lunes, 26 de noviembre de 2007

MOISÉS

Moisés era un personaje distinguido. De hecho todos le llamaban don Moisés en el barrio. Y es que no había muchos señoritos por allí y don Moisés sin duda lo era. Usaba traje con chaleco todos los días del año, fumaba rubio con boquilla de ámbar y –rasgo éste ya definitivo- usaba bastón sin estar cojo ni ser viejo, sino apenas cincuentón, espigado y aún con buen porte.

Decían que había estudiado Derecho, aunque nunca hubiera ejercido. No consta que tuviera título ni orla enmarcada. Al menos nadie vio nunca nada similar ornando las paredes de su humilde piso alquilado. Lo cierto es que pertenecía a una familia de alta alcurnia y tenía hermanos médicos, arquitectos y magistrados, que atendían sus necesidades y tutelaban una especie de minoría crónica de edad que formaba parte de su carácter.

Don Moisés vivía en concubinato con Barsabia, una meretriz del arrabal a la que él había manumitido hacía ya años, tras llegar a un acuerdo amistoso con su chulo. A su modo formaban una pareja feliz. Barbi dejó a un lado su nombre de guerra y sus mañas de hetaira para convertirse en querida fija e integrase como una más en aquel barrio de proletarios y tenderos al pormenor.

Moisés –permítaseme la licencia- había encontrado también su lugar entre aquellas gentes que, si bien murmuraban sobre sus rarezas a escondidas, le tenían razonable aprecio e incluso cierta consideración. Admiraban sobre todo en él dos particularidades. Una era su extraña facultad para pronosticar la lluvia. Curiosamente don Moisés no miraba al cielo cuando le preguntaban si iba a llover, sino al pomo labrado de su bastón. Clavaba sus ojos en aquella especie de león dormido o perro de lanas indolente –que alguna de esas cosas podía ser e incluso un dragón de Comodo en plena digestión- y decía un “va a llover” o un “por hoy aguanta”, que se cumplía indefectiblemente.

La otra facultad maravillosa, aún más rara, consistía en mantener secos siempre sus brillantes zapatos de tafilete acharolado, por más que el cielo se mostrase pródigo y los charcos poblaran las cuarteadas aceras de un barrio dejado de la mano de la Poridad. Se lo pregunté un día, con la confianza que me daba ser compañero de partida en el Madrid. Me respondió con un vago gesto de aquella especie de cetro de monarca en el destierro, como si iniciase en un salón barroco la señal para que sonase una nueva melodía. Fue aquella la última vez que nos vimos. A los pocos días –podrían ser tres, por convenirle los números rotundos a este tipo de historias- apareció bajo los castaños del paseo. Estaba inmóvil y apacible, como recién fulminado por un rayo clemente.

No hay comentarios: