sábado, 30 de junio de 2007

JUAN

Juan deseó desde pequeño tener “don”. Sus mayores le dijeron que, para ello, debía estudiar mucho y así lo hizo, sacando las mejores notas de su promoción. Cuando fue bachiller, mandó imprimir unas tarjetas con su nombre precedido del “don” que tanto anhelaba, pero notó que nadie se lo tomaba en absoluto en serio. Estudió dos carreras y se doctoró, publicó y dio conferencias. El “don” empezaba a ser un tratamiento habitual, pero seguía sin creérselo del todo. Le sonaba a impostura, a mera etiqueta formal sin verdadera enjundia.

Empezó a utilizar sus conocimientos de leyes y mercados para fines menos académicos. Especuló, compró políticos, burló maridos, deshonró vírgenes y abusó de la confianza de las gentes sencillas. Creó empresas y tuvo empleados cuyo sustento dependía de los vaivenes de su cicatería o magnanimidad. Entonces el “don” empezó a sonar en sus oídos con un deje verdadero.

Murió con todos los sacramentos y descendió a los infiernos. Una vez allí se las ingenió para ser ayudante del barquero. Hay quien dice haberle visto, a las orillas del Leteo, vendiendo parcelas a los recién llegados a la eternidad.

ALICIA

A Alicia desde muy niña le subyugó enormemente el otro lado del espejo. Muchas veces la descubría su madre observándose y poniendo posturas, como absorta en un ritual que podía durar horas enteras. Eso la granjeó, entre su familia y amigos, fama de impenitente presumida. Nada más lejos de la realidad, pues Alicia no estaba interesada en su propia belleza o accesorios, sino en otra realidad que intuía más allá de lo tangible.

No acababa de creerse que aquella niña, igual en todo a ella misma, que la miraba insistentemente desde detrás del azogue fuese una mera imagen ilusoria. De hecho la bautizó como Aicila y la suplicaba, sola frente a la luna del armario, que la llevase con ella al otro lado, pues se encontraba sola en ésta vereda de la vida.

Supo que su sueño se había cumplido, cuando un buen día se miró en el espejo y no se halló. Aicila le dio un codazo cómplice y la saludó con un “aloh” cantarín. Bailaron y saltaron, muy felices durante horas, pues Aicila deseaba también ardientemente una amiga verdadera.

Pronto descubrieron incompatibilidades manifiestas. Sus deseos eran justamente contrapuestos. Empezaron a odiarse como sólo son capaces de hacerlo las personas que se han amado mucho. Alicia deseó vivamente regresar a este lado del espejo, pero se miraba durante horas y horas sin ver nada al otro lado. Pensó que estaba sufriendo una terrible pesadilla. Cerró con fuerza los ojos mientras pensaba: “quiero despertar”, con la firme esperanza de aparecer en su cama, con esa sensación de alivio tan reparadora que todos conocemos. Pero no, todo siguió igual, por siempre, en ese lugar sin tiempo.

ADÁN

Quedó muy sorprendido el día que don Lamberto les dijo, con su circunspección habitual, que Eva había nacido de una postilla de Adán. Todos se rieron y él se quedó mirando alarmado las costras que, como casi siempre, adornaban sus rodillas, barnizadas de mercromina, en cuanto llegaba la época del pantalón corto. Tardó un tiempo en caer de la burra y deshacerse el equívoco, lo que provocó otro estallido de hilaridad entre sus desalmados compañeros.

No sabemos hasta que punto pudo influir en Adán el haberse sentido por un momento responsable único de la existencia de bello sexo en el planeta. El hecho es que se aficionó pronto a perseguir mujeres rubias de cabellos largos. Hay que decir que Adán nunca se distinguió por su elegancia, sino más bien por cultivar un desaliño indumentario que se acrecentaba con el tiempo. Eso y su preferencia por ejemplares poco corrientes, le llevó a un estado de frustración casi perenne.

Encontró trabajo en la gestoría de don Albano, que le acogió como un padre, pues le conocía desde niño. Allí coincidió con Precia, hija del patrón, que enseguida dispuso para él sus bien cebados reteles de seducción. El hecho de ser fruta prohibida acrecentó sus ansias. Todo acabó abruptamente, cuando Albano les descubrió una tarde en situación equívoca en el archivo y expulsó a Adán de la empresa familiar con su flamígero bastón de prócer.

