jueves, 26 de julio de 2007

PONCIANO

Era de los niños que se lavaban las manos sin mandárselo, lo cual causaba admiración entre los mayores y burlas y recelo entre los de su edad. De lavarse antes de cada comida, pasó a hacerlo también después y siempre que cogía cualquier objeto, por limpio que estuviese. Durante su época de universitario, sus compañeros de piso se quejaban de que se pasaba la vida en el cuarto de baño. En su noche de bodas, encontró a su esposa dormida, cuando volvió a la habitación, tras hora y cuarto, después de sus escrupulosas abluciones vespertinas.

Con el tiempo la cosa fue a peor. Acabó perdiendo el trabajo, pues apenas le daba la mano un cliente corría sin disimulo al lavabo más cercano. Su mujer le dejó ante la ansiedad creciente que él sentía en cuanto se acercaba. Sus amigos empezaron a rehuirle, pues les hacía sentirse impuros. Acabó viviendo con su madre, la única persona que, lejos de criticar sus hábitos de higiene, aún le recordaba a veces que se lavase bien detrás de las orejas.

SUNIVA

Sus padres estaban hartos de Yasminas y Vanessas en su entorno, así que echaron mano de un viejo misal de pastas de cuero y cintas de colores. Allí fue donde dieron con Suniva. Fue un acierto de cara a su futuro. En cuanto se la presentaron a Edgar, en su puesta de largo, éste dijo: “tienes nombre de sociedad anónima”. Y así fue como, por capricho, Edgar – un rico heredero, hasta entonces derrochador y bebedor impenitente- dedicó parte de su fortuna a montar, con su reciente esposa, la mayor empresa hasta la fecha de energías alternativas. Fue un éxito y vivieron felices muchos años.

FERMÍN

La vida de Fermín siempre fue una encrucijada, un debatirse en la duda, un combate denodado entre dos sentires contrapuestos. Fermín era chófer al servicio de don Germán, poeta y periodista de renombre. Con él recorría la provincia persiguiendo vestigios de antiguas tradiciones. Fermín, amén de auriga, ejercía de ayudante de campo y centurión de la celebridad local. Se le daba bien el trato con las clases populares y propiciaba las entrevistas con los ancianos lugareños.

Fermín era servicial hasta la médula y se desvivía por su señor. Llevaba junto a él muchos años y no se hubiera perdonado la menor desavenencia. Fermín no tenía firmes convicciones sobre nada, por lo que sus opiniones eran las de don Germán. Tanto en la política, como en moral no le costaba adscribirse totalmente a las ideas del prócer. Incluso en cuanto al balompié tenía a orgullo defender los mismos colores. Entonces, ante este panorama de fe y sumisión,
¿dónde estaba el combate, dónde la duda? Ni más ni menos que en la pasión irrefrenable de Fermín por la Fiesta Nacional, pues don Germán era un furibundo y combativo antitaurino.

Fermín había sido de joven maletilla. Tenía un pasado oculto, en otras tierras, de carreras, revolcones y alguna becerrada. Ese era su drama y su pecado. Con esa pasión guardada a cal y canto iba muriendo lentamente el yo más verdadero de Fermín.

lunes, 23 de julio de 2007

MATILDE

Cuando era niña, su padre había venido un día a casa con uno de aquellos aparatos de madera barnizada y botones nacarados. Lo había enchufado en la única toma de corriente de la casa y se habían encendido unas luces misteriosas, a la vez que emergían chirridos penetrantes. Matilde seguía estas operaciones con los ojos como platos. Por fin, habían surgido, a través del cuadradito de tela, las notas musicales de una canción de moda, mezclada a rachas con las llamadas incomprensibles de un almuédano. Desde entonces Matilde amó la radio. Cuando no estaba puesta, la observaba entronizada en su peana, bajo los volantes de su funda de flores, como si de una imagen sagrada se tratase.

