viernes, 7 de septiembre de 2007

SENÉN

Senén iba con el triciclo por la avenida. Era recadero y le gustaba. Pedaleaba contento, le gustaba recibir el aire en la cara, recibir el jornal a fin de mes, no tener que declinar rosa-rosae ni saber las valencias del tantalio. Llevaba en la jaula melones, café, bollos de leche, un saco de patatas, suministros varios. Al fondo, el confín de la ciudad, casas menudas cada vez más dispersas, las montañas nevadas al fondo, casi irreales, como si fuera un decorado. Sobrepasó la verja de doña Augusta y no fue capaz de dar la vuelta. Le podía el frescor del movimiento, la esperanza de un paisaje virginal. “Llego hasta la curva y vuelvo”, se engañó, pero pasó la curva y luego otra y la ciudad quedó atrás. Siguió dando pedales, “hasta que me canse”, pensó. Llegó al límite provincial y se paró a comer un bollo con unas rodajas de embutido. Siguió adelante; con la mercancía incompleta ya no había marcha atrás. Pasó la frontera y el otro lado no era de otro color como en los mapas, ni había rayas ni cruces. Fue vendiendo los víveres que no podía consumir sobre la marcha. Su único fin era rodar y rodar, cada vez más ligero. Pasó puentes y puertos de montaña, se requemó la piel en estepas interminables, atravesó pueblos y grandes urbes. En China utilizó el triciclo como riksaw, transportando mercancías y personas. Con el dinero ganado embarcó en un carguero. Conoció otras tierras. Cruzó otros mares. Un día, bajando un repecho, se encontró de pronto con su ciudad de antaño. Entró en ella por el lado contrario al que salió. Callejeó un rato, hasta que divisó la tienda al final de una calle. Le pareció ver que don Gerardo aún no había bajado la trapa.

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