Vagó Adán por el mundo, como polizón en un carguero. Años después apareció triunfante a bordo de un Mercedes. Le acompañaba una explosiva rubia de bote que presentaba en sociedad como un trofeo. Muchos en el barrio le adularon con rencoroso resentimiento.

LUIS GONZAGA

A Luis nadie le llamaba nunca Luis Gonzaga, en realidad ni él mismo sabía que se llamaba así o, si lo había sabido alguna vez, lo había olvidado. Lo de Luis Gonzaga fue cosa de Apolinar, su padrino, gran admirador de la obra y milagros de Alberti. Sin embargo, a Luis Gonzaga, nadie le había hablado de ello, pues Poli, al poco tiempo de él nacer, conoció a una danesa en Lloret y se perdió con ella en las brumas del septentrión. Así que, para Luis, Alberti no era más que un señor vestido de colorines que le sonaba a una guerra muy antigua.

Sin embargo, a pesar de haber nacido en una provincia de interior, amaba el mar y los veleros. Disfrutaba viendo a Tyron Power y Gregory Peck gobernando el timón con mano firme, en las películas de la tele, los sábados por la tarde. Los galeones fueron desde niño motivo principal de sus dibujos.

Con el paso de los años, sus obras fueron ganando en perfección técnica y belleza. De las témperas escolares, pasó al óleo y reprodujo así todas las marinas que existían en el museo local, con tal acierto que costaba distinguirlas del original. A la vez, empezó a dedicar las tardes al modelismo naval, consiguiendo reunir una notable cantidad de galeones y veleros a escala. Deseaba cada día, con urgencia, ver el mar, navegar, conocer otras costas, islas paradisíacas, pero siempre tenían entre manos una obra que no podía abandonar.

Vivió mucho, nunca conoció mujer, a su muerte sus obras atestaban las muchas habitaciones de la vieja casa heredada de sus padres. Había sido una invasión paulatina que llegaba hasta el último rincón. En él le sorprendió la Parca, pintando un ocaso junto a una ventana. Nunca llegó a ver el mar.

FLAVIANO

Flaviano fue siempre un putero. Lo decía Consuelo, su mujer, secándose las manos en el delantal para atender a aquella amable señorita –flamante, además, y escotadita, qué mona– de la tele. Si ya le decía yo que acabaría mal, añade, con ese deje de esposa-madre que comprende y protege, niño malo. Y es caso es que Flavi era buen chaval, si nos atenemos –eso sí– a lo que nos cuenta Benigno, compañero de tute, confidente y mártir, a veces, todo hay que decirlo. Que es que a Flaviano había que llevarlo al menos entre tres. Lo reconoce Chelo, que hasta agradecía en ocasiones –lo dice, así... como sin querer- que se fuera por ahí y la dejara en paz y sosiego, ensimismada.

Y, es que no estaba ya en edad –sigue la mujer, con una mezcla de apuro e ilusión candorosa ante la cámara-, pero él erre que erre, siempre fue muy turrión, el pobre. Y es que claro, lo que yo digo, cada cual encuentra la horma del zapato. Y nunca mejor dicho, que Macario estaba harto de que apareciese por allí en cuanto dejaba sola a la Elia pegando medias suelas y, claro, el Maca es mucho Maca... Y Chelo –la esposa, bueno la viuda de Flaviano- hace un gesto así, al bies, como con algo contundente, mientras pregunta –es un momentín, señorita- si puede arreglarse un poco para la próxima toma, que la ven en el pueblo y usted ya sabe...

martes, 19 de junio de 2007

INOCENCIO

Ino fue siempre un hombre cabal. Nunca se le conocieron vicios, ni anhelos que no fueran el de sacar a los suyos adelante. Pluriempleado hasta las cejas, dedicaba su poco tiempo libre a pasear por la ciudad. A los cuarenta y siete, le atropelló un taxi en un paso de cebra. El conductor juró y perjuró no haberle visto.

Cuando años después quisieron escribir su biografía –hay gente para todo-, se encontraron con que ni su viuda ni su nuevo marido recordaban en absoluto su existencia. Sus cinco hijos tampoco. Menos aún, por supuesto, los vecinos, compañeros o conocidos. Sólo la hija menor, tras mucho insistirla, manifestó guardar en su mente la pálida imagen de un señor bajito que solía ir a casa a comer. Era silencioso y no bullía. Ino.

lunes, 18 de junio de 2007

CIRIACO

A Ciriaco le fascinaban los cuellos de nácar de las vírgenes. Desde muy joven destacó por sus maneras delicadas y gentiles. Su bello rostro, presidido por una mirada sosegada y penetrante, le confería un gran predicamento entre las damas. Sin embargo, su fijación erótica era tan exclusiva que interfería gravemente en sus relaciones amatorias.

