viernes, 12 de octubre de 2007

MARIANO

Que Mariano fuese “anacoreta y confesor”, como ponía el libro de misa, nos hacía mucha gracia. Pero no por disparatado,no, sino al contrario, por la pura incursión del santoral en la vida cotidiana. Y es que Mariano nos vendía los tebeos que nos hacían reír y le suponíamos en el cajón los condones marca "Verano del 42" que nunca nos atrevimos a pedirle. Pero no sólo eso. Mariano nos hablaba de la vida, nos sonsacaba nuestros sueños, nos pulía el espíritu con clásicos de baratillo en papel burdo y oscuro. Su tugurio tenía mucho de aquellos cuadros abigarrados del barroco –había una ilustración en el libro de Sociales- en que aparecía un santo rodeado de libros, calaveras y otros símbolos de mortificación. En ese abigarramiento ejercía Mariano su anacoretismo de industrial de bata gris, firme en su columna de pulpa de papel a todas las horas, en todos los turnos, incluidos los de las fiestas de guardar. Las paredes estaban literalmente forradas por cientos y cientos de novelitas de tiros, para machos, y de “colorín tellado” para pollitas y señoras. Sobre el mostrador y bajo el cristal, dormían su sueño dulce los regalices, los ronchitos, las pastillas de leche de burra y otros claros objetos de deseo. Y en cuanto a la mortificación… Bueno, que se lo pregunten a Timoteo, el gordo, cuando lo pilló chorizando unas barritas de chocolatina. Todavía se acuerda, el muy maricón, y eso que han pasado un porrón de años.

1 comentario:

Javier Menéndez Llamazares dijo...

Yo creo que al Mariano éste también lo conocí.
Sólo que el mío se llamaba José Mari...