miércoles, 28 de noviembre de 2007

VERÓNICA

A Verónica le encantaban los toros. Le gustaba el ambiente, la música, la farra y el vino de las peñas; el morlaco saliendo impetuoso del chiquero, el templar de la capa, las irisaciones del sol en el albero; el giro de la sombra a través de la tarde, como en una ruleta de la muerte. Pero, sobre todo, le encandilaban los toreros.

Acudía a la plaza en cada feria, pertrechaba de mantón y peineta, sin miedo al que dirán ni a la incomprensión de sus amigas, pues pensaba que los ritos tienen que vestirse como tales. Por dentro se preparaba también con atavíos que no desmerecieran. Pasaba la tarde vibrando con el paso juncal del matador, con las fintas que burlaban los pitones, con la abultada hombría que rozaba a la bestia en los pases más íntimos, Eros y Tánatos fundidos. Al terminar iba a un hotel con su acompañante y disfrutaba de una noche de amor enloquecido. Cada año un hombre distinto, en un hotel distinto. Era la diosa blanca en su noche de sangre.

Podría haberse encontrado con su doble cara a cara. Bastaría con haber vuelto aquel año la mirada hacia el tendido de al lado, más allá del velo de abanicos y viseras. Habría visto a una chica con su edad, sus ojos, su pelo y su figura; venida de lejos para una estancia corta de sólo cinco toros. Eso podría haberla impresionado o quizás no. Quién sabe. El caso es que siguió con sus olés y sus orgasmos, tan tranquila.

lunes, 26 de noviembre de 2007

MOISÉS

Moisés era un personaje distinguido. De hecho todos le llamaban don Moisés en el barrio. Y es que no había muchos señoritos por allí y don Moisés sin duda lo era. Usaba traje con chaleco todos los días del año, fumaba rubio con boquilla de ámbar y –rasgo éste ya definitivo- usaba bastón sin estar cojo ni ser viejo, sino apenas cincuentón, espigado y aún con buen porte.

Decían que había estudiado Derecho, aunque nunca hubiera ejercido. No consta que tuviera título ni orla enmarcada. Al menos nadie vio nunca nada similar ornando las paredes de su humilde piso alquilado. Lo cierto es que pertenecía a una familia de alta alcurnia y tenía hermanos médicos, arquitectos y magistrados, que atendían sus necesidades y tutelaban una especie de minoría crónica de edad que formaba parte de su carácter.

Don Moisés vivía en concubinato con Barsabia, una meretriz del arrabal a la que él había manumitido hacía ya años, tras llegar a un acuerdo amistoso con su chulo. A su modo formaban una pareja feliz. Barbi dejó a un lado su nombre de guerra y sus mañas de hetaira para convertirse en querida fija e integrase como una más en aquel barrio de proletarios y tenderos al pormenor.

Moisés –permítaseme la licencia- había encontrado también su lugar entre aquellas gentes que, si bien murmuraban sobre sus rarezas a escondidas, le tenían razonable aprecio e incluso cierta consideración. Admiraban sobre todo en él dos particularidades. Una era su extraña facultad para pronosticar la lluvia. Curiosamente don Moisés no miraba al cielo cuando le preguntaban si iba a llover, sino al pomo labrado de su bastón. Clavaba sus ojos en aquella especie de león dormido o perro de lanas indolente –que alguna de esas cosas podía ser e incluso un dragón de Comodo en plena digestión- y decía un “va a llover” o un “por hoy aguanta”, que se cumplía indefectiblemente.

La otra facultad maravillosa, aún más rara, consistía en mantener secos siempre sus brillantes zapatos de tafilete acharolado, por más que el cielo se mostrase pródigo y los charcos poblaran las cuarteadas aceras de un barrio dejado de la mano de la Poridad. Se lo pregunté un día, con la confianza que me daba ser compañero de partida en el Madrid. Me respondió con un vago gesto de aquella especie de cetro de monarca en el destierro, como si iniciase en un salón barroco la señal para que sonase una nueva melodía. Fue aquella la última vez que nos vimos. A los pocos días –podrían ser tres, por convenirle los números rotundos a este tipo de historias- apareció bajo los castaños del paseo. Estaba inmóvil y apacible, como recién fulminado por un rayo clemente.

sábado, 10 de noviembre de 2007

VIRGILIO

Virgilio nació poeta, como otros nacen encofradores o mendigos. Su padre era tendero y se pasaba el día haciendo números, con un lápiz mordido por el ansia, sobre el papel de estraza de los envoltorios. Delfina, la madre, había muerto al dar a luz a la última de las tres hijas que vinieron después, así que Virgilio tuvo ocasión de forjarse en el sufrimiento desde niño.
Apolinar, el padre, comenzó muy pronto a ejercitar al primogénito en las lides del negocio. Le dejaba al frente de la abacería, mientras él salía a rondar por los mercados en una pequeña decauve resucitada del desguace. A Virgilio le gustaba sentir el crujir del bacalao mientras cedía ante la cuchilla, dejando un corte limpio y oloroso a mar. Disfrutaba también despegando los arenques de su rueda, mientras imaginaba trastocar los signos de un misterioso emblema solar. Tomar la paleta de cinc y volcar en paquetes el pimentón que venía en grandes sacos, provocaba en él sinestesias embriagadoras.

Volvía Apolinar y encontraba a su hijo ensimismado, observando cómo flotaba el polvo en los haces de luz que se filtraban a través de la cortinilla de cilindros de colores. Esto provocaba riñas y disgustos, pues el padre se dolía de la bajada de las ventas y lo achacaba al poco espíritu que el muchacho ponía en la empresa. Virgilio soportaba las broncas y callaba, pero su aparente frialdad estaba llena de amargura.
Llegó el momento de su descenso a los infiernos y pasó años vagando como perro sin amo. Nunca escribió nada, ni en las tardes interminables en que se sentaba en un portal a ver pasar la gente, ni al regreso, readmitido en el seno de la realidad bienpensante con honores de pródigo en disipaciones.

viernes, 2 de noviembre de 2007

FROILÁN

Hablábamos a menudo, mientras tomábamos café en uno de esos bares que aún conservan los veladores de mármol y las sillas de madera. Froilán era escritor y yo su única lectora. Al menos eso me gustaba creer. El local era auténtico, no uno de ésos impostados que parecen platós de una película de época. Froilán presumía de misántropo, pero yo percibía en el fondo de sus ojos esquivos un deseo soterrado de dejarse querer. A veces me leía fragmentos de su obra. Eran textos tristes que hablaban de bares antiguos y de seres que languidecen, entre la bruma artificial de los cigarros, sin llegar nunca a amarse.

Seguí yendo bastante tiempo, aún; hasta que los espejos ya sólo reflejaban mi figura, la imagen de una mujer ajada, provista de lentes pasados de moda, siempre con un libro entre las manos. Sólo eso. Incluso si fruncía el entrecejo y me esforzaba en mirar entre la niebla. Tuve al fin que admitirlo: decididamente, Froilán había regresado a la caverna.