viernes, 28 de diciembre de 2007

REBECA

Albina, ya de joven, decía que ansiaba llegar a ser anciana para pasear por el sol con su chaquetina por los hombros, sin nada más que hacer. Apenas iba al baile y no andaba mucho con las demás mozas, sino que pasaba el día cosiendo y pensando, frente a la ventana. Cuando sus padres murieron, los hermanos se habían ido ya hacia tiempo, con lo que se encontró sola en la casa. Quizás eso la impeliera a casarse. Eligió a un viudo aún joven que venía por el pueblo a vender telas y se fueron a vivir a la ciudad. Lino, el viudo, vivía en una casa de renta antigua, techos altos y muchas habitaciones interiores. Habría sido feliz, asomada a la ventana, viendo pasar la gente por la calle mayor, si no hubiera sido por lo del fantasma.

CÁNDIDO

Cándido se lo creía todo. Cuando de niño le dijeron “no se dicen mentiras”, lo tomó al pie de la letra. Era incapaz de decir que su papá no estaba, cuando le llamaban inoportunamente por teléfono, lo que le acarreó reprimendas que no entendía. Con la edad madura el problema no remitió, sino al contrario. No podía decir a un mendigo “no llevo suelto” y tampoco “no me gusta mucho” al comerciante que le ofrecía un traje elegante pero carísimo. A los amigos les decía siempre la verdad, por dura que fuese, por lo que fue quedándose irremediablemente sólo. Sobre todo a raíz de espetarle a Víctor, su mejor amigo, que su primer novela era una retahíla de tópicos mal engarzados. Se refugió en casa a ver la tele y esa fue su ruina definitiva.

MATEO

Interior noche. Un compartimento de ferrocarril; en la pared anuncios de Calisay y Goya con filtro. Sentados están una señorita bella y atildada, un sacerdote de mediana edad con clerimán, un muchachito de pantalón corto y Mateo. De repente se apagan las luces y suena un grito. Se hace la luz y la señorita llama al revisor, toda sofocada ¿Quién ha sido?. “Desde luego Mateo no gana para sustos”, comenta Bernarda desgranando guisantes frente al televisor. Lo dice como si fuera un conocido o un vecino. Mientras, mi tío Isacio se rasca la oreja con un mondadientes mientras mira sin ver una de las muchas telarañas del techo.

AGAPITO

Los seres humanos estamos sujetos al gobierno de extraños designios que moldean nuestra alma y condicionan nuestro porvenir. Digo extraños pensando en Agapito, mi compañero de parvulario. La cosa ya empezó con el “Agapito tenía un gatito y le tiraba del rabito” que venía en el libro de lectura, que imagínense el cachondeo. Pero es que además el Nuevo Catón, tenía en la portada un niño de mofletes sonrosados, flequillo repeinado y sonrisa perpetua que vestía un chaleco de punto encarnado. La cosa no habría tenido importancia si no fuese por los laboriosos afanes de doña Cándida, la tía abuela de mi amigo. En cuestión de días teníamos a mi Agapito, disfrazado de Catón-niño, con corbatina de gomas incluida. Con esa facha y lo del rabito del gatito, ya se imaginan el calvario que fue su infancia. Luego se fue del barrio y perdí su pista, pero hete aquí que me lo encuentro ayer en la cola de la oficina del Catastro. Me dijo que estaba de misionero en el Nepal, desde hacia años, que había vuelto para arreglar unas cosas de la herencia. Lo encontré igual que siempre, sólo que el color del chaleco había virado al azafrán.