Cuando, tras una velada íntima, su acompañante le ofrecía anhelante los labios, Ciriaco sólo tenía ojos para la blanca piel, surcada de sutilísimos cauces azulados, que se extendía entre el mentón y la clavícula. La cita solía acabar abruptamente, con la chica huyendo desairada, y Ciriaco preso de sus propias cadenas invencibles.

Pronto, entre las mujeres casaderas de su entorno, se pusieron de moda el cuello cisne y los fulares.

domingo, 17 de junio de 2007

JEREMÍAS

Aunque la suerte siempre le sonrió, Jeremías cultivó toda su vida la zarza perenne del desconento. Hijo de familia adinerada, fue criado con el mimo y las albricias del primogénito largamente esperado. Fue un bebé espléndido y hermoso que despertaba admiración. Tuvo dos hermanos, Montano y Sancha, que siempre le admiraron con un cariño nunca empañado por los celos. Pudo estudiar en los mejores colegios y contó con el aprecio de los compañeros y el amor de no pocas doncellas. Sin embargo, su tendencia innata al acíbar y la queja le impedía en todo momento gozar de las satisfacciones propias de su suerte.

Estudió leyes, abrió bufete y ganó una cátedra. Casó con Valeriana, mujer discreta, admirada en su entorno por sus serenos ademanes. Ganó casos difíciles y tuvo hijos que le respetaron y quisieron. Sin embargo, sus quejas no cesaban. Siempre encontraba el detalle imperfecto, la minucia que le desazonaba. En su fuero interno deseaba ser otro, no sabía bien quién, tener distinto oficio, otra familia, vivir en otro sitio. Nada le desquiciaba más que le dijeran: "Si lo tienes todo, no sé de qué te quejas". Le mortificaba hasta el desespero que todos le reprochasen sus milongas lastimeras.

Por fin, un día le cambió la suerte. Perdió dos casos muy seguidos y la clientela le abandonó de pronto. Descubrió que su hijo mayor se drogaba y su hija desapareció en el seno de una secta destructiva. Su mujer le dejó, colmado el vaso ya de su paciencia. Se vio en la calle, durmiendo en los portales. Todo el mundo le miraba con lástima al pasar. Se quejaba y los conocidos le daban la razón. Al fin era feliz.

sábado, 16 de junio de 2007

ISMAEL

Cuentan de él que era un dechado de incorrección política, incluso en tiempos en que aún no existía el término. Especialista en llamar al pan, pan, y al vino, vino, no reparaba en medios de encrespar en contra suya al más paciente y morigerado de los mortales. Desde preguntar "de qué mes estás" a las chicas gorditas, hasta saludar con risotadas al viudo reciente, pasando por consolar al enfermo terminal con un "no te preocupes ya te queda poco de sufrir"; cualquier ocasión era propicia para sus devastadores comentarios. Sus hagiógrafos le atribuyen perlas como: "¿y, siendo tan fea, tienes novio?", "¿tenían talla para ti en la tienda?" o "nadie diría, oyéndote, que fueses bachiller". Por supuesto, Ismael actuaba movido por las más sanas y benefactoras intenciones. Son famosas sus pláticas en que argumenta, con discretas razones, el bien que la sinceridad llevada al extremo supondría para la sociedad.

Pero, sus teorías fueron incomprendidas en su época. Como tantos sabios, fue ninguneado, despreciado y hasta agredido por unos semejantes inmaduros aún para apreciar su genio. Llegó a ser la aversión tan virulenta que la gente abandonaba bares, teatros y hasta estadios en masa, en cuanto Ismael hacía acto de presencia. El asunto pasó de incomodidad de unos cuantos a problema social y de orden público. Las autoridades, reunidas para el caso, decidieron deportarle a una isla perdida.

Allí entró en contacto con Justina, eremita voluntaria en busca de la mortificación. De su unión nacieron Alina, Cecardo, Vibranda y Ticón, que fueron instruidos en la descortesía más absoluta.

