sábado, 22 de diciembre de 2007

GREGORIO

Pudo haber sido Gregorio escultor - sobre todo apellidándose Fernández - si se hubieran dado las circunstancias apropiadas. Y no es que no existiera en su ciudad un imaginero con taller propio, de bastante fuste como para surtir de figuras sagradas a las cofradías locales y a algunas foráneas. Tampoco hubiera sido imposible que el maestro lo empleara como pinche o aprendiz, pues de hecho tenía más de uno, que le ayudaban a desbastar la madera y limpiaban el suelo de virutas, además de hacer sus pinitos como artistas. Lo que ocurrió sencillamente es que Gregorio vivía más allá del río y nunca pasó por delante del taller, enclavado en la parte vieja de la urbe.
Pudo Gregorio haber acabado siendo Papa de gran mérito y majestad, quizás merecedor de algún calificativo ponderador tras el número ordinal correspondiente. Muy bien pudo ocurrir tal cosa si hubiera ido a la escuela el día que los salesianos pasaron por allí y enrolaron media docena de chiquillos en las huestes de Cristo. Pero no fue así, pues estaba ese día convaleciente de unas fiebres que lo tenían postrado.
A falta de seguir alguno de los altos caminos designados por los hados, no tuvo otro remedio, por imperativo familiar, que ser ferroviario. Como suele suceder con las cosas que se imponen, nunca fue ese oficio de su agrado, ni logró captar del todo su interés. Ya de aprendiz cometió un error con las agujas y provocó un accidente serio, aunque no se llegó a demostrar su autoría. Fue su perdición, pues logró ascender a maquinista. Tras el infausto choque de trenes del 77 fue dado por muerto, al no encontrarse su cadáver entre los hierros retorcidos. No obstante, un turista ocasional, asegura haberle visto recientemente en Londres, trabajando en el mantenimiento de calderas de una lavandería china.

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