martes, 18 de septiembre de 2007

PARÍS

La vida de París tiene tintes tan fantásticos, aspectos tan de leyenda, sucesos en su devenir tan truculentos, que cualquiera podría sospechar que ocurrió de verdad. Todos sabemos que la realidad supera siempre a la ficción y que el hecho más horrible o estravagante que una mente humana pueda imaginar, con toda seguridad ha sucedido ya en algún momento, en algún lugar.

París fue mendigo. Hay que observar aquí que toda definición traiciona y simplifica. Digamos que mendigo es lo que mejor cuadra a una larga etapa de su vida. Podríamos decir igualmente que fue niño -tal vez feliz-, joven con alguna ilusión, esquilador y tuerto, pero, sobre todo, desgraciado.

A París le vaciaron un ojo por impericia o por descuido, cuando ayudaba al amo a esquilar una oveja. El hombre le convenció para que no dijera nada, para qué acudir a jueces o mediadores, mi mujer y yo te cuidaremos. Así fue al principio, hasta que dejó de serlo y, claro, no había nada escrito. Así empezó su vida errante, tan llena de tropiezos que daría para un grueso libro. No es este el lugar, sólo un último párrafo.

Una vez tuvo París una cierta fortuna. Era ahorrador e iba cambiando las monedas por billetes que guardaba para caso de necesidad. Pero los malos se ceban en el árbol caído -el infierno son los otros-. Una tarde, unos falsos juerguistas le emborracharon en la taberna y le robaron la cartera. Lloró París la pérdida por los caminos, cantando su desgracia en fúnebres coplillas. Esa es la imagen que más a trasdendido, la que ha conformado la leyenda de París, un pobre paria.

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