domingo, 28 de octubre de 2007

ASTERIO

Estaba una tarde Asterio tranquilo en su casa. Era sábado y no tenía previsto nada, así que se había arrellanado en su sillón relax y se había sumergido en las obras completas de Kafka. Las había visto semanas antes en el quiosco y no se había resistido ante un autor que no conocía, pero le sonaba, como lector habitual que era. Estaba justamente en la escena en que vienen a buscar a Joseph K. a la pensión, cuando sonó el timbre de la puerta. Asterio se levantó contrariado, fue a abrir y se encontró con un extraño dúo que le asaeteó enseguida con dos o tres versículos de la Biblia. Le hablaron de lo mal que están los tiempos y él quiso rebatirles, decirles que no peor que cuando, por poner un ejemplo, el Año de la Gripe o la Guerra de los Cien Años. Pero no hubo manera. Ellos seguían con la prédica y la amenaza del fin del mundo próximo.

En el quicio de la puerta soplaba la corriente, así que Asterio, incapaz por carácter y crianza de cerrarles el batiente en las narices, optó por franquear la entrada a aquel par de profetas portátiles. Les invitó a pasar al salón y les ofreció –mientras pensaba todo el rato que aquello era una locura- una copita de licor de guindas que rechazaron al unísono. No fue lo peor que le leyeran el Apocalipsis, ni que se quedaran hasta pasada la hora de cenar. Lo peor fue que le convencieron. Anda ahora Asterio, de casa en casa, predicando a Kafka mientras busca la Puerta, la suya, ésa que por toda la eternidad tiene asignada. La que, de tener la fortuna de encontrar, sabe a ciencia cierta que ha de permanecer hermética por siempre jamás.

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