domingo, 30 de septiembre de 2007

EMILIO

Emilio siempre fue muy supersticioso. No es que eludiera por sistema los gatos negros, las escaleras apoyadas en el muro o las tijeras abiertas. Lo que más bien le ocurría es que sentía un temor reverencial a lo por venir y se obligaba a sí mismo a seguir una serie de ritos para conjurar la desgracia. Por ejemplo bajaba las escaleras de modo que el último escalón no coincidiera con el pie izquierdo, tocaba siempre tres veces el pomo de la puerta al salir o cruzaba los dedos antes de pulsar el botón del ascensor. Había integrado esos y otros comportamiento en su rutina diaria y no les daba excesiva importancia. Sabía que podía no llevarlos a cabo, pero el pago era sentir la sensación aterradora de que le iba a ocurrir una desgracia.

Un día le presentaron a Serena y, de momento, sólo se quedó con que su nombre le recordaba una fotonovela. Pero volvieron a verse y se estableció una relación que acabó siendo estable. Se llevaban bien y se comprendían. Pero ella, por ese afán que tenemos todos de cambiar al ser amado, empezó a meterse con los peculiares comportamientos de su novio. Alegaba que era molesto ir de la mano por la acera y que él diera saltitos para no pisar los cuadros verdes. Emilio, complaciente, acepto ponerse en manos de un psicólogo.

En tres meses dieron por zanjado el problema; una incipiente neurosis obsesiva perfectamente manejable, según el galeno. Emilio se sintió aliviado. Salió pues de su casa sin tocar el pomo, sin contar los pasos, sin cruzar los dedos. Se puso a caminar por la acera pisando las líneas, los colores y las tapas de alcantarilla que le daba la gana. Qué placer, aquello sí era vida. Bajó con el pie izquierdo el bordillo y se dispuso a cruzar la calle y... le mató el ecológico tranvía recién inaugurado. Y es que, "ante la mala suerte, nada puede la ciencia", dicen que dijo el perito en almas cuando fue preguntado.

ASUNCIÓN

Asunción servía vinos y cañas en la barra de un bar. Tenía por compañeras a Azucena y Margarita. Todas estaban de buen ver pues Alipio, el dueño del figón, sabía bien que no bastaban el buen comercio y el mejor bebercio para llenar un local en pugna con otros similares de la zona. Cada una de ellas se abstraía como podía en sus cosas, mientra llenaban vasos y hacían cuentas sobre una pizarra inmaterial formada de voces diversas y entrechocar de vidrio. A ratos, Azucena pensaba en su amante, Virginia, y en lo que ayer la había contado sobre su atracción por una burguesa entrada en años. Margarita, había abandonado el negocio paterno, tras la extraña muerte de su esposo, y buscaba entre la gente alguien que le explicara algunos porqués que nunca antes le habían urgido. Asunción no pensaba nada, sólo se dejaba llevar por la marea de fluídos y de ruído como un barquito de papel hacia el abismo. Una noche a última hora, cuando Napoleón -un borracho con aires de grandeza- hacía su entrada cotidiana, Asun pegó un grito, salió a la calle y se evaporó entre la luz de las farolas. Desde entonces, a Casa Alipio le llamaban algunos el bar del milagro. Otros se reían recordando un chiste de beodos.

sábado, 29 de septiembre de 2007

ANASTASIA

Anastasia conoció a Virginia en el jacuzzi del gimnasio. Era bella y sutil, con la fragilidad de un lirio que va a ser arrancado. Pronto intimaron e intercambiaron anecdotario sentimental. Luego hablaron de sus propios cuerpos. Virginia encontraba atractivas las curvas que a Anastasia le quitaban el sueño. Siempre se había sentido un poco tosca y vivía con la aprensión de un origen rural que, a pesar de su desahogada posición actual y sus cuidados, se evidenciaba a veces en sus maneras y -pensaba ella- en una pátina peculiar que le cubría la piel como un estigma. Por eso le sorprendió oir decir a Virginia:"Pareces una princesa en el exilio". No contestó y siguieron hablando de temas variados. Esa noche, ya en casa, se sintió Anastasia especial y no supo, o no quiso, explicarse el porqué.

