viernes, 31 de agosto de 2007

TEA

El año que estuvo de aupair en Bracknell fue para Tea un periodo pleno de vivencias gratificantes. El único problema –si así puede llamarse- lo tuvo con su nombre. No había reunión de amigos ni merienda fuera de casa en que no la respondiesen con un sorprendido “Your name is Tea?” a la hora de las presentaciones. La cosa tenía más gracia cuando la concurrencia estaba ante una mesa, con las humeantes tazas ante sí. Luego, la expectación iba creciendo cuando Tea, siempre desenvuelta, les contaba que tenía un tío llamado Primo -“uncle Cousin?”-, y un cuñado que respondía al nombre de Bautista y, lejos de ser sirviente, dirigía un taller de confección para señoras. El colmo fue un día en que, hablando con unos hispanistas aficionados, salió a colación la expresión “Santiago y cierra España”: “closes Spain?”. Y es que se imaginaban un Jack portaestandartes y guerrero, e incluso conocían su metamorfosis en andarín portador de conchas, pero lo de la llave no les cuadraba y tampoco se imaginaban dónde estaba la cerradura de esa España de Benidorm y copas donde nunca se cerraba nada.

A Tea le divertía aquella especie de “Tesis de Nancy” al revés, pero cuando su vida dio de verdad un vuelco aparatoso fue cuando conoció a un chico moreno que trabajaba en la cocina de un hotel. Se llamaba Cristóbal y le descubrió nuevos continentes por consignar aún en el atlas del deseo.

VICENTE

A Vicente le gustaron siempre las multitudes. Desde niño, se acostumbró a acudir sin tardanza a cualquier celebración, desfile o acontecimiento deportivo que aconteciese en su ciudad. Salía en eso a su madre, Niceta, pues Ursicino, su progenitor, era un hombre aquejado de misantropía y vivía recluido en un cuarto interior, donde se dedicaba a escribir interminables cuadernos de letra apretada mientras fumaba sin cesar.

Vicente, acudía pues a fundirse con las masas en compañía de Niceta y de Boris, un niño ruso que vivía en casa desde que lo encontraron perdido y solo –obsérvese la cruel paradoja- en el cogollo mismo de una manifestación a favor de la restauración zarista.

Los tres asistían por igual a partidos de fútbol que a corridas de toros; lo mismo a bodas que a entierros, a carreras de galgos que a asambleas plenarias de comunidades de vecinos. Les encantaban los grandes conciertos, ya fueran del rock más duro y macarra que de los solistas melódicos más almibarados o las cantantes más recauchutadas y venéreas del momento. Gozaban también con las procesiones, las cabalgatas y los bailes de máscaras, con tal de verse rodeados de gentío.

En los mítines mostraban el entusiasmo más sincero y entregado, lo mismo si el líder propugnaba el reparto universal como si abogaba por la ley del más fuerte o el racismo más fiero. Les subyugaban sobre todo las reuniones de testigos de Jehová porque la mera imagen de un Apocalipsis cercano, con el fasto wagneriano de movimientos de masas y trompetas, les erizaba la piel de todo el cuerpo.

El trío se mantuvo activo y armónico durante muchos años. En los últimos, la estampa es la de una pareja de hombres maduros empujando a la vez la silla de ruedas de una anciana. Conocemos los hechos a través de las crónicas de Ursi, halladas entre las ruinas de un hospicio.

martes, 28 de agosto de 2007

BRÍGIDA

A Brígida siempre la llamaron Brigitte. Y es que había nacido en París y además –hablo de cuando yo la conocí- tenía un cierto parecido con BB. Pero, claro ese futurible lo ignoraba Casiano, su padre, cuando recién nacida la fue a inscribir al consulado. “¿Nombre de la niña?: Brigitte Bermúdez, para servirle”, y casi se cuadra el buen hombre ante aquel chupatintas trajeado que –eso él ni lo hubiera sospechado- era conserje, procedía de un pueblo de Soria y se llamaba Laurino.

Brigitte creció y se fue asemejando más y más al ideal que Casiano –en el momento de engendrarla- albergaba en la caverna de su mente. Tenía bellos ojos, un talle grácil y la línea de la vida interrumpida bruscamente en la mitad. Se lo dijo Erundina, una quiromante que leyó su mano adolescente, y ella me lo contó un día en que nos habíamos pirado la clase de Bioquímica.

