viernes, 28 de diciembre de 2007

CÁNDIDO

Cándido se lo creía todo. Cuando de niño le dijeron “no se dicen mentiras”, lo tomó al pie de la letra. Era incapaz de decir que su papá no estaba, cuando le llamaban inoportunamente por teléfono, lo que le acarreó reprimendas que no entendía. Con la edad madura el problema no remitió, sino al contrario. No podía decir a un mendigo “no llevo suelto” y tampoco “no me gusta mucho” al comerciante que le ofrecía un traje elegante pero carísimo. A los amigos les decía siempre la verdad, por dura que fuese, por lo que fue quedándose irremediablemente sólo. Sobre todo a raíz de espetarle a Víctor, su mejor amigo, que su primer novela era una retahíla de tópicos mal engarzados. Se refugió en casa a ver la tele y esa fue su ruina definitiva.

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