HIPÓLITO

Nacido en un pueblo del llano, fue llamado desde edad temprana pora la digna causa de enseñar al que no sabe. Estudió Magisterio en la capital de la provincia, gracias al esfuerzo de sus padres, que deseaban liberar a sus hijos de los sinsabores del terruño. Le dieron escuela en un pueblo perdido entre montañas, lo que le obligó a adquirir una caballería para desplazarse por caminos y trochas. A lomos de Molinero -así le llamó, en recuerdo de Hernán Cortés, al que admiraba por su capacidad de decisión- recorrió Hipólito aquellos parajes para él tan distintos y nuevos. Pronto descubrió el gozo de ir al paso por los desfiladeros, mientras el sol aún pugnaba por florecer entre los riscos. Su ánimo se exaltaba y le venían a la mente épicas homéricas, cabalgando por el camino polvoriento que daba entrada al pueblo. El interés por la pedagogía fue declinando incluso en favor de una recién descubierta pasión por la hípica. Incluso a veces le tentaba la imperiosa idea de dejarlo todo y dedicarse por entero al mundo de la doma o buscar alguna profesión que tuviera como base al noble bruto. Quizás lo hubiera hecho. No pudo ser, porque una guerra injusta dio con sus huesos en cárceles de piedra y con su alma en eriales de desesperación. Acabó en un barrio de extrarradio, dando clase en un vil entresuelo. Durante años vió cabalgar caballos en la capa de polvo de los vídrios, mientras recitaba por dentro aquellos versos tan tristes de Machado.

ANICETO

Aniceto nació con el don de la tecnología inscrito en sus genes. De niño construía vehículos fantásticos con materiales de deshecho, que eran el asombro de las gentes y la admiración de los demás chiquillos. Con una bici vieja y las piezas que le iba dando el dueño de un taller, ideo un artilugio lleno de luces y sonidos que parecía una nave sideral. Ya mozo, abrió un taller de electrónica donde montaba y desmontaba los aparatos de la vencindad hasta conseguir innovaciones digna de un Leonardo. Aún son recordadas su radio-tostadora, su televisión con odorama -útil sobre todo durante el visionado de programas de cocina-, y un artilugio que detectaba a distancia el mal humor de las personas, cuyo prototipo fue confiscado por las autoridades locales como medida preventiva.

Caído en desgracia ante unos caciques que temían cuanto ignoraban, emigró a la ciudad y se integró en la grisedad reinante, desconociéndose actualmente su paradero. Sus inencontrables mecanismos son codiciados por coleccionistas e historiadores de la ciencia. Algunos investigadores intuyen su presencia tras los últimos logros en el campo de la cibernética.

viernes, 28 de septiembre de 2007

SUSANA

Susana fue muchos años casta, seguramente porque no encontraba su amante ideal y no era mujer de citas a ciegas. Un día conoció a Gerardo y fue como una revelación. Por la noche ya estaba con él, recuperando el tiempo perdido. Practicaron el Kama Sutra hasta la postura diecisiete y decicieron doblar ahí la esquina de la página por pura extenuación. A la semana alquilaron un piso y convirtieron la práctica del sexo en un hobby, con la absorbencia y el tesón de quienes hacen la torre Eiffel con cerillas de madera. Quedaban a la salida del trabajo e impregnaban de deseo todo el inmueble hasta bien entrada la madrugada.

Susana, en realidad se llamaba Clara. Susana la llamaba Macario, un jubilado del ferrocarril que compartía tabique con el escenario de los hechos, cuando comentaba con Digna, su esposa, los sabrosos quejidos que les amenizaban las veladas.

Aunque Clara, no era tampoco su verdadero nombre, sino una ocurrencia de su padre, que la llamaba "Clara de noche" cuando, de adolescente, la veía pintándose para salir de fiesta. Realmente había sido bautizada como Filomena, por mor de una madrina egotista y un puntito cruel. De todos modos se hacía llamar siempre Talía, aunque a su amante a veces -en el fragor más intenso de la brega- se le escapaba el nombre de Cristina.

JACOBO

Jacobo tenía desde la infancia, un sueño recurrente. Iba por una calle, al anochecer, y se encontraba montones de libros y revistas tirados en la basura. Dominado por la intensa pasión de acumular papel impreso, no podía sustraerse a sus fieros deseos y hacía angustioso acopio del preciado bien. Los montones de volúmenes se le escurrían entre las manos y sentía un gran desasosiego al pensar, que los libros que dejase, iban a ser recogidos por cualquier otro viandante. En ese punto se despertaba siempre, bañado en sudor frío.