JENARO

A Jenaro le gustaban las mujeres de la vida. Hijo de buena familia, desde muy joven se aficionó a visitar burdeles de todo tipo, desde los selectos propios de su clase a los más abyectos tugurios de barrio portuario. Liberado, como rico heredero, de preocupaciones crematísticas, pudo dedicar su vida a viajar por el mundo, trabando conocimiento con las más famosas cortesanas del momento. Su firme vocación hizo que renunciara a la tranquilidad de un matrimonio que hubiera limitado su ejercicio. Tuvo hijos con las más bellas meretrices y escribió una Guía de casas de lenocinio que llegó a alcanzar gran notoriedad, aunque hoy resulta inencontrable. Sus huellas se pierden en su tercer viaje a Extremo Oriente.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

SOFÍA

Hija de Desiderio e Irene, fue concebida en un hotel para turistas cercano a la basílica de Constantinopla. Haciendo honor a su nombre, fue una niña sabia que maravillaba a las gentes con su desparpajo y conocimientos. Con el tiempo se exacerbó su afán de tal modo que despertó cierto rechazo en el entorno cercano, fruto quizás del atrevimiento que da la ignorancia. Tachada de resabida tuvo ciertas dificultades en sus relaciones personales. Casó con un tal Vicente, con quien compartía incomprensiones.

NARCISO

El día en que Narciso entró por primera vez en el Laberinto Oriental supo que aquello era su paraíso perdido y encontrado. Entonces ya le habían diagnosticado una egoiconografitis que le obligaba a mirarse continuamente en los espejos para mitigar su miedo cerval a olvidarse de las propias facciones. Le hubiera gustado quedarse allí para siempre, pero tuvo que conformarse con los cinco días que la atracción estuvo en la ciudad. Siguió viviendo en angustia y soledad, mirando su reflejo en los escaparates, en los azulejos, en los tiradores bruñidos de las puertas. A veces sacaba del bolsillo un espejito, pero eso le avergonzaba y aumentaba su desasosiego. Acabó dejando los estudios y buscando trabajo en una peluquería. Tenía que hacer verdaderos esfuerzos para dejar de mirarse en el espejo y concentrarse mínimamente en el cliente.
Un día apareció por allí Adriana. La vio entrar mirándose en la tapa de su estuche-polvera. En cuanto se sentó, sus miradas coincidieron en el espejo y lo supieron todo uno del otro.

martes, 25 de diciembre de 2007

CORNELIO

Quiso Dios que Cornelio se casase con una mujer galana y de muy buen carácter. Como había de ser, engendraron dos hijas tan bellas y dispuestas como la madre. Pasó el tiempo y la prole fue creciendo, tanto en estatura, como en gracia y donaire.
Cornelio era ambulante de correos y apenas disfrutaba de descansos. Un día llegó a casa de improviso y se encontró a don Cipriano, el boticario, tomando café. No le extrañó mucho, pues era vecino y había un trato cordial. Sí que le inquietó encontrar en días sucesivos a Rogelio el casero, Abundio el de la tienda y Nines el del carbón. Su mujer le explicó que se aburrían en su ausencia, que se habían cansado ya de la brisca y les hacía falta alguien para completar un tute por parejas.
Quedó Cornelio tranquilo y no hubo más.

DOLORES

“¿Do-lo-gues, egues tú de vegdá Dologues?” y me mirabas estupefacto, con tu mochila al hombro y tu cayado de señorito perdido en tierra extraña. “Sí, yo soy Dolores, ¿qué pasa?”, te contesté riendo, mientras echaba hacia atrás una mecha de mi melena al estilo de Rocío Dúrcal en el cine. Tú me seguías mirando, apoyado en el pretil del puente, a la vez que oteabas el entorno del pueblo con curiosidad de etnógrafo. “Dologues...” seguías musitando mientras me recorrías con la mirada. “En el instituto me llaman Lola”, te dije por fin, ya un poco molesta. “Ah, Lo-li-ta” y se te iluminó la cara, como si al fin hubieras hallado la solución a un obtuso enigma. Yo, en cambio no entendía nada. Nada de nada, aún.

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Salta era bajita, fea y un tanto atolondrada. Una bartola decían en su casa. Con ese plantel no le quedaba otra sino darle cuerda a la gramola los domingos. Su suerte cambió el día que apareció en el baile Esteban. Había venido con los de la luz, a tender los cables de la nueva traída. Desde entonces no le faltó con quien bailar. Era un poco tosco aunque bien parecido y usaba corbata los días de guardar. Acabaron tras las tapias del corral de Salustiana, una noche sin luna.
Estaba escrito que Exaltación de la Santa Cruz fuera preñada y luego abandonada; que, guiada por la desesperación, se pusiese al tren, con tan mala suerte que perdiese una pierna; que sobreviviese y acabara casada con un lisiado pobre hasta el fin de sus días.
Pero a veces el destino se equivoca y es aún peor.

