sábado, 22 de diciembre de 2007

REGINA

Regina nació para ser reina. Tenía la piel fina y los ojos claros. Fue desde niña muy aseada y extremadamente escrupulosa. Cuando sonreía, enarcaba las cejas y su rostro adquiría cierto tono indefinible de desdén. Estas cualidades, en el sitio adecuado, habrían favorecido mucho los designios del destino. No así en el miserable entorno de Regina, donde su delicadeza natural provocaba oleadas de instintivo desprecio. En la escuela le gritaban “¡Salve reyina!”, con grotesca impiedad, mientras le arrojaban escupitajos y boñigas. Cuando creció tuvo que servir y sus patronos no cejaban de mortificarla con los trabajos más infames. Todo por doblegar una altivez que apenas intuían, pero les perturbaba. Su rara belleza podría haberla redimido con un matrimonio ventajoso, pero no fue así, pues por allí los hombres querían hembras sencillas en que sustentar su pequeñez de espíritu. Pasaron los años, llegó un mal aire y se llevó a muchos; también a Regina. Murió en pecado, pues estaba amargada de resentimiento.

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