Una tarde, ya maduro, paseaba por un barrio de la ciudad que le traía a la mente sutiles recuerdos de felicidad pretérita. Al doblar una esquina pudo ver a una mujer menuda que salía del portal y depositaba junto al contenedor una pila inmensa de libros nuevos y flamantes. Antes de llegar a su altura, le había visto realizar tres salidas con la misma mercancía. Comenzaba a llover. Jacobo sintió que el corazón se le encogía, dio un brinco y cruzó la calzada entre un tráfico que le amenazó con sus bocinas. Respiró de alivio en la otra acera. La mujer le resultaba ahora vagamente conocida, pero no se permitió echar la vista atrás.

jueves, 27 de septiembre de 2007

ROMÁN

Román siempre tuvo la sensación de ser un personaje de novela. Ya de niño oía una voz interior, una especie de locutor deportivo que narraba lo que él hacía en cada momento. Pensó que era lo normal, hasta que se lo comentó a Falcón, su mejor amigo, y éste le miró con una mezcla de estupor y miedo a lo paranormal que le obligó a convertir la cosa en broma. Decidió no contárselo tampoco a su confesor porque, cuando ya lo tenía decidido, pasaron en el cine del barrio la peli de una santa, con cara de Ingrid Bergman, a la que quemaban por algo parecido. Así que, no tuvo otro remedio que vivir con aquello.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

MARGARITA

Cayetano pronto se cansó de la sencillez y el candor de Claudia y regresó a sus mariposeos con otras dependientas, mientras soñaba con el mundo glamuroso de las modelos de pasarela. Era un eterno insatisfecho y tendía a despreciar de inmediato aquello que poco antes anhelaba y a sufrir por mundos que él mismo sabía inalcanzables. Una tarde se encontró con Margarita, una chica mona a la que habían recitado demasiadas veces de pequeña la poesía de Darío. Cayetano encontró en aquella muchacha malcriada la horma de su propia desconsideración. Al principio Margarita esperaba al viajante en cada visita cíclica a su ciudad de provincias, con la esperanza y la fe de una neófita. Quedaban en un hotel apartado y ella desfilaba para él con todos los artículos del muestrario y otros que adquiría en secreto para sorprenderle. Pero pronto tuvo la ninfa al viajante en sazón y empezaron las exigencias. Cayetano se vio obligado a trastocar sus itinerarios para pasar más tiempo en la ciudad. Las visitas comerciales vieron mermada su duración en favor de compromisos familiares. El montante de las ventas se aminoró y la empresa Paradise International S.L. empezó a inquietarse por el cambio de rumbo de su comercial más exitoso. Un domingo, don Leónidas, el futuro suegro, le propuso seriamente ingresar en su empresa de pompas fúnebres. Fue la puntilla. Entre el marrón wengé de los muebles del despacho, lejos del glamour de las cintas y los rasos, la vitalidad del nuevo socio fue declinando poco a poco hasta alcanzar, al cabo de unos meses, ese grado ínfimo tan característico de la selecta clientela del negocio.

lunes, 24 de septiembre de 2007

DONATO

Donato siempre mostró un inusitado interés por la ropa interior femenina. De niño le subyugaban los ligueros de raso de su madre y le gustaba curiosear también en los cajones de la cómoda de su hermana. Tuvo varias novias en el barrio, pero no se sabe por qué, sus relaciones no resultaron duraderas. Lo cierto es que acabó por hacerse acreedor en los contornos de cierta fama de rarito. Por eso cuando conoció a Claudia, la hija de los dueños de la mercería nueva, vio el cielo abierto. Ella compartía con él la pasión por las sutilezas de interior. Se casaron y fue feliz durante un tiempo, rodeado de cuanto más amaba.

Se convirtió en el dependiente más versado que imaginarse pueda. Era capaz de hablar con toda naturalidad con las clientas de la calidad de una batista, de las propiedades de la piel de ángel, de la capacidad de sujección de unos elásticos. El mecanismo de los mil y un broches y corchetes del mercado dejó de ser un secreto para él, lo que le hizo famoso entre los jóvenes del lugar, que requerían con frecuencia sus consejos de perito en la materia. El matrimonio fue bendecido con dos hijos y todo marchaba como la seda más lustrosa.