Llegaba la tarde y su padre retiraba la tela con una reverencia casi impúdica. Emergía la radio y luego aquellas voces lejanas, que cambiaban a mediada que se avanzaba con la rueda, atravesando los nombres de ciudades extrañas.

Pasó el tiempo. Matilde se casó y se fue a la ciudad. Gervasio, su marido era viajante de cosméticos y pasaba muchos días fuera de casa. Sola, entre muebles recién comprados, Matilde se entregaba sin tasa a su pasión predilecta. En cuanto aparecieron los primeros transistores, compró uno y salía con él a la compra y al paseo.

Todo iba bien hasta que empezó a oir aquellas voces. Se dirigían a ella por su nombre y la reconvenían. Primero era en un punto determinado del dial y Matilde podía huir de aquellos desatinos moviendo la rueda. Pero luego la infección se fue extendiendo hasta cubrirlo todo y ya no hubo escapatoria.

ABEL

Abel nació casi a la vez que un hermano mellizo, pero éste no se llamó Caín. Primero, porque nadie pone a un hijo así a pesar de que, mal o bien, sea uno de nuestros ascendientes y padres fundadores de la especie. Segundo, porque no estaba entre los santos del día y ésa era una condición sine cuanum para don Porciano, el párroco del pueblo. Así es que Cirila y Fulberto eligieron para el segundo vástago el nombre de Atanasio.

Quiso la suerte que Abel se convirtiera, andando el tiempo, en un gran empresario, propietario de minas y medios de trasporte. Su hermano Atanasio se hizo médico y –cosas de la vida-, acabó trabajando como tal en la empresa de su hermano.

Abel se dejó corromper por el dinero. Era déspota y estirado, exigía mucho y pagaba mal. Atanasio escuchaba las amargas diatribas de los silicosos que pasaban por la consulta y las quejas de las familias, arruinadas y llenas de deudas. Tanis era de buen corazón y todo eso le dolía. Le afectó sobre todo el enterarse de que en el pueblo le llamaban “el hermano de Caín”. Eso aceleró su marcha de aquel valle tenebroso.

Abrió consulta en la ciudad y le fue bien. Sus buenas artes y un carácter afable consiguieron que aumentara la clientela en pocos años. Con sus ahorros levantó una clínica moderna y luminosa. Allí trataron sus dolencias banqueros y traficantes; artistas del cinema y especuladores de suelo. Todos eran bellos y simpáticos y le mostraban constantes muestras de agradecimiento. Atanasio consideró siempre un acierto providencial haberse dado cuenta a tiempo de aquel lento pero paulatino hundimiento en los infiernos.

BERTA

Nadie supo nunca cual era el nombre real de Berta, pues se negaba a declararlo, incluso a sus amigas más íntimas. Éstas especulaban con posibilidades como Filiberta, Humberta, Eriberta, Bertolda y otros parecidos. Eran las más intrigadas Tita, en el Registro Civil Lucrecia; Santita, de nombre verdadero María de la Fuensanta y Salta, Exaltación de la Santa Cruz en los papeles.

Durante muchos años, las cuatro pasearon a diario cogidas del brazo por parejas alternas. A veces Berta con Santita, otras Salta con Tita, así hasta agotar las combinaciones de cuatro tomadas dos a dos. En vacaciones visitaban países exóticos por los que seguían paseando del bracete. Nunca discutieron ni se disgustaron entre sí. Nunca pelearon por un presunto pretendiente. Nunca se casaron.

Todas fueron muriendo a su debido tiempo. Primero Santita, luego Salta y al poco tiempo Tita. Todas a una edad no prematura, pero tampoco excesivamente avanzada. Todas tras una hospitalización lo suficientemente larga para ser visitadas, al menos una vez, por vecinos y conocidos. Todas de enfermedades normales y bien vistas por la sociedad.

Quedó sola Berta. Nadie supo nunca que se llamaba Berta, simplemente Berta. Murió la última sólo para evitar que sus amigas desvelaran en la esquela un misterio inexistente.

