domingo, 21 de octubre de 2007

HUMBELINA

Quién lo diría, viéndola ahora, con sus trajes de lentejuelas y sus criados de librea. Humbelina empezó su fulgurante carrera allá en un páramo olvidado, sobre la astrosa superficie de un pupitre de escuela de pueblo. Humbelina se aburría mientras esperaba para leer en alto El Quijote. No le decían nada aquellas historias de un loco, contadas en un lenguaje antiguo. Así es que echaba mano de cualquier cosa para entretenerse. A veces era el juego de los ceros, otro los acertijos o las bromas pesadas a Balduino, el simple de la clase. Un día se le ocurrió lo de los piojos. Estaban por doquier, así que no es raro. Cogió dos y observó como iban prestos hacia el extremo de la mesa. Pronto el hecho fue observado por Joviano y Ciriaca, que se apresuraron a poner dos ejemplares propios en la competición. Mientras, Sidonio leía a trompicones el episodio de Mambrino. La competición fue abortada, ya en un grado bastante álgido de agitación pública, por doña Teocleta, que castigó a la culpable de rodillas. Ello no la escarmentó suficiente, pues al siguiente día organizó el evento de modo premeditado y en quince días, las carreras de piojos eran asunto comentado en todo el pueblo y en los del derredor. De ahí pasó a los corrillos que se formaban entre los mozos los domingos, donde Humbelina se convirtió en figura principal, pues tenía un arte especial en entrenar a las criaturas.

La diversión local llamó la atención de Agapio, cuando pasó por allí con su troupe de titiriteros. Enseguida vio posibilidades de negocio y propuso a Humbelina integrarse en el grupo y vagar con ellos por el ancho mundo. A veces las cosas más extrañas e improbables se convierten, por mor de quién sabe qué fuerzas oscuras o de la propia sinrazón, en ciertas y reales. El caso es que llegó a oídos de algún empresario de circo la existencia del fenómeno. Eso debió de ser, pues Humbelina, al cabo de unos años, mandó a buscar a sus padres y hermanos para instalarlos con gran postín en la ciudad. Luego ya, con la televisión, el fenómeno se hizo universal. Ahí está, la sin par domadora, por los programas del corazón. No tiene reparos en confesar su absoluta ignorancia y, aún más, denostar en público El Quijote por aburrido y por absurdo. No se da cuenta de que es un personaje cervantino o en cualquier caso de ficción.

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