domingo, 23 de diciembre de 2007

AMADEO

De que Amadeo nació para músico dan fe las crónicas de familiares y vecinos. Su llanto era una especie de canto de Walkirias y utilizaba el sonajero con el son del mejor ritmo afrocubano. En cuanto pudo hablar, se explayó con líricos recitativos con su voz de soprano, que hacían vibrar los cristales de Bohemia de las lámparas. A todas luces tenía la culpa su tía abuela Eduvigis que siempre quiso ser cantante y quedó frustrada por un matrimonio temprano y una viudez superlativa. Encerrada en un piso de siete habitaciones y cinco balcones a la calle, se dedicó a cultivar su pena y algunos geranios. No hay que decir que todos se volcaron en el pequeño genio. A los 5 años tocaba ya el violín, la guitarra y un cornetín que le hicieron de encargo. A los 6 le compraron ya un piano. En el barrio no se hablaba de otra cosa. Todos esperaban de él los mayores prodigios. Pero quiso el destino que el Carnaval siguiente se lo llevara la parca de improviso. El día antes habían pasado por los pisos, pidiendo unas monedas, unas máscaras negras de corte veneciano.

DULCE

Leoncio y Estíbaliz penaban por tener una hija. Habían ya alumbrado cuatro varones, a cual más pletórico de masculinidad. Así que cuando Estíbaliz quedó otra vez encinta habían ya casi perdido la esperanza. No obstante prepararon como siempre una habitación de hada o princesa de cuento, con su cunita rosa y sus sábanas rosas y sus vestiditos con sus canesúes y todos los corazoncitos y estrellitas y enanitos del mundo. Cuando llegó el momento, no cabían en sí de gozo. Al final iban a tener una niñita delicada, cariñosa y dulce. Y Dulce la pusieron, para abrir boca.
Pero, ya en el bautizo dio Dulce muestras de disentir del nombre, llorando todo el rato y dando manotazos por doquier. Dormir se convirtió para sus padres en un ideal inalcanzable. En cuanto pudo tenerse de pie no hubo objeto en la casa a salvo de su afán destructivo. Los ositos aparecían con los ojos arrancados y las muñecas sufrían cesáreas imprevistas. En la guardería fue el terror desde el primer día y así el resto de su vida escolar. En lo sentimental, a los chicos les resultaba atractiva, quizás por el reto que suponía su compañía. Pero, a la larga, salían despedidos como del toro mecánico de las ferias.
Los libros era lo único que la domesticaba. Hizo derecho con premio extraordinario. Se hizo jueza y famosa. Sobre todo entre los delincuentes, que acuñaron una frase célebre: “Si te cae la Dulce te la amarga”. La vida, claro.
Sorpresivamente se vio envuelta en una flagrante prevaricación, al tergiversar pruebas en el caso de Guido el Guapo (GG), conocido jugador de ventaja y proxeneta. Dulce fue expulsada de la carrera judicial. Actualmente se encuentra en paradero desconocido.

sábado, 22 de diciembre de 2007

BUENAVENTURA

Nacido en el seno de una familia pobre pero limpia, fue instruido en los caminos del Señor por el cura del lugar. Su infancia estuvo regida por el signo de la cruz, ingresando a los diez años en el convento franciscano de la capital de la provincia. Allí se hizo famoso por su mansedumbre y otras virtudes, hasta el punto de decirse de él que era un compendio vivo de todas las Bienaventuranzas enunciadas en su día en el famoso Sermón de la Montaña.
Así transcurría santamente su vida, pero quiso el diablo que estallara una cruenta revolución y las hordas quemaran el convento. Hallándose en su celda en un estado de meditación profunda, su cuerpo nunca fue encontrado, ni aún el menor rastro.
La leyenda ha dado en identificarlo con un miliciano del mismo nombre que asoló el país a sangre y fuego. Cuentan que, al morir en la batalla, encontraron entre sus ropas un rosario de plata con aspecto de haber estado entre cenizas.
La iconografía lo presenta arrodillado frente a su catre, mientras las llamas empiezan a devorar el jergón.

