sábado, 10 de noviembre de 2007

VIRGILIO

Virgilio nació poeta, como otros nacen encofradores o mendigos. Su padre era tendero y se pasaba el día haciendo números, con un lápiz mordido por el ansia, sobre el papel de estraza de los envoltorios. Delfina, la madre, había muerto al dar a luz a la última de las tres hijas que vinieron después, así que Virgilio tuvo ocasión de forjarse en el sufrimiento desde niño.
Apolinar, el padre, comenzó muy pronto a ejercitar al primogénito en las lides del negocio. Le dejaba al frente de la abacería, mientras él salía a rondar por los mercados en una pequeña decauve resucitada del desguace. A Virgilio le gustaba sentir el crujir del bacalao mientras cedía ante la cuchilla, dejando un corte limpio y oloroso a mar. Disfrutaba también despegando los arenques de su rueda, mientras imaginaba trastocar los signos de un misterioso emblema solar. Tomar la paleta de cinc y volcar en paquetes el pimentón que venía en grandes sacos, provocaba en él sinestesias embriagadoras.

Volvía Apolinar y encontraba a su hijo ensimismado, observando cómo flotaba el polvo en los haces de luz que se filtraban a través de la cortinilla de cilindros de colores. Esto provocaba riñas y disgustos, pues el padre se dolía de la bajada de las ventas y lo achacaba al poco espíritu que el muchacho ponía en la empresa. Virgilio soportaba las broncas y callaba, pero su aparente frialdad estaba llena de amargura.
Llegó el momento de su descenso a los infiernos y pasó años vagando como perro sin amo. Nunca escribió nada, ni en las tardes interminables en que se sentaba en un portal a ver pasar la gente, ni al regreso, readmitido en el seno de la realidad bienpensante con honores de pródigo en disipaciones.

2 comentarios:

♥♥♥JOSELYN♥♥♥ dijo...

En casa de virgilio hay amarguras... Existen muchos hogares similares. Virgilio no se escapa de ello... Bendiciones chau chau

cacho de pan dijo...

esperaba con cierta ilusión el día de mi cumpleaños para ver a quien se lo dedicabas...pero el nueve quedó vacío...una pena