Es posible que todo hubiera seguido así de no se por la aparición Cayetano, que empezó a visitar la tienda con una nueva línea de lencería fina y atrevida. Su presencia empezó a coincidir con las tardes en que Donato se ausentaba de la tienda, hasta que un día encontró una nota escueta en uno de los cajetines de la caja registradora. Desde entonces Donato se convirtió en un ser triste y huidizo. La gente empezó a llamarle "el viudo" y evitaba la tienda por no enfrentarse a su mirada de desesperación. Agobiado por los impagados y la soledad, echó la trapa una tarde y desapareció, camino de la estación.

Corren varias leyendas al respecto. Algunos quieren advertir su buen hacer tras el atrezzo de algun estrella del erotismo nacional. Otros le imaginan bajo la sombra sonriente de las palmeras del trópico. Sin embargo, aún flota en el ambiente el recuerdo de aquel cadáver de varón encontrado en el río y que nunca se llegó a identificar. Tenía un culotte rosa como único atuendo.

jueves, 20 de septiembre de 2007

JUSTO

Justo era un muchacho bueno, en el sentido mejor de la palabra. Estudioso y esforzado, no perdía la ocasión de ayudar a un compañero, de mediar en una disputa, de procurar a los demás una vida más dulce, si ello estaba en su mano. No le iba a la zaga su hermano Pastor. Sus padres no dejaban de felicitarse por la grata recompensa que su progenie les brindaba cada día. En la escuela, eran apreciados y admirados por condiscípulos y maestros.

Pero la vida tiene a veces sus inexplicables sinsabores. Ya comenzado el curso, con la caída de las últimas hojas, irrumpió en clase Agapito, un arapiezo rebotado de varios institutos. Agapito era soez, vulgar y desdichado. Una vida difícil le había inclinado al odio feroz hacia lo bello. Pronto se hizo con una pandilla de chicos lábiles que le secundaban por temor. Los dos hermanos fueron víctimas predilectas de la nueva jauría. Agapito, se convirtió en ariete predispuesto a demoler la muralla de la virtud. Empezaron a destruir los cuadernos de los niños modelo, a amenazarlos si contestaban bien en clase, a fustigarlos en los rincones apartados del patio.

Los hechos se prolongaron varios meses terribles. Un día fueron instados, acorralados en los baños, a abjurar de sus principios e ingresar en la banda, a cambio de cesar en el hostigamiento. Tuvieron un momento de duda, pero la presión era demasiado fuerte. Pusieron sus dones al servicio del mal y pronto destacaron en el pastoreo de las huestes y en la administración de una espúrea justicia. Eran los dos hermanos enemigos de medianías.

martes, 18 de septiembre de 2007

PARÍS

La vida de París tiene tintes tan fantásticos, aspectos tan de leyenda, sucesos en su devenir tan truculentos, que cualquiera podría sospechar que ocurrió de verdad. Todos sabemos que la realidad supera siempre a la ficción y que el hecho más horrible o estravagante que una mente humana pueda imaginar, con toda seguridad ha sucedido ya en algún momento, en algún lugar.

París fue mendigo. Hay que observar aquí que toda definición traiciona y simplifica. Digamos que mendigo es lo que mejor cuadra a una larga etapa de su vida. Podríamos decir igualmente que fue niño -tal vez feliz-, joven con alguna ilusión, esquilador y tuerto, pero, sobre todo, desgraciado.

A París le vaciaron un ojo por impericia o por descuido, cuando ayudaba al amo a esquilar una oveja. El hombre le convenció para que no dijera nada, para qué acudir a jueces o mediadores, mi mujer y yo te cuidaremos. Así fue al principio, hasta que dejó de serlo y, claro, no había nada escrito. Así empezó su vida errante, tan llena de tropiezos que daría para un grueso libro. No es este el lugar, sólo un último párrafo.

Una vez tuvo París una cierta fortuna. Era ahorrador e iba cambiando las monedas por billetes que guardaba para caso de necesidad. Pero los malos se ceban en el árbol caído -el infierno son los otros-. Una tarde, unos falsos juerguistas le emborracharon en la taberna y le robaron la cartera. Lloró París la pérdida por los caminos, cantando su desgracia en fúnebres coplillas. Esa es la imagen que más a trasdendido, la que ha conformado la leyenda de París, un pobre paria.