MARAVILLAS

Entonces nos gustaba el cine de Gutiérrez Aragón. No nos perdíamos ninguna. Solíamos sentarnos en las últimas filas del Trianón, las de los mancos. No sé por qué, porque nunca hacíamos nada, aparte de mirar a la pantalla y comentar alguna escena en voz muy baja. Maravillas la vimos un diez de septiembre. No recuerdo nada; sólo una chica caminando por un muro, mientras un calvo estrábico dirigía sus pasos. Fue entonces cuando te besé. Por eso recuerdo tan bien la escena y la fecha. Aunque claro, también puede ser que lo soñara y el 10-S no sea más que la fecha de alguna antigua fiesta patriótica, algún golpe de estado o la víspera de algún hecho lejano que he olvidado.

GREGORIO

Pudo haber sido Gregorio escultor - sobre todo apellidándose Fernández - si se hubieran dado las circunstancias apropiadas. Y no es que no existiera en su ciudad un imaginero con taller propio, de bastante fuste como para surtir de figuras sagradas a las cofradías locales y a algunas foráneas. Tampoco hubiera sido imposible que el maestro lo empleara como pinche o aprendiz, pues de hecho tenía más de uno, que le ayudaban a desbastar la madera y limpiaban el suelo de virutas, además de hacer sus pinitos como artistas. Lo que ocurrió sencillamente es que Gregorio vivía más allá del río y nunca pasó por delante del taller, enclavado en la parte vieja de la urbe.
Pudo Gregorio haber acabado siendo Papa de gran mérito y majestad, quizás merecedor de algún calificativo ponderador tras el número ordinal correspondiente. Muy bien pudo ocurrir tal cosa si hubiera ido a la escuela el día que los salesianos pasaron por allí y enrolaron media docena de chiquillos en las huestes de Cristo. Pero no fue así, pues estaba ese día convaleciente de unas fiebres que lo tenían postrado.
A falta de seguir alguno de los altos caminos designados por los hados, no tuvo otro remedio, por imperativo familiar, que ser ferroviario. Como suele suceder con las cosas que se imponen, nunca fue ese oficio de su agrado, ni logró captar del todo su interés. Ya de aprendiz cometió un error con las agujas y provocó un accidente serio, aunque no se llegó a demostrar su autoría. Fue su perdición, pues logró ascender a maquinista. Tras el infausto choque de trenes del 77 fue dado por muerto, al no encontrarse su cadáver entre los hierros retorcidos. No obstante, un turista ocasional, asegura haberle visto recientemente en Londres, trabajando en el mantenimiento de calderas de una lavandería china.

ADELINA

Su nacimiento, en la sala de espera de una estación, puede que condicionara el resto de su vida. Lo cierto es que se enamoró, en su primera juventud, de un viajante del ramo textil. Su permanencia en los andenes, incluso en las tardes de cierzo, penando por ver a su amor, dio lugar en la época a una conocida canción popular. Deshonrada y sola, dicen algunas fuentes que recaló en una casa de tolerancia de Bilbao. La muerte del niño fruto del pecado la sumió en una amarga desesperación. Se dice que acabó sus días como interna en un asilo para mujeres descarriadas, donde encendía velas por la noche para guiar hasta ella a un amante imaginario. Incluso llegó a circular la especie de que rendía culto a un papagayo disecado, pero ese extremo no es fiable y se cree fruto de contaminaciones novelescas posteriores.

REGINA

Regina nació para ser reina. Tenía la piel fina y los ojos claros. Fue desde niña muy aseada y extremadamente escrupulosa. Cuando sonreía, enarcaba las cejas y su rostro adquiría cierto tono indefinible de desdén. Estas cualidades, en el sitio adecuado, habrían favorecido mucho los designios del destino. No así en el miserable entorno de Regina, donde su delicadeza natural provocaba oleadas de instintivo desprecio. En la escuela le gritaban “¡Salve reyina!”, con grotesca impiedad, mientras le arrojaban escupitajos y boñigas. Cuando creció tuvo que servir y sus patronos no cejaban de mortificarla con los trabajos más infames. Todo por doblegar una altivez que apenas intuían, pero les perturbaba. Su rara belleza podría haberla redimido con un matrimonio ventajoso, pero no fue así, pues por allí los hombres querían hembras sencillas en que sustentar su pequeñez de espíritu. Pasaron los años, llegó un mal aire y se llevó a muchos; también a Regina. Murió en pecado, pues estaba amargada de resentimiento.

