sábado, 15 de diciembre de 2007

CARLOS

Carlos, desde niño sintió la vocación de la grandeza. A veces venía a casa y pasábamos horas modelando figuras de plastilina. Hacíamos cuerpos musculosos dignos de semidioses. Luego forjábamos armas fabulosas y los vestíamos con armaduras homéricas inspiradas en los peplum de los domingos. Cuando teníamos media docena, hacíamos dos bandos y Carlos les ordenaba batirse. La lucha era siempre a muerte y discurría entre la caja de las galletas y los tazones de la merienda, en el campo de honor del hule descolorido de cuadros verdes y violetas. Era emocionante asistir al entrechocar de los aceros, al tumulto de gritos, a los lamentos de dolor y de agonía. Carlos dirigía el combate con la frialdad del estratega que había en su interior. Mi madre, mientras, trasteaba en los armarios o cosía en su rincón fingiendo no enterarse del drama o del prodigio. Al final, todo terminaba en un amasijo informe y doliente que guardábamos en una caja de puros hasta el próximo día.
A los trece años, Carlos tenía ya montado su pequeño ejército en la calle. Eran chavales de varias edades, a los que había convencido de lo gratificante que es obedecer si se cuenta con un líder carismático. Me nombró su lugarteniente, pero pronto me aparté de las voces rituales, las consignas y las pruebas de valor. Prefería ser espectador desde la grada. Al poco tiempo se habló en el barrio de pedradas y de puntos de sutura.

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