ONOFRE

Andaba Onofre peregrino sin norte, ejerciendo aquí y acullá sus malas artes de malandro irredento, cuando cayó en manos de un juez apodado el Africano, por su pasado colonial, y le cayó encima la perpétua. Entre rejas conoció a sujetos realmente singulares y curiosos que hicieron germinar en él la semilla de creador de mundos, que floraría en el futuro -y, ¿quién lo sabe?- hasta convertirle en un glorioso representante del parnaso nacional.

Está Protasio, contable pillado in fraganti, que usa mitones y siempre anda escribiendo cifras en retazos de papel. Eleuterio, que vive obesionado con la huída, escapa sobre todo de los sones horrísonos de la guitarra de Baldomero, un gitano del Perchel que sueña con acompañar a un tonadillero famoso por su manifiesto en contra del protagonismo de Eros en los tendidos de la Fiesta. Para Rubén y Nazario, la felicidad tiene bastante que ver con fumarse varios petas seguidos y dedicarse luego a sestear dejando la imaginación en libertad no condicional. Nazario tiene además veleidades artística y sueña con dedicarse al comic y hacerse rico, por ese orden, en cuando le den puerta. Pero Rainiero es el de deseos más refinados. Está enamorado de Violeta desde el día en que la contempló en deshabillé, a través de la rendija de una puerta, el día que entró a robar en el palacete de sus padres. Desde entonces cultiva su intelecto con lecturas francesas, a la espera de pedir su mano en cuanto salga y se pueda comprar un traje de etiqueta. De momento se contenta con mirarla en las revistas de papel cuché.

viernes, 14 de septiembre de 2007

LIDIA

"Estoy viviendo un momento dulce", me dice Lidia, mientras se toma un helado de tres bolas, con su salsita de frambuesa y su canutillo y su paragüitas de papel. Y no se refiere sólo -ni siquiera principalmente- al deleite inmediato de las papilas gustativas. Lidia y yo estamos sentados en una terraza junto al mar. Lidia es bella y joven y serena y quedamos a veces para hablar de la vida y para ver pasar a la gente. Hace meses que no sabía de ella y ahora, mientras se mecen la olas y graznan las gaviotas, me dice que ha encontrado en una editorial el trabajo de su vida. Y también, ay, que ha encontrado a Gustavo. Me habla luego de Gus y de cómo sonríe y de lo mucho que me gustará conocerle. Yo le pregunto por detalles que preferiría no saber, mientras contemplo a los niños que pasan y a un vendedor de globos ladinamente disfrazado de payaso.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

BASILIO

Mi primo Basilio nació más negro que el carbón. El hecho no tendría mayor interés de no concurrir la circunstancia de ser sus padres ejemplares típicos de la etnia caucásica. De hecho a mi tío Rutilio le llamaban en la mili "el alemán" y mi tía Calixta llegó de soltera a las semifinales de Miss rubia con gafas. Mi tío nunca se tragó del todo la explicación oficial de que el niño tenía un lunar que le ocupaba todo el cuerpo. Más bien le sonaba a chiste sacado de las noveluchas que solía leer Calixta. Sin embargo, como hombre sosegado que era, nunca quiso emprender mayores pesquisas. Creció mi primo con el tremendo baldón de ser distinto en una ciudad provinciana de entonces, cuando sólo se veían negros en las pelis de Tarzán y en los cromos de Vida y Color. En la adolescencia, todo el mundo se empeñaba, en las verbenas, en que cantara, bailara y tocara las maracas, cuando él era un soso tan redomado como el más pansinsal de los blancos. Acabó emigrando a Costa de Marfil donde vive feliz con su familia africana. Y es que a veces, ya lo decía Eça de Queiroz, a la novela de la vida hay que hacerle algunas correcciones.

lunes, 10 de septiembre de 2007

FE

Netario y Vera tuvieron tres hijas. Se llevaban poco entre sí y de niñas no destacaron por ninguna cualidad especial. Pasaron los años y cada una fue buscando su lugar en el mundo. Esperanza acabó regentando una administración de lotería. Tuvo suerte, pues repartió un año participaciones del Gordo y se hizo con una clientela fiel e ilusionada . Caridad, salió guapa y adquirió un alto concepto de sí misma. Entró en una agencia de modelos e hizo cine. A veces se apiadaba de algún admirador y le hacía partícipe de sus dones. Pero la vocación de Fe fue la más atípica. Desde muy joven sintió pasión por los buldózer y la maquinaria pesada. Se las apañó para acabar dirigiendo una empresa de movimiento de tierras. Disfrutaba manejando ella misma los monstruos metálicos, con un afán febril que enardecía a los mirones.

