miércoles, 24 de octubre de 2007

SATURNINO

Saturnino era ya mozo viejo cuando lo empezó a pretender Antusa. No es que le dijera abiertamente “me gustas”, que eso, en el tiempo mítico en que ocurre esta historia, estaba totalmente vedado a una mujer, incluso si ésta tenía fama de enredabailes. La cosa fue más sutil, del tipo miradas al salir de misa o mensajes ambiguos dejados caer, como al azar, en oídos de terceros. El caso fue que nuestro hombre venció su enraizado y natural retraimiento y acabó hablando con la moza. Al final hubo boda y, casi a la vez, empezaron las disputas, pues Antusa se reveló como un espíritu inquieto que sólo esperaba la ocasión propicia para dejar bien lejos las casas de adobe y los cansinos campos y abrirse a otros aires y otros soles entrevistos en sueños.

Dicen las crónicas que la pareja acabó allende las fronteras. Entre gentes desteñidas que hablaban de modo incomprensible, Saturnino languidecía y se hacía aún más hosco, alejado del estrecho mundo que amaba. Mientras Antusa se hinchaba de gozo –o eso creía Satur- sin cesar. Llegó el fenómeno a término y tuvieron gemelos; dos angelitos rubios, sonrosados como lechones. Saturnino sufría, presa del desasosiego, la incertidumbre y la nostalgia. Dicen que de noche oía doblar incesantemente las campanas y las esquilas de su tierra y que la cama mudaba en punzante rastrojera. Ese mórbido estado debió de ser el desencadenante del suceso que ocupó a toda plana los radiantes tabloides locales. En las ilustraciones aparecía Saturno aullándole a la luna, con el aspecto grotesco de esas acroteras de cartón piedra que coronan la Casa del Terror.

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