JUANA

Me vienes y me dices que oyes voces, que qué es lo que te pasa, que no sabes... Juana, Juana, explicaciones siempre hay, si las buscamos. Tomemos si te parece por la vía esotérica de las homonimias y los crípticos mensajes del pasado. Hubo una Juana en Francia que se vistió de hierro y acabó en la hoguera. Y todo precisamente por oír voces y, claro, darles crédito. Y nuestra Juana, aquella a quien llamaban Loca. Qué no oiría en su deambular por Castilla con el cadáver de su esposo; qué voces sordas en las noches de la paramera, a la luz de los hachones. Y en Tordesillas, en los largos años de abandono, qué no le gritarían aquellas piedras...
Pero tú, Juanita, tú que corres y ríes, que andas en moto y sales por las noches, que usas botas altas y faldas cortas y miras –me deslumbras ahora, con tus pícaros ojos- con la intensidad de quién quiere ver debajo de la piel... No me tomes el pelo, vida mía, aunque yo sea tu tío y sea psiquiatra.

viernes, 21 de diciembre de 2007

ZENÓN

Zenón llevaba tantos años estudiando en Santiago que hasta las piedras del obradoiro le saludaban al verle pasar, calmoso y serio, con el paraguas cerrado bajo el permanente orballo del lugar. En los últimos tiempos había establecido estrecha relación con don Avito, viejo profesor de metafísica a quien algunos trataban malévolamente de orate iluminado. Don Avito, recogiendo la antorcha de los presocráticos, se había empeñado en redemostrar que el movimiento de los cuerpos no era sino mera ilusión de los sentidos y no verdad teleológica del ser. De ahí que ambos pasearan sin paraguas, sabedores de que las gotas de lluvia nunca llegarían en su descender a la epidermis. “Qué es lo sensible –predicaba el maestro a quién quisiera oírlo- ante el peso de lo inmanente”. Ni las mojaduras ni alguna eventual bronquitis fueron nunca suficientemente disuasorias. Tampoco las chanzas de los tunos, que incluso compusieron unos versos festivos sobre el caso, actualmente en paradero ignoto.
Zenón fue reclamado por su madre viuda, quien le había buscado ”una buena rapaza, estudiada y todo, para ver si así sientas la cabeza”, según dice en la carta de su puño y letra que obra en poder del cronista. Don Avito, falto de su único discípulo, dio con sus huesos en Conjo, afectado de profunda melancolía. De la vida posterior del aprendiz de sabio, no se conocen hechos prodigiosos, lo que nos mueve a pensar que la inanidad de la vida conyugal ahogó definitivamente lo que pudiera haber en él de especial y reseñable.

domingo, 16 de diciembre de 2007

ROSALÍA

Que Rosalía amenazase a su anciana madre con enterrarla en el húmedo y frío suelo en lugar de en un nicho soleado y con vistas, me parecía de una crueldad indescriptible, aún siendo yo ya consciente de que un cadáver no siente ni padece. Consolación nos lo contaba, angustiada, en la penumbra de la cocina, al calor de la chapa casi incandescente. “Quieren que les deje todo, –gimoteaba la vieja- y no, la casa es de todos y les tocará lo que les toque”. Mi madre trataba de consolarla –valga la redundancia-, pero la atribulada anciana no cabía en si de desasosiego. Al final tenía que regresar al otro lado del tabique, donde su hija y su nieta la seguirían torturando con amenazas post-mortem. A veces oíamos voces altas y gemidos ahogados. Otras bajaba la cristalina voz de Cándida, desde la buhardilla, cantando “cocidito madrileño, del ayer y del mañana”. El ayer. El mañana.

TECLA

Tecla era la menor de seis hermanas. Sus padres, Bucardo y Erasma, habían engendrado antes a Basilisa, Calixta, Dorotea, Eufemia e Idelita. Con tecla llegó el regadío al pueblo y pensaron que sería buena idea aprovechar la bonanza para darle estudios. Más que nada porque les parecía que su nombre quedaba incompleto sin el don. Doña Tecla era un buen nombre para una maestra, por lo que a la edad pertinente la encaminaron a la Escuela Normal de la capital de la provincia. Pasó allí tres años, alojada en la pensión de la viuda de Evodio, héroe laureado de la aviación e insigne prócer. La muchacha se aplicó con esmero y se graduó con nota. Sus padres y hermanas se sintieron satisfechos y compensados del esfuerzo. Hubiera sido un final venturoso, si la infeliz doncella no se hubiera enamorado de Zenón, hijo del héroe, cuando volvió al hogar tras infructuosos años de carrera. El tal Zenón tenía a gala ser un pensador y recababa presuntamente información, para uno de sus maestros, sobre cierta teoría filosófica relacionada con la quietud de todo lo existente. Ejercía bien el mancebo en tal materia, pues el muy tarambana limitaba toda su industria a sentarse en un sofá y a dar breves paseos mirando ensimismado los objetos cotidianos como si de especímenes extraños se tratase. No hubo modo de apartar a Teclita de tan nefasta afición, sobre todo una vez que había ya otro ser en camino. Hubo pronto boda y escuela en propiedad. De lo malo, por lo menos –a decir de Erasma, que con el tiempo congeniaría no poco con el yerno- Zenón se apañaba con los avíos del hogar, aunque a veces algún plato contradijese una aporía y acabara estrellado en vuelo rasante contra el suelo.

sábado, 15 de diciembre de 2007

CARLOS

Carlos, desde niño sintió la vocación de la grandeza. A veces venía a casa y pasábamos horas modelando figuras de plastilina. Hacíamos cuerpos musculosos dignos de semidioses. Luego forjábamos armas fabulosas y los vestíamos con armaduras homéricas inspiradas en los peplum de los domingos. Cuando teníamos media docena, hacíamos dos bandos y Carlos les ordenaba batirse. La lucha era siempre a muerte y discurría entre la caja de las galletas y los tazones de la merienda, en el campo de honor del hule descolorido de cuadros verdes y violetas. Era emocionante asistir al entrechocar de los aceros, al tumulto de gritos, a los lamentos de dolor y de agonía. Carlos dirigía el combate con la frialdad del estratega que había en su interior. Mi madre, mientras, trasteaba en los armarios o cosía en su rincón fingiendo no enterarse del drama o del prodigio. Al final, todo terminaba en un amasijo informe y doliente que guardábamos en una caja de puros hasta el próximo día.
A los trece años, Carlos tenía ya montado su pequeño ejército en la calle. Eran chavales de varias edades, a los que había convencido de lo gratificante que es obedecer si se cuenta con un líder carismático. Me nombró su lugarteniente, pero pronto me aparté de las voces rituales, las consignas y las pruebas de valor. Prefería ser espectador desde la grada. Al poco tiempo se habló en el barrio de pedradas y de puntos de sutura.

viernes, 14 de diciembre de 2007

MARCOS

A Marcos le gusta andar, aunque detesta llegar a alguna parte. Peregrino sin horizonte y sin grial pasea por las calles como un turista del espíritu, sin plano ni guía, desgajado de un grupo excursionista que nunca existió. Va despacio. Goza observando como doran los rayos del sol los vidrios de los miradores. A veces pasa ante la hermosa catedral sin verla, pero se fija en las migas de pan que una vieja echa a las palomas, en un niño expectante, en un hombre que sueña. Cuando se cansa, se sienta y fuma, pide café y se deja penetrar por el ámbito y las voces. Entonces Lupo, su león, se tumba bajo un velador y mantiene erguida la cabeza, consciente de sí mismo.

lunes, 3 de diciembre de 2007

AMADO

Hay nombres que han sido adjudicados al azar, tras un mero vistazo al santoral por el párroco de turno. Otros trasmiten la onomástica familiar a través de las generaciones, honrando así a abuelos, padres o padrinos. En tiempos pasados era normal bautizar a un niño con el mismo nombre de un hermano muerto, provocándose a veces efectos nocivos en el alma del sobreviviente que daban lugar a veces a biografías extraordinarias. Sin embargo, hay casos, en que un nombre es toda una declaración de intenciones; este fue el caso de Amado.