domingo, 9 de septiembre de 2007

BENEDICTO

“Benedicto –hijo- nunca vas a misa”, le decía su madre. Y Bene, pacienzudo: “Pero, madre, ya le he dicho mil veces que soy agnóstico”. La escena se repetía cada domingo y fiesta de guardar. La buena mujer era obstinada e impermeable a las palabras raras. Siguió la cosa así hasta que a Bene –como a un Ramón y Cajal de lo piadoso- le llegó el momento del cambio. Y éste fue radical. De la frialdad para con el culto pasó sin transición a la más estricta beatería. Tanto fue así que llegó a lo más alto. Por debajo de Dios, se entiende.

viernes, 7 de septiembre de 2007

SENÉN

Senén iba con el triciclo por la avenida. Era recadero y le gustaba. Pedaleaba contento, le gustaba recibir el aire en la cara, recibir el jornal a fin de mes, no tener que declinar rosa-rosae ni saber las valencias del tantalio. Llevaba en la jaula melones, café, bollos de leche, un saco de patatas, suministros varios. Al fondo, el confín de la ciudad, casas menudas cada vez más dispersas, las montañas nevadas al fondo, casi irreales, como si fuera un decorado. Sobrepasó la verja de doña Augusta y no fue capaz de dar la vuelta. Le podía el frescor del movimiento, la esperanza de un paisaje virginal. “Llego hasta la curva y vuelvo”, se engañó, pero pasó la curva y luego otra y la ciudad quedó atrás. Siguió dando pedales, “hasta que me canse”, pensó. Llegó al límite provincial y se paró a comer un bollo con unas rodajas de embutido. Siguió adelante; con la mercancía incompleta ya no había marcha atrás. Pasó la frontera y el otro lado no era de otro color como en los mapas, ni había rayas ni cruces. Fue vendiendo los víveres que no podía consumir sobre la marcha. Su único fin era rodar y rodar, cada vez más ligero. Pasó puentes y puertos de montaña, se requemó la piel en estepas interminables, atravesó pueblos y grandes urbes. En China utilizó el triciclo como riksaw, transportando mercancías y personas. Con el dinero ganado embarcó en un carguero. Conoció otras tierras. Cruzó otros mares. Un día, bajando un repecho, se encontró de pronto con su ciudad de antaño. Entró en ella por el lado contrario al que salió. Callejeó un rato, hasta que divisó la tienda al final de una calle. Le pareció ver que don Gerardo aún no había bajado la trapa.

SALOMÉ

A Salomé siempre le gustó cantar. Con traje de plumas, de espumillón, de pelitos de avestruz. Canta siempre, en todo momento, en todo lugar. Con su escarola negra, como de Michael Jackson en tiempos de los The Jackson five. Pata de elefante que barrita ante un negro, negro emplumado por querer ser blanco. Vive cantando. Las escarolas no me dejan ver el bosque. Bosque lechoso de sombras. Yo, brote tierno en aquella huerta feraz, bajo el astro de tachundavisión y tortícolis. Sueño con un espacio libre de cabezas. Aunque sea a costa de una poda con alfanje y el camarero pase luego a recoger los frutos en bandeja.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

CELSO

A Celso, le regalaron un reloj de pulsera marca Casio. Fue por su Comunión. Desde entonces su vida estuvo regida por Cronos. Se levantaba con el zumbido del aparato, lo miraba en cada comida, en cada recreo; siempre que subía la escalera, se asomaba a la ventana o se ataba los zapatos. De noche encendía la luz para ver los dígitos bajo las mantas. Ya adolescente, se aprendió el horario de todos los autobuses, el día y la hora de todos los partidos de fútbol y el minuto en que salía por el portal cada chica del barrio. Su primer beso se produjo en el momento correcto, lo mismo el primer coito y su único matrimonio, pues eligió la pareja óptima tras un tiempo adecuado de noviazgo. Todo según la media estadística -ciencia ésta que le subyugaba cada vez más- de la población occidental. Se colocó en una empresa financiera y fue el rey de la previsión y de los pronósticos veraces. “Todo a su tiempo y cada cosa en su momento” fue el lema que repitió toda su vida. La Parca vino cuando era justo y necesario, todo como la seda. Les enterraron juntos a Celso y a Casio, como a Cástor y a Pólux, en la línea que separa el cielo del averno.