ABRAHAM

Mujeriego impenitente, el lema de su vida era "no perderlas a todas por una". Soltero ya talludo, vivía de pensión en pensión y bebía de barra en barra. Tenía citas galantes, cuando podía, y visitaba a mujeres de moral distraída, previo pago, cuando no, que eran la mayoría. En esas aficiones iba Abraham quemando su vida alegremente , a la par que cajetilla y medio de Ducados cada día.

Aunque no era creyente, había aprendido la doctrina cuando niño. Por eso reconoció la escena que se le presentó una mañana en su taller, mientras, entocinado de grasa y blasfemando trataba de enderezar la chapa maltrecha de un Gordini. De pronto se oscureció el sol, en un día de cielo azul intenso, lo que hizo que se girara intrigado. A contraluz estaba un hombre con un pesado fardo en un hombro que le dijo, con una voz profunda, como de locutor de medianoche: "Abraham: concebirás con Sara un hijo que recibirá el nombre de Isaac".

A pesar de haberse dado cuenta de que el extraño visitante no era sino Bernardo, el butanero, la frase le dejó confuso. Un "¿Quién soy, de dónde vengo, adónde voy?", cruzó su mente como un latigazo, sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Hizo un repaso alfabético de féminas que se habían cruzado en su camino: Aquilina, Benilde, Germana, Livia, ... ; incluso Yolanda, una hippie que estaba como una cabra, pero ninguna Sara.

Desde entonces, recorrió Abraham el mundo, preguntando su nombre a las mujeres. Empezó en el barrio, luego en toda la ciudad; encontró dos docenas de Saras, pero ninguna era la suya. Empezó a viajar a otras urbes. Al final vendió el taller y se hizo representante de cosméticos. Viajaba sin parar visitando gineceos sin fin. Nunca agradeció bastante a Bernardo haberle mostrado, sin querer, su camino verdadero.

viernes, 15 de junio de 2007

GERÁSIMO

Hasta la edad de entrar en quintas, su vida transcurrió en su aldea, sin sucesos que interesen en exceso al cronista. Asistió a la escuela de don Simplicio, mostrando trazas de natural ingenio que le permitieron llegar al dominio de las reglas del interés simple e incluso del compuesto. Esto marcaría su vida, como veremos.

Su encuentro con Marciano, en una horchatería de las ramblas, durante su servicio militar, fue determinante. Juntos se embarcaron en paquebotes sin fronteras que les harían arribar a las costas más infames del porvenir (resuelto).

Visto lo visto, a don Simplicio, ya provecto, no le quedó otra que darse a la bebida.

ANTONIO

Aunque la gente solía felicitarle el 13 de junio, más que paduano se sentía laconero, o sea, tutelado por el eremita de enero. Quizás se debiera a su afición por la gastronomía del cerdo y la chacinería fina en particular. O también –la naturaleza humana presenta esos contrastes- por una tendencia al misticismo que le emparentaba de algún modo con el tebano.

Se hizo famoso entre las gentes por su buen yantar y, sobre todo, por la expresividad y donaire con que consumía los alimentos. Sus amigos le invitaban a menudo por el solo placer de verle comer y beber con su peculiar fruición campechana y contagiosa. Cuentan de él que, en cierta ocasión, se atrevió a devorar una gran fuente de fabada, utilizando directamente el cucharón de servir, en un restaurante de postín. No obstante, no existen pruebas al respecto, ni imagen alguna que sustente un hecho probablemente engrandecido por la tradición oral.

De su faceta espiritual hay opiniones encontradas al respecto. Algunos autores han apreciado en él ciertas dotes, a la hora de comprender las causas ocultas que mueven los hechos y las cosas del mundo, amén de alguna capacidad pedagógica para transmitirlo en forma de parábolas engañosamente desenfadadas. Para otros, no fue sino un bocalán (o tontalán, los términos varían según las fuentes) absurdo; un bluf, un falso profeta endiosado por cuatro aduladores falsarios que comentaban a la vuelta de la esquina: “pobre hombre, no sabe si mata o espanta”.

YOLANDA

Nacida en las tierras umbrosas del norte, aunque de vuelta a la patria antes de cumplir los cinco años, profesaba una viva afición por los tulipanes. De ahí que aparezca a menudo con vestidos estampados con dicho motivo floral.

Parece ser que estudió secretariado y enseguida encontró trabajo en una gran empresa de la capital, con gran contento de sus padres, Cirino y Mercedes. Allí dicen que se introdujo pronto en los ambientes nocturnos. Conoció a Nazario, hombre robusto y de perilla, aficionado a las camisas de raso de tonos violetas y morados, que la fascinó con su mundología a contrapelo. Con él y otro puñado de diletantes y veletas con presunción de artistas, fundó una compañía de títeres y variedades que recorrían la geografía rural en vacaciones y fines de semana.

