viernes, 21 de diciembre de 2007

ZENÓN

Zenón llevaba tantos años estudiando en Santiago que hasta las piedras del obradoiro le saludaban al verle pasar, calmoso y serio, con el paraguas cerrado bajo el permanente orballo del lugar. En los últimos tiempos había establecido estrecha relación con don Avito, viejo profesor de metafísica a quien algunos trataban malévolamente de orate iluminado. Don Avito, recogiendo la antorcha de los presocráticos, se había empeñado en redemostrar que el movimiento de los cuerpos no era sino mera ilusión de los sentidos y no verdad teleológica del ser. De ahí que ambos pasearan sin paraguas, sabedores de que las gotas de lluvia nunca llegarían en su descender a la epidermis. “Qué es lo sensible –predicaba el maestro a quién quisiera oírlo- ante el peso de lo inmanente”. Ni las mojaduras ni alguna eventual bronquitis fueron nunca suficientemente disuasorias. Tampoco las chanzas de los tunos, que incluso compusieron unos versos festivos sobre el caso, actualmente en paradero ignoto.
Zenón fue reclamado por su madre viuda, quien le había buscado ”una buena rapaza, estudiada y todo, para ver si así sientas la cabeza”, según dice en la carta de su puño y letra que obra en poder del cronista. Don Avito, falto de su único discípulo, dio con sus huesos en Conjo, afectado de profunda melancolía. De la vida posterior del aprendiz de sabio, no se conocen hechos prodigiosos, lo que nos mueve a pensar que la inanidad de la vida conyugal ahogó definitivamente lo que pudiera haber en él de especial y reseñable.

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