lunes, 8 de octubre de 2007

JACINTO

Nos encontrábamos a diario en la vieja churrería, camino del despacho. Surgió un día en que yo salí de casa sin desayunar, por cosa de las prisas, y se convirtió enseguida en costumbre. Jacinto hablaba de lo divino y de lo próximo. Tan pronto estaba Freud sobre el grasiento tapete, como Hölderlin, Lacan, Wittgenstein o algún comentarista de la tele. Ante las tazas humeantes surgían sentencias acerca de la vida y de la mierda, pensamientos sobre la muerte y lo ridículo, ocurrencias que iban de lo sublime a la pornografía de autor. Eran diez minutos que nos inmunizaban a medias contra una larga jornada de liturgias sin sentido. Al fin sonaba el timbre de salida y yo me iba a casa, a seguir escribiendo cosas absurdas.

Un día Jacinto no acudió a la cita. Tampoco al día siguiente, ni al otro, ni al otro. Al cabo de un tiempo, empezaron a llegarme noticias confusas. La gente le veía surcar las calles, aquí y allá, con la pericia de un vendaval bien adiestrado. Causó expectación. Se sabía del pie alado de Mercurio, pero nunca se había vuelto a dar el caso.

1 comentario:

♥♥♥JOSELYN♥♥♥ dijo...

Hola antonio Soy Joselyn, te agradezco por dejar tu firma en mi blog Poemas, aqui en tardía respondiendote. Bendiciones chau chau