Para entonces ya casi se había olvidado de los tulipanes. Pero el destino tiene muchas artimañas para confundirnos. Volvían ya a la ciudad, tras representar en un pueblo La dama de perrito en versión libre, cuando se encontró con aquella gozosa extensión de, rojos, amarillos y naranjas. En medio estaba Onofre, apoyado en una azada, con el aspecto pétreo de un héroe de los planes quinquenales silueteado sobre el telón de fondo del ocaso.

Con estas mimbres, sólo cabe pensar en un cesto lleno de conflictos. Quizás en el consabido sacrificio de alguno de los vértices; en la muerte que deja el paso libre o el ostracismo voluntario. No conocemos el desenlace, en este caso. Sin embargo, en alguna iconografía encontrada, aparecen los tres, con aspecto feliz, rodeados de flores y de niños.

domingo, 10 de junio de 2007

ADELAIDA

Tenía los pechos duros, Adelaida. Me lo dijo Alejo que la conocía más que yo, al menos en lo tocante –nunca mejor dicho- a lo que el ámbito de lo táctil pueda ofrecer al entendimiento. Pero, acerca de su realidad más interior e inmaterial, creo que yo estaba, sin duda, bastante más versado. No en vano estudiábamos juntos aquellas interminables oposiciones y compartíamos una pasión por Nietzsche y el nihilismo que para Alejo era una tierra incógnita ni siquiera intuida. Pero la vida es así de absurda.

Adelaida era alta y morena, con un algo aristocrático en el porte, a pesar de una tez curtida que evidenciaba su origen campesino. Apenas reía y sus modales eran de una corrección algo forzada. A veces hablaba de las montañas de su infancia y sus finos labios esbozaban una leve sonrisa. Sólo un buen conocedor de su alma podía ser consciente del trauma que había supuesto para ella dejar de saludar al sol y al rocío para ingresar en aquel pensionado gris de la ciudad.

Tuvo mala suerte, Adelaida. Alejo no la quería, sino como una muesca más en sus conquistas. Ella me contaba sus cuitas, entre pregunta de test y cita de Zaratustra, y yo... yo nunca le supe decir nada ni adoptar otro papel que el de amigo del alma y paño de desdichas.

Hoy nos hemos visto, después de quince años. La encontré en una ciudad que casi nunca visito. Entré en un bar y ella estaba al otro extremo de la barra. La observé entre los cuerpos y el humo, largo rato. Tomaba té a pequeños sorbos de pueblerina educada en sociedad. No esperaba a nadie ni deseaba nada. Lo supe porque aún puedo ver debajo de su piel. Fueron muchos los años de ejercicio. Pagué y me fui. Estoy seguro de que ella también me vio. Qué más da, después de todo.

sábado, 9 de junio de 2007

ZACARÍAS

Zacarías era el menor de siete hermanos. Sabemos de su padre que trabajaba en Obras Públicas, que era honrado, apenas bebía y carecía de vicios que pudieran llegar al grado de nefandos. Antes bien, un sano uso del matrimonio le había ido proporcionando hijos varones con una cadencia temporal más que aceptable. Al primero le puso Asterio y luego fueron llegando Bardón, Censor, Diosdado, Emaro y Famián. A partir del tercero, le acució el deseo de tener una hembra y cada nuevo parto era una desilusión para Oliva, su esposa, que se sentía culpable por ser incapaz de algo tan fácil como alumbrar un ser igual a ella. Asignar al séptimo un nombre que empezaba por zeta fue toda una declaración de intenciones. También el inicio de una espiral de alcohol y violencia, cuyo vórtice no podía ser otro que la autodestrucción más espantosa.

Zacarías vivió pues en un hogar más bien caótico, pero los gritos y los golpes no provocaron en él graves desórdenes de conducta. Los hermanos mayores fueron agriando su carácter y haciéndose agresivos o taimados. Zaca, sin embargo, destacaba por un halo imperturbable que llevaba con él adonde fuese. Vivía en apariencia ajeno a todo, con un mirar puro que parecía atravesar objetos y personas. Un día, en la escuela, don Amancio explicó el pasaje de Zaqueo, aquel que para ver a Jesús sube a una higuera. Ya no se quitó jamás el mote: Zacarías, Zaca, Zaqueo; el de la higuera.