AMABLE

A Amable nunca se le dio bien el trato con las personas. Era arisco y violento desde niño. Una desconfianza íntima hacia sus semejantes le impedía comportarse con ellos con dulzura; antes bien se mostraba grosero incluso con aquellas personas a las que apreciaba sinceramente. El maestro, por mantenerle ocupado, dio en encargarle el cuidado de las plantas que crecían en los alféizares. Cuando vino don Eulogio, en su anual visita de inspección, se fijó en el buen aspecto de los claveles de los tiestos y preguntó quién los atendía. Aunque Amable torció el gesto ante los plácemes, en su interior se sintió agradecido. Este fue el hecho que encauzó su vida.

Encontró un empleo de jardinero en cuanto acabó en el instituto. Fue feliz regando el césped, hornando con pensamientos malvas y amarillos los parterres o podando los tilos de los parques. Eso sí, gruñía como una bestia del averno si un niño osaba pisar lo más mínimo el borde de la hierba. Los jubilados que criticaban a sus hijos y nueras en los bancos, detestaban sus malas maneras y sus gritos. A los novios, no dudaba en rociarles con los aspersores, simulando descuido, si notaba que se amartelaban demasiado a la hora crepuscular en que tenía instrucciones de cerrar el recinto.

Así fue Amable pasando su vida, en un caserón que rellenó de tiestos y de trastos que suplieran la compañía de las personas. Nunca tuvo visitas ni, por supuesto, una mujer que soportara su talante avinagrado. Murió sólo y apenas fueron al funeral algunos compañeros y las cuatro beatas que van a todos por costumbre. Lo enterraron en tierra y sin losa, por expreso deseo testamentario.

FÉLIX

Félix era ágil y despierto. Es lo primero que viene a la mente de cualquiera, cuando recuerda a aquel joven menudo que, lo mismo subía por el mayo hasta la punta, como te arreglaba un transistor.

Félix amaba la noche. Era capaz de pescar truchas a mano en la poza de a una legua río abajo, de buscar entre zarzas el cordero perdido, de rondar a alguna viuda solitaria, y –después de todas esas correrías al amparo de las sombras-amanecer dispuesto a descargar pacas de hierba con tanto arte como el que más.

Era un artista, Félix. Se lo decía siempre Urbano, el cantinero, y Félix le miraba con sus ojos brillantes, de pupila profunda e iris chispeante. No tenía rival en los juegos de cartas, pues daba la impresión de ver a través del envés historiado de los naipes; además era atrevido y tenía una retentiva prodigiosa. En las peleas – a menudo surgían pendencias de deudas o de amores-, Félix se defendía con eficacia, pues, con tal de tener una pared que le cubriera las espaldas, era capaz de enfrentarse a hasta cinco enemigos a la vez.

Todos admiraban las virtudes de Félix y envidiaban su capacidad para sobrevivir a situaciones de peligro. Por seis veces había estado al borde de la muerte y siempre había sabido salir a flote. Por eso, todos lloraron cuando un mastín lo tronzó el cuello, una noche, cuando merodeaba por el molino, al olor de una hembra.

SIMEÓN

Simeón, en cuanto se enfadaba, se subía al lugar más alto que encontraba y era capaz de permanecer allí en pie y sin comida durante horas y hasta días si nadie ponía remedio. Lo mismo se subía al tejado como a un altozano, a un edificio en construcción o al pretil de un puente.

Sus padres y hermanos procuraban no enojarle, haciendo esfuerzos ímprobos a veces, por miedo a tener que ir a suplicarle en plena noche o, como ocurrió en una ocasión, verse obligados a llamar a los bomberos. Sin embargo, siempre había malandrines como Pelayo, que se dedicaba a zaherirle con la sola intención de divertirse con sus espantadas.

