sábado, 20 de octubre de 2007

CRISTÓBAL

Cristóbal sintió desde niño el ansia de probar, de conocer, de abrirse a otros horizontes, más allá del oleaje de tejas y antenas que se veía por el ventanuco de la buhardilla. Leía historias de Verne, a la luz tenue de una bombilla, los días que su padre, Leovigildo, no venía borracho y la emprendía a cintazos e improperios. Su madre y su hermana, asistían espantadas a aquellos brotes de lo que, andando el tiempo, se daría en llamar violencia doméstica y entonces se llamaba mala suerte. En este ambiente hostil transcurrieron los años de la infancia y llegó la pubertad. Cristóbal empezó a encararse a su progenitor y Brígida, la madre temía que un día uno u otro acabaran de mala manera.
Por eso aconsejó a su hijo que se hiciera a la mar. Volvió, al cabo de unos años, a bordo de un wolksvagen rojo y fue la admiración de las gentes. Por suerte, Leovigildo había muerto ya de una cirrosis.

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