Brigitte eligió Biología porque –como no- adoraba a los animales en general y a los bebés foca en particular. Gustaba también –de uno en uno y a veces en tandas rotativas de a dos- de algunos afortunados ejemplares de Homo sapiens. Los admiradores se contaban por decenas. Entre ellos estaban Fulgencio e Ildefonso, dos letraheridos que rellenaron no pocos cuadernos con versos nefastos que yo –como un Cyrano redivivo- me sentía obligado a adecentar en mi calidad de presunto entendido en el arte de Erato. El esfuerzo hubiera resultado vano, aún si mis dos compañeros se hubieran atrevido algún día a ofrecer a la dama el fruto esmerado de su numen, pues es de justicia advertir que Brigitte no leía mucho; más bien nada, si excluimos prospectos de cosmética y los apuntes algunas vísperas de examen.

Transcurrieron varios años de esos que, desde el altozano de la madurez, calificaríamos de felices. Acabamos la carrera y partimos hacia ciudades diferentes. Perdí su pista. Me quedé sin saber que pasó con la línea tronzada de su vida.

viernes, 24 de agosto de 2007

MAGDALENA

A Hilario, Magdalena le recordó de golpe un pasado remoto dado ya por perdido. La encontró una mañana, sentada frente a él a la hora del desayuno, y experimentó, en ese mismo instante, la sensación de estar bajo las mantas, esperando el beso de buenas noches de su madre. Ella –se enteró después- había llegado en el tren de madrugada para quedarse a vivir en la pensión durante no sabía aún cuánto tiempo.

Magdalena era joven, con pelo largo de valquiria y unos ojos claros que a Hilario le parecían puros como dos lagos en un paisaje idílico. Hablaba poco, pero escuchaba atentamente, como si su interlocutor fuese para ella alguien muy especial. Hilario le fue contando, en los siguientes desayunos, algunos pasajes de su vida; eran cosas de esas que no interesan a nadie, a excepción de una madre, una amante o un amigo íntimo con dos copas de más. Magdalena le miraba con dulzura mientras untaba con eficiencia germana sus tostadas.

A Hilario se le veía feliz. Ya no era aquel hombre taciturno y malpensado de unos meses antes. La arruga de su entrecejo, ésa donde anidaban los malos pensamientos, se le había atenuado. Incluso canturreaba –algo impensable antes- en el baño.

Pero un día Magdalena no acudió a la hora del desayuno. Hilario no preguntó nada. Sabía que el día había de llegar más pronto que tarde. Cuentan que un rictus de amargura le cruzó el semblante. No sabemos con certeza lo que fue de su vida en adelante. Algunos dicen que se arrojó ese mismo día por la ventana del patio interior; otros, que vivió el resto de su vida en anhelante búsqueda. Incluso hay quienes le atribuyen una magna obra en varios tomos, donde cuenta con minuciosidad de orfebre los vericuetos más inanes de su vida interior.

jueves, 23 de agosto de 2007

LONGINOS

Hijo único de un relojero, Longinos rehuyó desde la infancia recoger el testigo de la profesión, a pesar de la insistencia recalcitrante de su padre. La consciencia permanente del transcurso del tiempo se le hacía insoportable. Obligado a quedar una tarde al cargo del taller, la dedicó a desprender las agujas de todas las esferas y amontonarlas en un cajón. Fue la ruptura definitiva con su destino, para amargura y desespero de su progenitor.

Estudió Historia del Arte mientras repartía pizzas para pagarse la pensión. Comía con las propinas y los bocadillos que le daban los turistas a cambio de sus servicios de guía ameno y documentado. Pronto destacó en iconografía y comenzó una tesis sobre las figuras portadoras de lanza, como San Miguel, San Jorge y el centurión que alancea el costado de Cristo. Obtuvo una beca y viajó a diversos países. El objeto de su estudio acabó siendo para él una obsesión. Fotografió miles de figuras, midió el grado de inclinación de las lanzas, estableció teorías basadas en las funciones trigonométricas resultantes. Procesando las imágenes en una computadora, observó que indicaban puntos relacionados con corrientes magnéticas del subsuelo o bien determinados movimientos celestes, según las coordenadas geográficas del punto en que estuvieran situadas. Acabó siendo célebre y escribió algún libro de éxito en el ámbito de lo paranormal.