Desde entonces creció su aislamiento. Un día subió a un castaño y se negó a bajar, por más que vinieron municipales, voluntarios y bomberos. El parque era frondoso, pues había sido vivero durante muchos años. Pasó de un árbol a otro, habilitó una yacija entre dos ramas, y la gente se hizo a verle así, rampante contra el cielo. Los niños le arrojaban comida, como a las ardillas y a los ánades.

Pasaron los años y Zaca-Zaqueo se fue formando con revistas y prensa que la gente dejaba en los bancos. Incluso tuvo un idilio con Jolenta, una joven atraída por su rareza o quizás apiadada de su soledad. Duró poco, pues las autoridades eran muy estrictas con la moralidad de las conductas en los bancos, cuando más en un sitio tan indecente como las alturas.

Un día Zacarías encontró un libro que cambió su vida. Era un viejo tomo ajado y húmedo que alguien abandonó, sorprendido por un aguacero repentino. Apenas hubo llegado a la última página, bajó del árbol. Pronto encontró un trabajo, se casó y firmó una hipoteca. "Para no ser original, no merecía la pena el esfuerzo", fue la enigmática explicación que algunos dicen haber oído de su boca.

ANANÍAS

Ananías, sin comerlo ni beberlo -como él solía decir-, se encontró haciendo de maquinista en una locomotora de cuento, con sus dorados, su gran fogata y sus hombres con gorras de visera. No le disgustó, pues siempre había tenido vocación de ferroviario, aunque se hubiese quedado en cartero de correos. Repartía en varios pueblos de la montaña a lomos de Diana, una yegua zaina a quien había dado nombre don Vicente, veterinario del contorno y entendido en latines. A veces veían el tren pasar allá abajo, por el valle, y Ananías ansiaba estar dentro y conocer otros pueblos y ciudades lejanas. Nunca pudo, pues tenía sus cartas -con noticias casi siempre tristes o insulsas- y los trabajos en el campo de los padres, que le requerían todo el tiempo. Y ahora, ya viejo, se encuentra en un tren del que es además el maquinista; un tren antíguo y engalanado con banderas, como aquel en el que volvían los mozos de una guerra lejana, siendo él niño.

"Esto no puede ser más que un sueño", pensó, pero el fuego crepitaba frente a él y el calor le provocaba gotas de sudor que le llegaban al poblado bigote o se perdían bajo el cuello de su camisa azul mahón. Tiró con energía de la cuerda y sonó un silbato bronco y profundo. Creyó que iba a despertar, pero no, seguían los ayudantes alimentando el fogón con briqueta y la máquina tomaba nuevos bríos, devorando los raíles con más y más aínco.

Decidió esperar, pues la situación no le era desagradable y, quién sabe, siempre podría llegar a alguna parte.

viernes, 8 de junio de 2007

HERACLIO

Famoso en el barrio por su gran fuerza y su extremada afición al tute y otros juegos de cartas. Desde su adolescencia, comenzó a frecuentar el bar de Fortunato, donde se concitaban los jugadores tempranos junto a un puñado de jóvenes prosistas. Mientras en una mesa Heraclio y los suyos arrastraban y cantaban las cuarenta en oros, en la de al lado los cuentistas leían sus relatos, liderados por el frailuno joven Medardo. Entre el humo del tabaco y el entrechocar de los vidrios, emergían los recristos de unos y las metáforas de otros, en extraña armonía que Fortunato contemplaba con cara de buey cansino, acodado en la barra con desgana. Mientras, las moscas agonizaban mansamente, pegadas en racimos a las cintas encoladas que pendían del techo.

No se conoce fecha exacta, pero Heraclio un día decidió dejar crecer sin tasa sus hirsutos cabellos. En unos meses le llegaron a la espalda, ante la perplejidad de un vecindario de orden que no concebía tales desatinos. A la par que la longitud de su pelo, creció su malhumor y se agrió su carácter, a la vez que sus pendencias de tahúr se hacían más abruptas. La catástrofe ocurrió un mediodía de sábado, con Casa Fortunato lleno hasta los topes de jugadores y mirones faria en ristre. Heraclio, pillado en un renuncio, montó en cólera. En su ciego arremeter, arrasó mesas y vajilla. Su torpe furia le hizo empujar las columnas centrales, que cayeron abatidas como naipes. El montón de cadáveres quedó asperjado de moscas muertas.