lunes, 29 de octubre de 2007

HERMES

Don Hermes era alto, enjuto y triste. Tan triste y silencioso, que se hacía difícil imaginárselo de joven o de niño, como si llevara ya una eternidad en esa edad incierta de la madurez acartonada. Llegaba temprano y se sentaba en su escritorio. Permanecía callado, con los pies asentados con firmeza en el suelo y la espalda erguida; la mirada fija en la pared de enfrente, como si en lugar de ser un muro insípido y sucio hubiera representado un cuadro del Bosco. Cuando daban las nueve –nunca antes ni después- comenzaba a oficiar el ritual. Primero ponía una servilleta extendida frente a él, luego sacaba un bocadillo envuelto con primor en papel de estraza; lo desenvolvía como quien pela una cebolla hasta llegar al centro: una loncha de jamón de York con pan. Siempre la misma loncha, con el mismo peso, y el mismo bollo. Comía despacio, masticando cada pedazo con la dedicación y la contundencia de los conjurados. Luego sacudía las migas, doblaba el improvisado mantel y entraba a orinar. Siempre eran las nueve y veintitrés, todos los días, sin desviarse un solo minuto. Salía del baño, tomaba la carpeta y salía con un hasta luego que duraba hasta las dos.

Un día me decidí a seguirlo. Iba deprisa y hacía breves paradas en comercios de géneros diversos. Luego pasó al otro lado del río y se adentró en un barrio residual de casas antiguas y peatones escasos. Tuve que esconderme tras alguna que otra esquina, para evitar ser sorprendido. Al final desapareció en las fauces de un portal oscuro y sórdido. Le esperé durante horas pero no volvió a salir. Cuando regresé a la oficina, él ya estaba allí. Me miró tras el reflejo de sus lentes y esbozó un rictus que se asemejaba a una mueca de burla, pero quizás fuese una señal que yo debía entender.

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