martes, 4 de septiembre de 2007

MARTINIANO

Martiniano es el paradigma de la vocación temprana. De muy niño asistió al advenimiento del primer coche de línea al pueblo, lo cual imprimió una marca indeleble en sus meninges. Sus ojos, faros de miel, fueron testigos del chirriar y del polvo, del pararse del monstruo y del descender de gente de su bóveda interior y de su lomo; de cómo Bertoldo levantaba su hocico y le refrescaba con agua de la fuente, del girar de la culebrilla de metal en el morro y del run-run que producía. Desde ese día supo Martiniano que sería chófer.
Sus padres, Sergio y Jocunda, tomaron a broma -sobre todo ella- la precocidad de su retoño. El niño construía vehículos con latas y unas ruedas, transportaba los jichos que venían con el detergente y los iba dejando en paradas que el mismo marcaba en las esquinas del patio. “Ya se le pasará” -decían sus mayores con desdeñosa sorna-, pero llegó el servicio militar y Martiniano volvió con un carné de primera en el bolsillo.
Tras años de ahorro y sacrificio, consiguió comprar su propio autobús, un Pegaso casi desahuciado. Luego la empresa fue creciendo; buscó socios, contrató empleados. Pero seguía de conductor, con la alegría de quien a conseguido el sueño de la infancia. En los sobados asientos de escay se acomodaba una troupe de habituales: Cristóbal, un joven aspirante que admiraba al maestro; Natalia y Julia, señoritas sin empleo fijo; Constantino, minucioso contemplador; Clemente y Mauro, predicadores mutuos y tenaces; Pantaleón, frecuentador de casas de pecado; Arnaldo, muchacho de ideas fijas y obsesivas. Martiniano cantaba alegre en la proa, mientras manejaba con pericia el timón, ajeno a la novela río que, al fuego lento del traqueteo, se iba fraguando a sus espaldas.

lunes, 3 de septiembre de 2007

ANA

Fue desde niña un poco “mística”, que es como llamaban en su pueblo a las chicas raritas, remilgadas y un tanto suyas. Cuando iba por agua a la fuente, no se entretenía con los mozos que mosconeaban por allí en busca de palique, como hacían las demás, ni volvía la cabeza ante las zalamerías que le decían al paso. Hay que decir que la joven era, si no una venus rozagante, sí una mujer agraciada de cara, con ojos negros almendrados, cabello brillante y un perfil juncal que la dotaba de un halo de elegancia inusual en aquellos pagos. Quizás precisamente por su desapego y aparente frialdad, fue creciendo el interés de los chicos de los contornos, que la pretendían uno tras otro con fines más serios que un revolcón urgente. Los sucesivos rechazos provocaron la animadversión de las otras mozas, que sentían herido su amor propio, con lo que Ana se fue quedando aislada.

Acabó refugiándose en la sacristía, donde abrillantaba los objetos litúrgicos, repasaba los hilos de oro de las estolas y almidonaba la ropa del niño Jesús y otros santos de vestir. Le dio por trastear por tabucos polvorientos, donde se apilaban trastos viejos. Un día dio con un san Joaquín solitario, desportillado y triste, con su largo cayado roto y unas palomas en un cesto. Ana se encariñó con él y consiguió que don Olimpio, el párroco, le permitiese adecentarlo y situarlo en la hornacina vacía de uno de los ábsides. Desde entonces dedicó al santo todos sus desvelos. Lo limpió y repintó las partes dañadas, sustituyó su vara por otra entera y hasta dotó de un poco de color a sus mejillas pálidas. “Así está más alegre”, decía. Todos los días cuidaba de adornar al santo con flores y de iluminarlo con lamparillas de aceite y olorosas velas de cera.

Pasaron los años. Al viejo don Olimpio le sucedió don Teódulo y a éste un tal Jacinto, que se compró una vespa y entraba en la cantina. Ana cuidaba a la par a sus padres y al santo. Se fue poco a poco amojamando. Pasó aún más tiempo. Ya anciana, su otrora grácil cuerpo había mermado tanto que era casi de la misma talla que la imagen. Cuando murió la enterraron en un pequeño nicho. El mismo día la hornacina volvió a lucir vacía como antaño.