Un buen día se dio cuenta de que su ruptura con el destino no había sido tan definitiva. Como un astro arrepentido, regresó al punto en que había quebrado la disciplina de la órbita. Su padre, casi ciego, seguía atareado bajo la lámpara, y se encajaba la lupa de relojero en un ojo y en otro, alternativamente. Longinos buscó la caja llena de lancitas de varios tamaños y se puso a situarlas por parejas en distintas esferas. Pasó así la tarde, mientras el viejo fingía no darse cuenta.

martes, 21 de agosto de 2007

ELISA

... Y ya fuiste siempre “Elisa, vida mía”. Entonces nos gustaba el cine “de autor”, ¿te acuerdas? Íbamos los domingos al salón de actos de un colegio de frailes, frío y desangelado, donde proyectaban a Bergman y a Antonioni , a la Cavani, a Herzog y otros impronunciables del “nuevo cine alemán”. Soportábamos unos subtítulos ilegibles como hileras de hormigas, arrebujados en nuestros gabanes, con los cuellos levantados. Luego salía un joven con barba y gafas de montura gruesa y se ponía a sonsacar opiniones a la concurrencia. Yo vencía a veces mi natural timidez y hacía algún comentario en voz alta. Hablaba del “silencio de Dios” o del “nihilismo” de tal o cual personaje, una palabreja que entonces vestía mucho. Todo era para impresionarte, ahora puedo decirlo, Elisa...vida mía.

jueves, 16 de agosto de 2007

ARSENIO

Arsenio sentía ya de niño la necesidad del ensimismamiento. Asomado a la ventana, pasaba las horas muertas fantaseando mientras observaba el ir y venir de los vecinos, las evoluciones de los vencejos y el engañoso estatismo de las nubes orondas y distantes.

La adultez y las obligaciones atemperaron su desviación sólo lo imprescindible. Buscó un trabajo rutinario, se casó y tuvo hijos, pero le seguía acuciando la imperiosa necesidad de estar consigo en comunión secreta. No ahorraba esfuerzos para robar instantes preciosos a sus obligaciones con tal de tener su dosis de aislamiento, lo que por otra parte le producía cierto culposo desasosiego.

Le vemos ahora mismo observar arrobado una fila de estandartes, de grímpolas, lábaros o gallardetes que flamean a lo lejos. Arsenio tiene no poco remanente léxico, no en vano sigue cultivando en pleno siglo XXI el nefando y trasnochado vicio de leer. Su mente vuela de las banderolas a los libros de historia, de ahí a sus juegos bélicos de infancia, desembocando en las panorámicas grandiosas del Ran de Kurosawa.

Arsenio se siente a menudo protagonista de novela; no un Zalacaín precisamente, sino uno de esos hombres grises, de gabardina parda y andar triste que pueblan notables extensiones de los territorios de ficción. Si pudiéramos penetrar en este mismo instante en su interior, le encontraríamos, por ejemplo, escindido entre Bernardo Soares y Mersault, con un punto del Samsa oficinista antes del cambio.

Dejémosle a solas con sus divagaciones, no vaya a inquietarse. Si volvemos dentro de unos años, quizás ya no estén los anuncios –eso son precisamente las banderas- que publicitan las nuevas construcciones. Arsenio mirará entonces los muros, las ventanas y los grajos posados en las tejas. Se sentirá quizás Ulrich o Leopold Bloom o quizás ya no se sienta nada.

martes, 14 de agosto de 2007

BRUNO

Bruno está sentado en el catre, sus brazos rodeando las rodillas, la cabeza gacha, componiendo la clásica estampa del desamparo. Una mosca le circunda, hace amago de posarse en su nuca rapada, luego en la clavícula, quizás ahora en una oreja. “No voy a moverme, que contemplen mi pasividad y mi inocencia”, piensa rememorando al Norman Bates de Hitchcock, mientras la leyenda “amor de madre” se desdibuja en la piel de un bíceps sacudido por un breve temblor.
Tras la mirilla de la celda de aislamiento, dos vigilantes comentan las últimas noticias del Tour con ánimo cansino.

