sábado, 22 de diciembre de 2007

JUANA

Me vienes y me dices que oyes voces, que qué es lo que te pasa, que no sabes... Juana, Juana, explicaciones siempre hay, si las buscamos. Tomemos si te parece por la vía esotérica de las homonimias y los crípticos mensajes del pasado. Hubo una Juana en Francia que se vistió de hierro y acabó en la hoguera. Y todo precisamente por oír voces y, claro, darles crédito. Y nuestra Juana, aquella a quien llamaban Loca. Qué no oiría en su deambular por Castilla con el cadáver de su esposo; qué voces sordas en las noches de la paramera, a la luz de los hachones. Y en Tordesillas, en los largos años de abandono, qué no le gritarían aquellas piedras...
Pero tú, Juanita, tú que corres y ríes, que andas en moto y sales por las noches, que usas botas altas y faldas cortas y miras –me deslumbras ahora, con tus pícaros ojos- con la intensidad de quién quiere ver debajo de la piel... No me tomes el pelo, vida mía, aunque yo sea tu tío y sea psiquiatra.

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