miércoles, 26 de diciembre de 2007

NARCISO

El día en que Narciso entró por primera vez en el Laberinto Oriental supo que aquello era su paraíso perdido y encontrado. Entonces ya le habían diagnosticado una egoiconografitis que le obligaba a mirarse continuamente en los espejos para mitigar su miedo cerval a olvidarse de las propias facciones. Le hubiera gustado quedarse allí para siempre, pero tuvo que conformarse con los cinco días que la atracción estuvo en la ciudad. Siguió viviendo en angustia y soledad, mirando su reflejo en los escaparates, en los azulejos, en los tiradores bruñidos de las puertas. A veces sacaba del bolsillo un espejito, pero eso le avergonzaba y aumentaba su desasosiego. Acabó dejando los estudios y buscando trabajo en una peluquería. Tenía que hacer verdaderos esfuerzos para dejar de mirarse en el espejo y concentrarse mínimamente en el cliente.
Un día apareció por allí Adriana. La vio entrar mirándose en la tapa de su estuche-polvera. En cuanto se sentó, sus miradas coincidieron en el espejo y lo supieron todo uno del otro.

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