Bruno es, a su manera, un ilustrado. Fue bien en los estudios hasta que las malas compañías emponzoñaron su camino. La cosa empezó por robar aquella farmacia y luego ya vinieron las peleas y los ajustes de cuentas. Al final se cargaron a aquel pringao de Julián “el francés”, por un quítame ahí unas papelinas, y acabaron todos en la trena. Pero Bruno tiene su cultura y en la cárcel el tiempo cunde, así que anda todo el día con un libro de Nietzsche bajo el brazo. Sale al patio y se pone a leer, sentado en el banco corrido del fondo, mientras otros juegan al frontón o relatan bellaquerías y fantasmadas de su vida anterior. Bruno es de los duros y, en la galería, el filósofo del anticristo produce respeto. Una lectura así se puede perdonar en un lector bien macho.

Pero tuvo que venir Leoncio a joderlo todo. Leoncio, el jodido imbécil –y vemos a Bruno, entre las cabezas de los guardias, con un rictus de amargura en los labios-. Todo por querer hacerse el hombrecito, todo por ese afán de rebajar mi cota de prestigio. Desde que empezamos a compartir chabolo no cejó un minuto en una guerra idiota por ocupar mi estatus de líder ante el grupo. Yo no quería, lo juro por mi madre –y mira Bruno la mosca en su bíceps, que se frota las patas meticulosamente sobre el rojo corazón en llamas-. Pero cuando arrancó las pastas de mi libro ante todos, no tuve más remedio que morderle en la yugular hasta matarle. Menos mal que el río de sangre y el jaleo consiguieron ocultar que, debajo de un simulado Así habló Zaratustra, estaba en realidad Paulo Coelho. Hubiera sido una catástrofe.

miércoles, 8 de agosto de 2007

GENEROSA

Siempre “se crió muy bien”, a decir de Humildad, su madre, que la había tenido de soltera con un mozón orondo que vino por el pueblo cuando pusieron el teléfono y se fue con las últimas golondrinas que se posaban en los cables. Humildad era tan poca cosa que siempre se había sentido acomplejada. Así es que se dedicó con ahínco a nutrir a un bebé ya de por sí rollizo por herencia paterna.

Le llegó a Generosa la edad del desarrollo y se convirtió en una chica hermosa, eso sí, en el sentido más rubensiano, si se nos permite el neologismo. De buenas ancas y amplias caderas, sus pechos coronaban con estrépito la ondulada orografía de sus lorzas. Una cara redonda, de mejillas coloradas y boquita de piñón, completaban la estampa. Todo un éxito para una madre con las huellas aún de una infancia de hambre. Sólo que en el ínterin las veleidades de la moda habían cambiado. Tuvo la culpa una tal Twiggy, cuya extrema delgadez y sus pestañas postizas, recorrieron el mundo a lomos de las pantallas de la televisión.
Todo el gozo de Humildad en el pozo del aciago destino. Ella auguraba una buena boda, con un hombre cabal y situado. Pero Geni, con su cara de muñeca y su aspecto saludable y maternal, se veía rechazada por los mozos en el baile y pasaba los sábados viendo en la tele programas musicales.

Estuvo a punto de cometer la atrocidad de adelgazar, de someterse a un régimen feroz, de sacrificar su personalidad y su salud a un ideal espurio. Pero llegó Benigno a despedirse de unos familiares, antes de ocupar su plaza de intérprete en Ginebra, y se enamoró a primera vista. No en vano había pasado la adolescencia rindiendo culto a Onán mientras miraba en el libro de Sociales la ilustración de Las tres gracias.

lunes, 6 de agosto de 2007

FAUSTO

A Fausto un día se le apareció su casero y le propuso un trato. Fausto –es preciso que el lector lo sepa- estaba divorciado con hijos y la parte del sueldo que le quedaba apenas le daba para malcomer, así que estaba al borde del deshaucio por impago. Justiniano, que así se llamaba el dueño del inmueble, le dijo: “Podrás vivir aquí, sin pagar un duro, el tiempo que quieras, pero a cambio no podrás negarte a hacerme un gran favor cuando yo te lo pida”. A Fausto apenas le quedaba alternativa, así es que se comprometió formalmente ante dos copas de aguardiente que vaciaron al unísono.

Justiniano desapareció como había llegado y no se supo más de él en años. Fausto, liberado de su obligación mensual, vivía contento y gastaba en vicios el dinero sin contención alguna. Sobre todo a partir del accidente de avión en que desapareció su familia y, con ella, las apreturas pecuniarias que tanto le agobiaban.

