que un día no encontró trasporte para acercarse a su lugar de devoción y, sin pensarlo dos veces, se llevó un blindado del cuartel. Aquello fue la bomba. Camareros, macarras y pupilas salieron en tropel al oír el estrépito. Bebió y fornicó hasta el amanecer y fue sacado en hombros cuando cerraron para barrer y dar un descanso a la herramienta. Lo malo fue que no pudo hacer despertar al monstruo jurásico de su letargo y tuvo que venir la policía militar con un mecánico. La broma le supuso año y medio de condena en un castillo. Hubiera desesperado hasta la demencia si no es porque descubrió la biblioteca del penal. Allí, fiel a su afán de aprovechar la vida, se aficionó al estudio de los ingenios bélicos hasta el punto de lograr perfeccionar el mecanismo de las minas antipersona. Recibió por ello el perdón y el beneplácito de sus superiores, orgullosos de verle convertido en un hombre de provecho. Hubiera sido una celebridad en lo tocante al bello arte de matar, pero su natural salvaje le llevó a traspasar otra vez la línea y acabar de muy mala manera.

domingo, 10 de febrero de 2008

BALDUINO

Balduino y Solina se conocían desde la escuela. Fueron ese tipo de novios eternos que todo el mundo ve predestinados a celebrar juntos las bodas de oro. Serios y formales, se mantuvieron castos mientras se labraban un futuro que todos auguraban espléndido. Estudiaron sendas carreras y paseaban del brazo por los parques, cuando las obligaciones académicas y la meteorología lo permitían. En invierno preferían el calor uterino de los cines de arte y ensayo, donde se arrullaban con comedimiento, mientras asistían a los paseos de otros por las amplias avenidas de Mariembad. A la salida se tomaban unos churros y se iban a estudiar cálculo integral por separado, para evitar las tentaciones.
Pasó el tiempo y se licenciaron. Poco después, sus brillantes expedientes propiciaron que contrataran a ambos en una firma japonesa de nueva implantación. Pudo por fin cumplirse su destino y se casaron con todo el boato que la ocasión se merecía. La noche de bodas fue regular, porque a Balduino, siempre morigerado, le afectó demasiado el champán. Pero pronto se instalaron en la velocidad de crucero de una sensualidad legal y saludable. Enseguida empezaron a perseguir el advenimiento de un querubín que materializase su amor. Noche tras noche se empleaban con extrema dedicación a los trabajos amatorios, pero el éxito se hacía el remolón. Pasaban los meses y sus familias estaban ya impacientes.
Un día apareció Solina en casa con un curioso aparatito de bolsillo. Tenía una pantalla y unas luces, al estilo de un mp3 o una grabadora digital. “Es un medidor de predisposición a la fertilidad –explicó Solina a un perplejo Balduino-. Basta con poner un poco de saliva aquí”. Así lo hizo y se pusieron inmediatamente a la tarea, pues la luz roja indicó de inmediato un “momento propicio de nivel 10” que no era cuestión desperdiciar. Desde ese día se dedicaron a la procreación con ardor renovado. Sin embargo, pasaron los meses sin cambios. Por fin, a punto de deshacerse del aparato y desistir, tuvo Solina las primeras faltas. Fue muy celebrado. Llegó por fin el gran momento. El niño nació con los ojos rasgados, lo que atribuyó la bisoña madre al origen de la tecnología auxiliar empleada para la concepción. Le pusieron Juan, como el padrino, un japonés convertido a la fe del Bautista.

martes, 5 de febrero de 2008

BELTRÁN

Lo mismo que Schlieman, Beltrán sintió desde muy joven la llamada del ideal. Su Tesoro de Príamo era encontrar una doncella rubia, bella y discreta con quien matrimoniar y criar los hijos que el Altísimo tuviera a bien mandar. Ninguna satisfizo sus expectativas de cuantas encontró en bailes, bodas y verbenas durante su adolescencia y primera juventud. Algunas eran bellas pero sandias; otras, de razón despierta, incumplían en cuanto a la armonía de sus hechuras y las pocas que pasaban el examen, resultaron ser rubias sólo de apariencia.
Desesperaba ya cuando conoció a Margarita en la facultad. “Sin duda será mi Beatrice”, exclamó en su interior arrebatado, en cuanto la vio, nimbada por el resol de la ventana, en clase de Penal. Desde entonces se dedicó con ahínco a los estudios, con vistas a instalarse y poder llevar a cabo su sueño cuanto antes. Fue cultivando mientras la amistad de la diosa y constatando poco a poco su absoluta idoneidad, pero nunca pretendió su amor. Todo debía ocurrir según su sueño, tan acariciado desde niño.
Pronto se licenció con honores. Hijo de familia notable no tuvo dificultades para instalara un bufete exitoso. Pronto pudo comprarse un piso señorial que amuebló hasta el último detalle, incluida la habitación de los niños, juguetes incluidos. Por fin llegó el gran día. Era octubre y había dejado de ver a Margarita desde junio, preparando sus vacaciones en Ibiza. La llamó y estuvo dispuesta, como siempre, aunque le advirtió de una sorpresa. Compró un anillo de zafiros y se puso su mejor corbata. Cuando llegó a la cita no la vio. En la mesa en que solían sentarse estaba un joven con aspecto de hippie. “Hola, me llamo Martiniano”, le dijo con su sonrisa inconfundible. Y lo peor de todo es que se había teñido de moreno.

