viernes, 28 de diciembre de 2007

AGAPITO

Los seres humanos estamos sujetos al gobierno de extraños designios que moldean nuestra alma y condicionan nuestro porvenir. Digo extraños pensando en Agapito, mi compañero de parvulario. La cosa ya empezó con el “Agapito tenía un gatito y le tiraba del rabito” que venía en el libro de lectura, que imagínense el cachondeo. Pero es que además el Nuevo Catón, tenía en la portada un niño de mofletes sonrosados, flequillo repeinado y sonrisa perpetua que vestía un chaleco de punto encarnado. La cosa no habría tenido importancia si no fuese por los laboriosos afanes de doña Cándida, la tía abuela de mi amigo. En cuestión de días teníamos a mi Agapito, disfrazado de Catón-niño, con corbatina de gomas incluida. Con esa facha y lo del rabito del gatito, ya se imaginan el calvario que fue su infancia. Luego se fue del barrio y perdí su pista, pero hete aquí que me lo encuentro ayer en la cola de la oficina del Catastro. Me dijo que estaba de misionero en el Nepal, desde hacia años, que había vuelto para arreglar unas cosas de la herencia. Lo encontré igual que siempre, sólo que el color del chaleco había virado al azafrán.

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