Fausto vivía al día y sin pensar en nada que no fuese su trabajo en el ministerio y traerse a la cama una linda chica siempre que podía. No le era difícil, pues su físico era atractivo y no se desvirtuaba con el paso del tiempo, sino casi al contrario, adquiría una pátina de belleza clásica semejante al de algunos apolos del Museo de Historia. Fueron años de dulce desenfreno, ensombrecidos sólo de vez en cuando por el pálpito de que pudiese volver Justiniano con su misteriosa exigencia. Nunca ocurrió. Todo siguió igual durante tantos años que Fausto se acabó suicidando de puro aburrimiento.

DAVID

El hecho de que David tuviese un retraso en el crecimiento, provocaba que sus compañeros más altos le amargaran la vida con chanzas y empellones. Los peores eran Máximo y Zenón, que eran los más corpulentos. Le perseguían por el patio y cuando le atrapaban, se divertían dándole vueltas como a un trompo y tirándole de las orejas. David intentaba defenderse a pedradas, desde lejos, pero tenía tan mala puntería que, más de una vez, acabó rompiendo los cristales de la escuela, con consecuencias aún más adversas para su integridad. Así es que a David sólo le quedaba la vaga esperanza de una venganza ejemplar. Ciego de ira les espetaba a sus enemigos: “¡Ya veréis cuando crezca, bellacos!”, con las consiguientes risotadas de agresores y concurrencia.

Pasaron varios años y todo seguía igual, pero al cumplir los diecinueve, David tuvo de pronto el estirón que no había tenido en su momento. Trabajó de mensajero y, con los ahorros, se compró una Honda de gran cilindrada. A lomos de su moto y enfundado en una chupa de cuero, patrullaba por las noches en busca de sus antiguos agresores; pero ellos debían haber cambiado de barrio o de ciudad o sencillamente se escondían, porque nunca les vio. Mientras, se dedicaba a buscar pendencia y a zurrar a algún infeliz que se cruzaba en su camino. Más que nada por irse entrenando.

CATALINA

Lo de Avenancio podría parecer un chiste, pero el caso es que cuando a Basino, su padre, le preguntaron en el Ayuntamiento cómo quería poner a la criatura, él se puso nervioso y tartamudeó A-a-a...venancio, y así quedó escrito en los papeles para siempre. Avenancio conoció mujer, llegado el tiempo, y tuvo a su vez dos hijos, Catalina y Onésimo.

Catalina era, desde pequeña, poco dada a jugar con muñecas y las otras zarandajas que solían entretener a sus amigas. Sin embargo, en cuanto compraron a su hermano una bici de carreras, con la intención de que desarrollara su mermado físico, se aficionó de tal modo a ella que ya no quiso saber nada de otra cosa. Onésimo la dejó hacer, pues estaba llamado a más altos destinos.

Catalina empezó compitiendo en carreras locales y acabó en figura comarcal del mundo del pedal. Lo peor fue que la vetaran en el campeonato regional por su condición de mujer. Desengañada, emigró a Ginebra y se empleó en la industria relojera. Acabó descuartizada en un accidente laboral trágicamente célebre, que dio lugar a enconadas algaradas callejeras.

SARA

Sara era la dueña de una carbonería de barrio, con las funciones añadidas de locutorio telefónico y punto de reunión. Allí solían juntarse las comadres, mientras cocían a fuego lento los garbanzos y los burros de las lecheras roznaban en la sombra. Sobre la una, cuando estaban a punto de salir los maridos del trabajo, se levantaban y corrían como una bandada de avefrías, agitando sus mandiles en el aire.

Sara había pasado ya de los setenta. Su vida no había sido fácil. Había tenido a su hija Clelia de soltera y eso, entonces, trastornaba la vida de cualquiera. Por suerte había encontrado a Cleto, un minero viudo que la puso el negocio, del que a su vez había enviudado ya hacía tiempo.

En el barrio se comentaba en aquellos días el caso de Abraham, un vecino que buscaba a una Sara para tener un hijo. Un día lo comentó Anacleto, un cobrador de deudas pertinaces que utilizaba a veces el teléfono para ir ablandando a sus víctimas con amenazas veladas: “Abraham anda buscando una Sara para preñarla”, dijo al desgaire, como sin darlo ninguna importancia. Sara desapareció en la negrura profunda del almacén y salió al rato, con la escopeta de balines de su nieto cargada. “Por si las moscas”, dijo sencillamente.

