viernes, 2 de noviembre de 2007

FROILÁN

Hablábamos a menudo, mientras tomábamos café en uno de esos bares que aún conservan los veladores de mármol y las sillas de madera. Froilán era escritor y yo su única lectora. Al menos eso me gustaba creer. El local era auténtico, no uno de ésos impostados que parecen platós de una película de época. Froilán presumía de misántropo, pero yo percibía en el fondo de sus ojos esquivos un deseo soterrado de dejarse querer. A veces me leía fragmentos de su obra. Eran textos tristes que hablaban de bares antiguos y de seres que languidecen, entre la bruma artificial de los cigarros, sin llegar nunca a amarse.

Seguí yendo bastante tiempo, aún; hasta que los espejos ya sólo reflejaban mi figura, la imagen de una mujer ajada, provista de lentes pasados de moda, siempre con un libro entre las manos. Sólo eso. Incluso si fruncía el entrecejo y me esforzaba en mirar entre la niebla. Tuve al fin que admitirlo: decididamente, Froilán había regresado a la caverna.

No hay comentarios: