sábado, 1 de diciembre de 2007

FIACRE

Fiacre habría sido conductor de un coche de punto, de haber nacido cien años antes, más o menos. Iría erguido en el pescante, escoltado por dos faroles como antorchas, gobernando el caballo con la tralla presta y las riendas firmes. Transitaría por calles empedradas, brillantes por la lluvia, con el xilófono del pavés como banda sonora.
Llevaría sombrero alto de cuero y sonreiría a las damas bajo las guías engominadas de un poblado bigote. Cobijaría amantes proscritos bajo el velo amparador de la capota y aguardaría bajo la luna la riada de echarpes y chisteras en las noches de ópera. Todo eso piensa a veces Fiacre Rodríguez, mientras está en el taxi esperando un servicio que se hace de rogar, mientras mira en lo oscuro brillar las luces rojas y amarillas de los bares de alterne y piensa en Travis, el de la peli de Scorsese.

“Es muy raro Rodri -dice Arsenio-, nunca habla de fútbol, ni fantasmea de churris, ni se queja de lo jodido que está todo, va a su bola, el cabrón”. Todos le llaman Rodri, porque Fiacre –dicen- no es nombre de cristiano. Cosas de Dasio, su padrino, que estuvo de maletero en la Gare de Lyon. Igual lo de ser raro le viene por el nombre. Qué se yo. Todos tenemos nuestras chaladuras. Tampoco es para tanto, me parece, que un compañero lea a Flaubert en los descansos.

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