domingo, 3 de febrero de 2008

SABINO

Que don Sabino era maestro es ya sabido por el lector. Maestro de Primeras Letras era su título, con asignación dineraria soportada por el propio municipio, amén de leña para la estufa, proveniente del cercano encinal. El nombre de Severo, su padrino, quizás le hubiera ido mejor, si atendemos a sus métodos pedagógicos basados en la tralla y en la estaca. Se quedó, no obstante, en discreto segundo lugar. De Leonardo, su tercer apelativo, recibió una cierta capacidad de observación que él se ocupó de malgastar a conciencia.
A don Sabino se le metió en el magín que el pueblo que le había tocado en suerte tenía una idiosincrasia muy particular. Empezó a recoger indicios que confirmaran su tesis y demostraran al mundo que Villaperas de la Puebla era el asentamiento de una población cuyas raíces se perdían en la noche de los tiempos. “De curtidos cazadores nómadas de lanza y porra –peroraba el prócer-, pasaron a convertirse los Villaperanos ya desde el Neolítico en trasunto de lo que son. Las trazas del poblado primitivo aún coinciden, casi exactamente, con el discurrir actual de las calles. Y, qué me dicen –empleaba un usted enfático, a menudo, en el trato con los alumnos- de los rasgos fisiognómicos que nos distinguen: esas cejas pobladas, esas orejas de soplillo y, sobre todo, esos pelos en la nariz que nos hacen –se incluía él, de rondón- tan peculiares”. Y, llegado a ese punto, don Sabino iniciaba el recorrido por los singulares rasgos de carácter, la forma tan peculiar de tallar la cabeza de los bolos y –sobre todo- la manera tan propia de arrear al ganado con un “quiáaa” gutural de resonancias inconfundibles.
A todo esto asistía la niña Fortunata, absorta en pensamientos de un más allá brumoso, mientras ahogaba un piojo en su tintero. Aún no sabía de su vida postrera, de su destino de santa laica sometida a las sevicias de los buenos.

jueves, 31 de enero de 2008

FORTUNATA

La Fortu pedalea reciamente por la cuesta. Todavía es una hembra de poderosas ancas y voluntad férrea, a pesar de todo lo pasado. No se la podría llamar afortunada. Sin embargo se sintió así por unos meses, acorde con el significado de su nombre. Hace ya años. Le viene ahora un delgado ramalazo de dicha, como un hilo de humo que confluye con el hedor de las sardinas que transporta en una caja cubierta con helechos. Se recuerda a sí misma con Bernardo del brazo aquel verano; la frente alta, sintiendo a sus espaldas las miradas. Eran tiempos difíciles. Tiempos en que los de abajo quisieron romper amarras y mirar a los ojos, dejar de estrujar la boina entre las manos entonando el “sí señor”. Eso no se perdona. Menos aún por los iguales, los que siguieron exprimiendo la boina entre las manos. “A cada cerdo le llega su San Martín”, pensaban quienes entonces la veían pasar, con aquel obrerucho metido a mandamás. “Y le llegó”, piensa ahora Fortunata, mientras divisa ya el pueblo allá arriba y nota el sudor corriendo entre los pechos.