Nacido después de tres abortos, cuando Cristeta ya desesperaba de conseguir descendencia, Amado era deseado con ansia y su llegada fue toda una fiesta familiar y hasta tribal y pública. En ningún bautizo se vio tirar tantos caramelos y lanzar tantos cohetes. Cesidio y Rufina, los padrinos, estaban orgullosos de serlo de un vástago tan esperado y Paulino, el padre, se inmiscuyó tanto en el alborozo general que, aún siendo ateo en la intimidad, metió mil duros en el cepillo de san Dominguito, en un arranque de piedad supersticiosa.

Amado fue el clásico hijo tardío, celebrado no sólo por sus padres, sino por tías, abuelas y demás familia. Todo en casa giraba en torno del querubín preciado que, para más delito, era de una belleza y rubicundez apabullantes. Todos sus gestos eran coreados de inmediato. No había pompa de moco, desperezo o eructo que no despertaran la general admiración y el murmullo agradecido. Si emitía un gugú casual, no faltaba quien lo interpretara al punto como un “papá”, “mamá”, “agua”, “leche” o –si me apuran- con un clarísimo “oigausté, señora, sírvase darme la teta, s’il vous plaît”.

La cosa siguió siendo de locura, a medida que avanzaba la infancia de la estrella. Todos sus dibujos del parvulario eran elogiados como dignos de un Picasso o un Miró, según presentasen formas asimilables a cornúpetas o bien círculos y rasgos con los colores del parchís. Sus cuentas de sumar eran ensayos de un nuevo Newton o elucubraciones de un Einstein gentil a punto de emerger. Lo malo fue cuando la simpleza y estulticia de Amado se convirtieron en algo tan patente que ni sus más entregados y lisonjeros exégetas tuvieron ánimo para negarlas. Amado siguió sin embargo muy pagado de sí mismo, mientras crecía en estatura y vaciedad.

Hoy, Amado es un apreciado directivo, feliz, satisfecho y desacomplejado. Su sonrisa franca, su porte atlético y, sobre todo, la confianza sin límites en sus dotes de persuasión, le han introducido en la política con buenas perspectivas de futuro. Su lema: “Ama la vida, ama el amor, con corazón”, aparece sin cesar en los mass media y otros canales de embrutecimiento general.

sábado, 1 de diciembre de 2007

FIACRE

Fiacre habría sido conductor de un coche de punto, de haber nacido cien años antes, más o menos. Iría erguido en el pescante, escoltado por dos faroles como antorchas, gobernando el caballo con la tralla presta y las riendas firmes. Transitaría por calles empedradas, brillantes por la lluvia, con el xilófono del pavés como banda sonora.
Llevaría sombrero alto de cuero y sonreiría a las damas bajo las guías engominadas de un poblado bigote. Cobijaría amantes proscritos bajo el velo amparador de la capota y aguardaría bajo la luna la riada de echarpes y chisteras en las noches de ópera. Todo eso piensa a veces Fiacre Rodríguez, mientras está en el taxi esperando un servicio que se hace de rogar, mientras mira en lo oscuro brillar las luces rojas y amarillas de los bares de alterne y piensa en Travis, el de la peli de Scorsese.

“Es muy raro Rodri -dice Arsenio-, nunca habla de fútbol, ni fantasmea de churris, ni se queja de lo jodido que está todo, va a su bola, el cabrón”. Todos le llaman Rodri, porque Fiacre –dicen- no es nombre de cristiano. Cosas de Dasio, su padrino, que estuvo de maletero en la Gare de Lyon. Igual lo de ser raro le viene por el nombre. Qué se yo. Todos tenemos nuestras chaladuras. Tampoco es para tanto, me parece, que un compañero lea a Flaubert en los descansos.