domingo, 16 de diciembre de 2007

TECLA

Tecla era la menor de seis hermanas. Sus padres, Bucardo y Erasma, habían engendrado antes a Basilisa, Calixta, Dorotea, Eufemia e Idelita. Con tecla llegó el regadío al pueblo y pensaron que sería buena idea aprovechar la bonanza para darle estudios. Más que nada porque les parecía que su nombre quedaba incompleto sin el don. Doña Tecla era un buen nombre para una maestra, por lo que a la edad pertinente la encaminaron a la Escuela Normal de la capital de la provincia. Pasó allí tres años, alojada en la pensión de la viuda de Evodio, héroe laureado de la aviación e insigne prócer. La muchacha se aplicó con esmero y se graduó con nota. Sus padres y hermanas se sintieron satisfechos y compensados del esfuerzo. Hubiera sido un final venturoso, si la infeliz doncella no se hubiera enamorado de Zenón, hijo del héroe, cuando volvió al hogar tras infructuosos años de carrera. El tal Zenón tenía a gala ser un pensador y recababa presuntamente información, para uno de sus maestros, sobre cierta teoría filosófica relacionada con la quietud de todo lo existente. Ejercía bien el mancebo en tal materia, pues el muy tarambana limitaba toda su industria a sentarse en un sofá y a dar breves paseos mirando ensimismado los objetos cotidianos como si de especímenes extraños se tratase. No hubo modo de apartar a Teclita de tan nefasta afición, sobre todo una vez que había ya otro ser en camino. Hubo pronto boda y escuela en propiedad. De lo malo, por lo menos –a decir de Erasma, que con el tiempo congeniaría no poco con el yerno- Zenón se apañaba con los avíos del hogar, aunque a veces algún plato contradijese una aporía y acabara estrellado en vuelo rasante contra el suelo.

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