Pero los rasgos de carácter, aún los más acendrados, no tienen por qué ser definitivos. Simeón fue creciendo en madurez y en estatura. Sublimó sus pulsiones escapistas y estudió economía en una Escuela Superior de renombre. Encontró trabajo en la banca y fue ascendiendo paulatinamente. Acabó trabajando en el piso noventa de un edificio en Singapur. Allí toma importantes decisiones sobre los mortales que habitamos más abajo. Está solo y, a menudo, enfadado.

sábado, 21 de julio de 2007

LUCINA

Lucina era “pequeñina y galana” como la Vírgen de aquellos lugares húmedos y feraces, tan distintos al secarral donde había nacido. Estuvo por allí de joven, visitando a una tía enferma, y ya nunca olvidó las verdes praderas, las hermosas pomaradas y la amabilidad de las personas. De hecho, aunque volvió al cabo de tres semanas a su terruño de toda la vida, vivió siempre con la esperanza del regreso.

Casó pronto con Cayo y tuvo cinco hijos, que la ataron definitivamente a los áridos campos de centeno, a las peras de invierno y las noches recosiendo ropa frente a los rescoldos de la lumbre. Cayo no era ni bueno ni malo, se limitaba a cuidar de los jatos, arar o sembrar según la temporada y echar unas manos de tute en lo de Marciano, los domingos. El tiempo fue pasando, murió un hijo, la mayor se hizo monja, despechada por un arriero tarambana. Cayo y Lucina prosiguieron luchando con la vida largos años; rogando la lluvia en las largas sequías, sufriendo las plagas y espantando el granizo con conjuros inútiles.

Un día Cayo murió, sacando agua del pozo. Vinieron los hijos aún vivos y sus familias al entierro. Lucina asistió a las exequias de verde riguroso, incluidas las medias y el pañuelo. Era un intenso verde prado que levantó olas de incomprensión y escándalo entre los deudos y vecinos.

PEDRO

Desde niño sintió la pulsión irrefrenable de lanzarse de cabeza a favor de la gravedad, o sea, en dirección exacta al centro de la Tierra. Al principio, sus caídas se veían entre sus allegados como cosa propia de la edad. Lo malo fue que el mal persistió, e incluso se hizo más severo, con el paso de los años. Llegó un momento en que Pedro era incapaz de asomarse a una ventana, o acercarse al hueco de una escalera, sin sentir un impulso irrefrenable de lanzarse al vacío. Tras muchos y desagradables incidentes, su familia decidió ingresarlo en una institución dedicada al cuidado de personas con formas alternativas de conducta. Allí lo alojaron en una habitación acolchada y sin ventanas, que lo protegiese de si mismo. Por otra parte, a instancias de un vecino procurador con ganas de clientela, iniciaron acciones legales contra don Isaac Newton.

BENIGNO

Benigno hubiera sido un bendito si no es por lo de aquellas voces. No se sabe cuando empezó a escucharlas dentro de su cabeza. Lo cierto es que, sobre los ocho o nueve años, estaba subido con Reinaldo en el pretil del puente viejo y le dio de repente por empujarle. Salvó por los pelos, que tenía crecidos y sirvieron de asidero a Ireneo para arrastrarle hasta la orilla. Benigno sólo supo decir en su defensa que se lo habían ordenado “las voces”, así lo dijo, con artículo determinado, como si fueran antíguas conocidas.

Lo mismo adujo cuando casi estrangula a Alicia en el pajar de Basílides o, más adelante, cuando arremetió contra Sergio a lomos de un vespino, quebrándole cuatro costillas. El caso es que nadie se atrevía a tomar una determinación en su contra, por un temor supersticioso hacia lo ignoto.

Fue don Marcelo, el nuevo párroco, quien decidió intentar un exorcismo que liberara al pueblo y al propio Beni del Maligno, que era sin duda –según su convicción más absoluta- el causante de todo. Benigno aceptó de inmediato, pues detestaba perpetrar maldades. Pero su otro yo no estaba tan de acuerdo. Bramó y lanzó esputos en cuanto el cura le asperjó con las primeras bendiciones. En cuanto a los latines, los combatió con historiadas blasfemias en idiomas extraños que ni siquiera conocía de lejos.