martes, 29 de enero de 2008

ANTONINO

Antonino era hijo del cuerpo, eso para empezar. Cuando decimos cuerpo, debe obviar el avisado lector que nos estemos refiriendo al de su abnegada y santa madre, viuda por otra parte de ese mismo Cuerpo; pongámoslo así, con mayúscula, aún a riesgo de equívocas concomitancias con el Resucitado, a fin de recalcar que no hablamos de una colonia de células organizadas en base a los principios de especialización y solidaridad. Nos referimos –dicho sea de una buena vez- al Cuerpo de Ferroviarios.
Antonino creció junto a la vía, donde su madre bajaba y subía una barrera pintada a rayas, una y otra vez, como si de una sentencia se tratase. Agitaba un banderín y se ponía una gorra, eso sí, pero no dejaba de ser tedioso. Así es que un día cogieron el burro y se fueron a Madrid. Entonces todavía se iba en burro a Madrid, a pesar de que se supone que tendrían derecho a viajar gratis en tren. En ese punto la documentación no aclara nada.
El caso es que Antonino, en Madrid, pasó más bien las de Caín, por la cosa de ser paleto y un poco inocentón. Luego se hace amigo de un maestro algo rojillo y de un niño Jesús…
“¿De un niño Jesús?, mira, tú me tomas el pelo”, dice airada la tía Celedonia, llegado ese punto de la historia. Hay que decir que la tía Celedonia está impedida y yo le cuento películas para entretenerla. Las pocas pelis que veo en el cine del barrio algún domingo que me dejan. “Niño –me dice-, a ver si ves películas con más fundamento. El otro día me cuentas aquella tan tristona de un tío a quien le quieren quitar la camioneta en Navidad y hoy me vienes con ésta. Un niño Jesús… ¿Desde cuándo hacen amigos las figuras de escayola?”. Y es que así de cartesiana y positivista era mi tía; todavía la recuerdo, sentada en su sillón de mimbre cerca del brasero, con aquella bata de guata y aquel bigote…

sábado, 26 de enero de 2008

MAXIMILIANO

Dice una canción que “a quien nace pa martillo, del cielo le caen los clavos”. Cualquiera diría que el compositor estaba pensando en Maxi cuando la escribió. A Maxi le pusieron Maximiliano porque a su padre, Salvino –un zapatero iletrado y soñador- le sonaba a personaje histórico rumboso. “Por lo menos Emperador”, repetía el día del bautizo, un poco achispado el buen hombre por la mistela. Pero, Maxi pronto empezó a dar muestras de no encontrarse a gusto en la horma de los augustos sueños de su progenitor. Desde muy niño se empleó con singular denuedo en las labores propias de los infantes más desaprensivos, como romper farolas, quemar pajares y pintarrajear fachadas. Nada pudieron los castigos, tanto de su padre como de don Opión, el sufrido maestro. Muy al contrario, los encierros y palmetazos, lejos de aplacarle, hacían surgir en él nuevas estrategias para retar a la autoridad. Llegó a mear el sillín de la bici de Pántulo, el cabo del cuartelillo local, después de haberle comido el bocadillo de tortilla que celosamente guardaba debajo. Ante tales desmanes, no hubo más remedio que ingresarlo en un correccional, donde acabó doctorándose en la disciplina del crimen. Maxi fue el creador de la famosa banda de los HDL (Hijos de Lucifer) que llenaron el mercado de gordísimas novelas sobre cálices legendarios, sudarios mágicos y otras especies que adocenaron a varias generaciones de lectores. Perseguido por el fisco, huyó allende los mares. Acabo tiroteado junto a una tapia, como no podía ser menos.

jueves, 24 de enero de 2008

CLEOPATRA

La Patro siempre fue un poco fantasiosa, sí señor. De niña se quería ir de misionera al Congo; que menos mal que no, porque ya ve usted la que se armó, que lo mismo le habían comido los hígados en aquel sindiós. Luego empezó con las novelitas románticas, ésas de chicos de buena familia que se llaman Víctor-Alejandro o Miguel-Enrique y se acaban casando con chicas del servicio, pobres y hacendosas, después de unas cuantas peripecias. Patro se encerraba en su cuarto y dale que te dale, todo el tiempo que no estaba estudiando corte y confección que, eso sí, se le daba muy bien, hay que ser justos.
Luego iba al baile los domingos y, claro, se encontraba a Quirino, el chófer, a Fermín, el pocero, a Ginés… Ya sabe, a los de siempre, los de por aquí, y a la chica se le iba el pensamiento a los otros, los de papel, con su carrera y sus modales de marqueses. Así que acabó por dejar el baile por el cine. Iba con Eusebia y con Plácida, usted las conoce. Venían contentas, comentando las trazas del galán de turno. Era como en las novelas, pero mejor, porque tenían cara y voz y se movían.
El año pasado apareció el nuevo secretario de don Nicasio, ese tal Jaime que tenía bigote a lo Clark Gable. Jaime el Conquistador, le decía yo en broma, para hacerla rabiar. Estuvieron tonteando, él era de fuera y ya se sabe… Entiendo que Patro se disgustara, pero hasta el punto de venir con esas culebras en un tarro… Menos mal que las vi, porque quería… Dios mío, cada vez que lo pienso. Y todo por culpa del technicolor.