MARCIANA

Marciana era rara. “Más rara que una ceranda” decía siempre la tía Epifania, la del herrero. Y no es que tuviera su piel color verdoso, ni sus orejas forma abocinada, no, nada de eso, que la moza era galana y bien plantada, con buenas pantorrillas y busto firme y mirada despierta. Más bien era su manera de obrar lo que extrañaba, pues Marciana apenas iba al baile y, cuando iba, se pasaba todo el rato sentada, mirando unas veces a Teodoro tocar y otras a la fila de madreñas de la entrada.

Marciana solía pasear sola por la carretera, mirando al cielo, como esperando algo. La gente le tomaba el pelo con frases referidas a la meteorología y ella apenas contestaba con un “ya...” o un “no me digas”. Iba todos los días a la estación a la hora del correo y, a veces, regresaba con un misterioso paquete bajo el brazo. Algunos decían que eran libros, porque solían verla leyendo mientras cuidaba la única vaca de sus padres, en el prado de cerca del arroyo.

Como había de ocurrir, Marciana tomó un día el tren y no se supo más de ella. Unos decían que había ido a servir a la ciudad, otros que a encontrarse con un amante misterioso, aquel quizás que le mandaba los paquetes. Un día, Paulino hizo correr la maliciosa novedad de haberla visto en un bar de mala nota. Sus padres, mientras tanto, iban ganando en canas y en angustia. A veces se les veía mirando al cielo, a la hora del Ángelus, buscando quizás alguna señal o algún vestigio.

ABUNDIO

Abundio era más listo que el hambre. Y no es que fuera muy bien en el colegio que digamos, todo lo contrario, que don Sabino le tenía un día sí y otro también de rodillas y con las orejas de burro en la cabeza. Las artes de Abundio empezaban a hacerse notar en el recreo, donde era un lince con las canicas y un jugador de ventaja canjeando cromos y tebeos.

Pasó el tiempo y, a la hora de la herencia, se apañó para hacerse con las mejores fincas, lás más próximas al canal de riego. Fundó una cooperativa y se quedó siempre con la mejor parte, a la vez que ejercía de líder esforzado y héroe de la causa agraria. Su lema fue siempre arrimarse al poderoso, halagar al igual y engañar sin reparos de conciencia al infeliz y al demasiado escrupuloso. Con este mecanismo bien engrasado, consiguió colocarse poco a poco en el estrato social de los elegidos, sobre todo a partir de su casamiento con Pelagia, hija única de don Sidronio, el dueño de la panificadora.

Su meteórica carrera despertaba admiración entre sus conciudadanos. Hasta Plácido, alumno ejemplar y ahora simple empleado de banca, envidiaba su suerte. En la comarca se acuñó la frase “ser más listo que abundio”, que se aplicaba a todo aquel que realizaba un acto pecuniariamente meritorio. Vivió Abundio muchos años y tuvo abundantísimos discípulos.

VIDAL

Vidal fue siempre un amante convencido de Natura. Ya de niño se afilió un club de boy scouts. Pronto sus padres le suscribieron al National Geographic. Aprendió enseguida a clasificar la basura en un número inimaginable de categorías. Ahorraba energía y era un acérrimo perseguidor de fumadores y otros cultivadores de hábitos nocivos.

Se casó con Justa y tuvieron un hijo y una hija. Formaron una familia sana y feliz, que seguía todas las recomendaciones de la OMS. Consumían productos ecológicos y mantenían su peso en el percentil preciso y necesario. Por supuesto daban grandes caminatas por el campo y se sentían en comunión con el medio natural. Cuando hacía mal tiempo adoraban ver juntos los documentales de flora y fauna de la tele.

Tenían todas las papeletas en su mano para haber vivido largos años en armonía vital. Pero quisieron los hados que, estando merendando en un pinar, cayera un rayo y perecieran todos en las llamas. Todo fue muy natural, una nube cargada, una chispa, y una combustión de los cuerpos que los convirtió en ceniza en poco tiempo. Una ceniza rica en fósforo y nutrientes que la naturaleza aprovechó con eficacia y desdén.