La lucha duró seis largos días, con todo el pueblo pendiente de las levitaciones, los golpes y los gritos estertóreos. Al séptimo, don Marcelo, salió desencajado de la pieza e intentó agredir con el hisopo a un concejal conservador. Tuvieron que encerrarle. Benigno en cambio estaba calmo y sonriente. Con constancia y la mediación de un primo conserje, acabó de intérprete en la ONU.

LADISLAO

A Ladislao lo que más le gustaba en la vida era dar patadas a un balón. Lo segundo, ir al cine. En cuanto salía del colegio, se juntaba con otros arapiezos, improvisaban unas porterías y organizaban un partido que duraba hasta que las madres empezaban a llamarles por las ventanas, ya iluminadas, conformando un coro de voces variopintas, como de pieza de género chico o película neorrealista.

Los domingos, con sus americanas heredadas y el pelo bien engominado, asistían a la sesión de las cinco del Bienvenido Gran Cinema. Era un salón de lujo venido a menos, con butacas abatibles de madera y cortinas de terciopelo repelado. Siempre echaban, antes de la película, un documental en blanco y negro donde solían aparecer las jugadas culminantes de un partido de fútbol pretérito. Los chicos aplaudían a rabiar los goles, como si estuvieran en vivo y en directo. Luego se enfrascaban en el tecnicolor de tiros a mansalva y besos censurados.
Llegó una edad, terminada la reválida, en que Ladis tenía que elegir entre las dos grandes vocaciones de su vida. Como futbolista, no tenía ni la estatura ni la maña suficientes, como bien se ocupó de ponerle de manifiesto su tío Cirilo, preocupado por el porvenir económico del mancebo. De lo otro, del cine, no había nada que decidir. Las cosas ocurrían más allá de la pantalla, en un mundo irreal al que estaba vedado el acceso a los mortales. Así es que Benedicta, madre del aspirante, decidió que fuese tornero. Así ocurrió. Ladislao no fue nunca una figura señera del balompié. Tampoco un reputado director de cine, ni una estrella del séptimo arte patrio. De no mediar Benedicta y Cirilo... casi seguro que tampoco.

PELAYO

Pelayo era pequeño y estirado, con esa mala entraña que envenena las almas de los resentidos con el mundo. Flanqueado por Pedro y Juan, dos hombrones como castillos, asolaba las verbenas con sus bravuconadas. Una mala mirada era argumento suficiente para embriscar a sus dogos sobre el infeliz que se cruzara en su camino, provocando a veces verdaderos altercados multitudinarios.

Por el verano era feliz subiendo a los riscos cercanos, desde donde arrojaba rocas hacia el valle, lesionando más de una vez a algún excursionista de los que transitaban en coloridas mesnadas por los parajes circundantes. Pelayo lo contaba luego en el bar, con grandes risotadas, servilmente coreadas por los mismos que luego adulaban y esquilmaban a los turistas sobrevivientes con sus productos artesanos, adquiridos al por mayor en el polígono industrial más próximo.

Pelayo era malo e insensible ante el dolor ajeno. Hubiera sido carne de presidio, de no haberse dado las circunstancias que se dieron. A veces, los caminos del Señor tienen destinos sorprendentes.

EVA

Eva se despertó tendida al lado de un ser parecido a ella misma. Se incorporó un poco y se puso a observarlo con curiosidad de neófita a la luz incierta de la aurora. Su forma era similar a la suya, con cuatro extremidades terminadas en cinco dedos, una cabeza, dos ojos, una boca... Tenía, sin embargo, más vello, menos pecho, músculos más visibles y, sobre todo, un estraño apéndice proboscidio en el bajo vientre que llamó poderosamente su atención. Lo observó un rato con cándido asombro. Sintió deseos de tocarlo, de examinarlo con detalle, pero no se atrevió; al fin y al cabo aún nadie les había presentado.